20 ene. 2026

La palabra “género”

“Se suprime la palabra género en todos los materiales educativos, cualquiera sea el formato”. Así dice la Resolución N° 1803/25 del ministro de Educación y Ciencias de la República del Paraguay. Este aspecto de la llamada “ampliación” de la Resolución 29664 de 2017 llama la atención, pues introduce la prohibición del uso de una palabra clave en la lengua española o el castellano. Para entender la gravedad del asunto, vale la pena detenerse y reflexionar sobre este aspecto de la nueva resolución. El lingüista y semiólogo Ferdinand de Saussure, hablaba del signo lingüístico como compuesto de un “significante” y un “significado”. En nuestro caso, el significante es la palabra escrita o hablada “GE-NE-RO” y el significado es la representación mental a la cual nos remite dicha palabra. La relación entre el significante y el significado es similar a la imagen de un iceberg. La punta del iceberg es el significante y el significado es esa enorme masa de hielo que yace abajo.

En el español cuando uno dice o escribe “GE-NE-RO”, está aludiendo a un conjunto de representaciones mentales. Se alude al género masculino y femenino, sin duda, pero también al género humano o al género musical. Más importante aún, el término “género” actúa como una herramienta cognitiva, que nos permite pensar en términos de conjuntos de seres con caracteres comunes. Nos permite pensar en agrupaciones por similitud, nos permite clasificar personas y cosas, clasificar obras de arte o literarias con rasgos comunes. Se puede usar para representar objetos tan distintos como un género de algodón o especies biológicas. Y más.

Esta característica de la palabra “género” en español es distinta a la de la palabra “gender” en inglés. En inglés el significado es menos abarcativo y se limita más al tema del género masculino o femenino como fenómeno sociocultural, distinto al sexo biológico. Eso porque el inglés usa la palabra “genre” como herramienta clasificadora. En ese sentido el español, es más parecido al francés que también combina el “genre” como clasificador de lo femenino y masculino, incluyendo, además, una larga lista de otras referencias clasificadoras.

Considerando estas acepciones y características de la palabra en cuestión, uno se pregunta si el ministro de Educación consideró que al borrar un significante como “género” (o cualquier palabra de hecho) silenciaba la capacidad de representar un amplio espectro de significados, experiencias y objetos que sirven para comprender mejor el mundo que nos rodea. ¿No sería el caso que si empezamos a prohibir palabras como género en vez de “educar” estaríamos en cierto sentido “deseducando”? Es casi casi un acto de automutilación, porque no nos permitimos recurrir a una herramienta que amplia nuestra comprensión del mundo.

Todos sabemos que este exceso es producto de posicionamientos radicales que ejercen una influencia desmedida en el Ministerio y que no contentos con la resolución anterior que prohibía la “ideología de género”, decidieron ir por más y prohibir el uso de una palabra in totum. Sin embargo, el ministro seguramente conoce a Ludwig Wittgenstein, uno de los más importantes filósofos del siglo XX. Este decía que los “límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Razón por la cual hemos de concordar que la educación consiste en brindarle a los estudiantes la capacidad de ampliar su visión del mundo mediante el enriquecimiento del lenguaje. Lo opuesto a lo que hacía el famoso “Ministerio de la Verdad” de la novela 1984, de George Orwell, una entidad oscura que dedicaba su tiempo y sus recursos para reducir el lenguaje a una estructura binaria, simple y reducida que impidiese a los individuos comprender las complejidad y variabilidad de lo circundante.

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