08 ene. 2026

La penuria esencial en la selva indómita

Cuando el escritor inglés de origen indio, Salman Rushdie, llevaba dos años viviendo de aquí para allá en Gran Bretaña a principios de los años 90, oculto y protegido, en situación de angustia y de hastío, leyó una novela de un escritor chileno.

Su agudo estado aprensivo era el resultado de su encierro, por no poder ver a sus anchas a sus amigos queridos por obligar a sus más cercanos a tomar recaudos permanentes cuando deseaban estar en compañía del apestado autor de (blasfemos y apóstatas) Los versos satánicos (1988), la obra que provocó que, el Día de San Valentín de 1989, un creador de historias mereciera la condena a muerte del líder musulmán iraní, el ayatolah Jomeini.

Le dolía, además, que escritores con los que creía que mantenía buenas relaciones, como John Berger, lo hayan atacado tan fieramente en las letras de molde de la prensa seria. Como se suele decir: Aquello era ya cosa de puercos. Soy un lector admirado del autor de Puerca tierra, pero confieso que desde que me enteré de su ataque a Rushdie ha bajado mi consideración hacia Berger: Al apaleado, simplemente, no se lo ataca.

Mientras su novia Elisabeth dormía a un lado de la cama, Rushdie se desveló en 1991 leyendo El obsceno pájaro de la noche (1975) de José Donoso. El amor de una mujer (por más sublime que pudiera ser, como lo era en ese momento para quien había visto un día en The Sun una foto suya con el epígrafe «Rushdie: feo»), no podía evitar que hicieran mella en él lo que llamó con amargura “flechas negras”. Muchas. De hecho, todo por esos días le sabía a muerte, como la tétrica escena de las viejas del convento que abre la gran novela absurda de Donoso sobre sus propios demonios chilenos.

“En su vulnerable estado de ánimo, probablemente no fue la mejor lectura posible”, escribió Rushdie sobre Josep Anton, el alias de seguridad del escritor condenado a muerte, escondido. Es decir, la juntura de los nombres de pila de dos de sus escritores favoritos: Josep Conrad y Anton Chéjov. Josep Anton: Memorias (2014) cuenta las vicisitudes de Rushdie a raíz de la fatwa que autorizaba a cualquier fiel musulmán a ejecutarlo en el sitio donde se encuentre.

Leí este y otros pasajes de las memorias en tercera persona de Rushdie en diciembre de 2019, poco antes de que el mundo cambiara con la pandemia, y las personas pasaran a convertirse, súbitamente, en el mismo hombre aislado que era el novelista hace treinta años. Lo leí tendido en una hamaca, entre las serranías de Paraguarí, aislado a mi vez del ruido de un mundo feo, un poco taciturno y apesadumbrado también como el libro que leía, en una sucesión de angustias como muñecas rusas de la ficción.

Por eso Donoso había elegido como epígrafe de su obra acerca de “la demolición del yo” el fragmento de una carta enviada a sus hijos por parte del teólogo swedenborgiano Henry James: Es decir, a Henry (h) el narrador, y William, el también famoso psicólogo. Rushdie reproduce en su relato el epígrafe que ahora vuelvo a leer, admirado siempre por el tono de la misiva, tan poéticamente consciente de la tristeza del mundo y de las densidades de nuestro yo como fuente creativa o destructiva. Dice James padre:

“Todo hombre que haya alcanzado, aunque sea no más que su adolescencia intelectual, empieza a sospechar que la vida no es una farsa; ni siquiera comedia; que, por el contrario, florece y fructifica a partir de las más sombrías profundidades de la penuria esencial en la que se hunden las raíces del sujeto. La herencia natural de toda persona que sea capaz de vida espiritual es una selva indómita en la que aúlla el lobo y parlotea el obsceno pájaro de la noche”.

El chiita Jomeini murió en 1989. La fatwa nunca fue levantada. En 2022, el novelista de 78 años fue apuñalado varias por un joven chiita, mientras daba una conferencia en un pueblo de Nueva York. Sobrevivió. El año pasado publicó Cuchillo: Meditaciones tras un intento de asesinato. Sigue defendiendo la libertad de expresión en la selva indómita.

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