07 abr. 2026

La resurrección y la filosofía

—Eso es religión, profesor, y aquí discutimos filosofía, - me había dicho un alumno hace unos días.

Comenzaba mi clase anunciando un tema: la resurrección de Cristo. La reacción fue inmediata. Más aún en el contexto cultural actual, en donde todo lo religioso es sospechoso. Una creencia, la de Cristo, que se quiere imponer. Pero el método, aseguré a mis alumnos, seguirá siendo siempre racional. Es más, agregué, es un tema que filósofos serios siempre han abordado, con excepción de estas últimas décadas, en donde se afirma, falsamente, que la religión y sobre todo la cristiana, es irracional.

—Pero usted es cristiano y ya cree en la resurrección —volvió a insistir otro alumno. ¿Demostrar lo que ya cree?

Por supuesto, yo creo en la resurrección le adelanté. Es el centro de mi fe: la resurrección corporal de Cristo, Dios encarnado, como proclama San Pablo. Pero, agregué, aquello de razonar desde la realidad del “dato frío” es un mito de la filosofía positivista. Karl Popper ya lo demostró a mediados del siglo pasado. Todo juicio sobre la realidad supone una cosmovisión desde la cual el sujeto examina ciertos hechos. Nadie observa la realidad desde una neutralidad absoluta. Y lo que trataré de mostrar es que la resurrección es plausible, históricamente razonable. Nada más.

Los milagros no existen

Y no puedo sino comenzar con un filósofo que, frontalmente, desafía mi pretensión: David Hume. Filósofo escocés del siglo XVIII, formuló la crítica clásica. Según Hume, nuestro conocimiento no alcanza la realidad de las cosas en sí mismas: solo poseemos impresiones. Vivencias. La causalidad no sería una ley objetiva del mundo, sino un hábito mental. Desde esta mirada, la idea de milagro, y la resurrección sería uno de ellos, se vuelve insostenible. En términos humeanos, siempre resulta más probable que un testimonio sea falso que admitir la suspensión de una ley natural.

La objeción de Hume ha marcado profundamente la filosofía moderna. Es, en la práctica, naturalista: explica los hechos mediante causas naturales y descarta de antemano lo sobrenatural. Así, los milagros quedan excluidos no por falta de evidencia, sino por una decisión metodológica previa sobre lo que cuenta como explicación.

La tumba vacía: el problema histórico

Frente a este escepticismo, algunos filósofos contemporáneos han replanteado la cuestión en términos históricos. William Lane Craig, filosofo estadounidense, propone un método hipotético-explicativo: no demostrar el milagro como si fuera un problema matemático, sino preguntar qué hipótesis explica mejor los hechos aceptados por muchos historiadores del Nuevo Testamento. Es la llamada inferencia a la mejor explicación. Se comparan distintas hipótesis y se pregunta cuál posee mayor poder explicativo.

Muchos historiadores, afirma Craig, incluidos no creyentes, admiten al menos cuatro hechos: Jesús fue crucificado, la tumba fue encontrada vacía, hubo experiencias de apariciones y el surgimiento de la fe de los primeros discípulos. El primero es la tumba vacía. Los relatos más antiguos sostienen que fue encontrada así, y la mención de mujeres como primeras testigos resulta difícil de inventar en un contexto en donde su testimonio carecía de peso jurídico.

Las apariciones póstumas

El segundo hecho son las apariciones del Jesús resucitado. Diversas personas afirmaron haberlo visto vivo después de su muerte. Craig examina entonces las explicaciones alternativas. El robo del cuerpo no explica las apariciones ni la convicción de los discípulos. Las alucinaciones no suelen darse en grupo ni explican la tumba vacía. La hipótesis de que Jesús no murió contradice el conocimiento de datos médicos sobre la crucifixión. Y la idea de un mito posterior tropieza con la cercanía temporal de las fuentes.

Por ello, concluye que la resurrección posee mayor poder explicativo que sus alternativas naturalistas. Ahora bien, la cuestión de fondo permanece: ¿es neutral el naturalismo? Creo que no. Veamos.

Los límites de la razón

Afirmar que solo existen causas naturales ya implica una toma de posición filosófica. El mérito de Craig consiste en haber mostrado que la exclusión de lo sobrenatural no es una conclusión de la investigación histórica, sino una regla previa que la condiciona. Y es aquí donde reaparece la cuestión inicial. En sentido popperiano, excluir lo sobrenatural, por tanto, no es el resultado de la indagación, sino una opción que la precede y, en cierto modo, la determina.

Pero aquí se revela algo más profundo. La cuestión ya no es solo histórica, sino metafísica. ¿Puede reconocerse la acción de Dios en la historia? Santo Tomas de Aquino, con quien me identifico, afirmaba que los milagros son hechos reales, pero su reconocimiento como tales implica un juicio que excede el análisis histórico. La historia describe; el juicio sobre la causa última trasciende ese nivel. La cuestión, entonces, no es si la fe es irracional, sino si la razón está dispuesta a abrirse a la totalidad de lo real o a permanecer encerrada en sus propios límites empíricos, como si ellos agotaran lo real.

El aula quedó en silencio. Fue el mismo alumno del comienzo quien habló primero.

—Entonces, profesor, ¿usted dice que creer no es irracional?

—Digo algo más preciso, respondí: que la razón, si es honesta, no cierra las puertas antes de investigar. Y eso es lo que yo llamo filosofía. Ante ella, parafraseando a San Pablo, que no era filósofo, pero poseía sabiduría, solo cabe seguir en la búsqueda de la verdad, con temor y temblor.

Felices Pascuas de Resurrección.

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