12 abr. 2026

Entre el rating y la dignidad

A partir del episodio protagonizado por la comunicadora Carmiña Masi, que le valió la expulsión del reality Gran Hermano Argentina, el 10 de marzo último, se reavivó un debate que va más allá de un programa de entretenimiento.

Sus comentarios dirigidos a quien era su compañera en la casa, la participante congolesa Jenny Mavinga, no fueron “una broma”, sino que muchos interpretaron como una referencia directa a uno de los momentos más oscuros de la historia de la humanidad: la trata de personas africanas durante el periodo de la esclavitud.

En tiempos menos sensibles, tal vez la mayoría habría intentado reducir la situación a un simple exabrupto televisivo o a una estrategia de provocación dentro de la lógica del espectáculo.

Sin embargo, el momento histórico que vivimos exige una lectura más profunda.

No es este un periodo particularmente sereno en términos sociales o políticos. En distintas partes del mundo se intensifican los debates sobre migración, xenofobia y exclusión.

En Estados Unidos, por ejemplo, las discusiones en torno a la situación de los inmigrantes latinoamericanos reactivaron viejos fantasmas de discriminación y rechazo.

Al mismo tiempo, millones de personas viven las consecuencias de conflictos armados, desplazamientos forzados y crisis humanitarias que vuelven especialmente sensible cualquier referencia a la dignidad humana.

En ese contexto global, bromear –o insinuar humor– en torno a imágenes asociadas a la compra y transporte de seres humanos como mercancía difícilmente pueda considerarse un gesto tolerable. La historia recuerda el dolor que implicaron esos episodios para millones de personas.

Y, precisamente, por esa memoria colectiva, ciertas expresiones adquieren un peso simbólico que trasciende la intención con la que fueron pronunciadas.

Para explicar mejor esto, el psicoanálisis ofrece una perspectiva interesante para comprender el fenómeno. Sigmund Freud sostenía que muchos chistes no son inocentes, sino “chistes tendenciosos”: aquellos que esconden una intención hostil o agresiva.

Según su análisis, el humor puede funcionar como una máscara que permite que ciertos contenidos reprimidos atraviesen la censura social. En ese sentido, cuando alguien dice algo hiriente y luego se ampara en el argumento de que “solo era un chiste”, lo que ocurre no es que la agresión desaparezca, sino todo lo contrario: el chiste se convierte en la vía por la cual esa hostilidad logra expresarse. Dicho de otro modo, el humor no crea el prejuicio; solo habilita que aparezca disfrazado de ingenio.

Hay otro aspecto de este episodio que nos recuerda cuánto poder tiene la palabra, y es que resulta igualmente inquietante la reacción de parte de la sociedad en las redes sociales.

Al recorrer los comentarios que aparecen en publicaciones de Instagram u otras plataformas digitales aparecen argumentos que tienden a minimizar lo ocurrido: “Ya pidió disculpas”, “era un chiste”, entre otros. Sin embargo, esa forma de plantear el debate invierte peligrosamente el foco del problema. Porque antes de preguntar cuánto debe disculparse quien pronunció palabras hirientes –sea quien sea–, quizá se debería consultar si quien eligió la humillación original, aunque fuera bajo la apariencia de una broma, aprendió que es mejor no hacer ese tipo de comentarios.

El peligro de reducir todo a ese terreno es que puede convertirse en un mal hábito social. Tal vez la reflexión más útil es preguntar qué tipo de entretenimiento se elige consumir y qué valores se está dispuesto a normalizar en nombre del show. Cuando una sociedad se ríe con lo que humilla al otro, corre el riesgo de olvidar que la dignidad humana no es guion de entretenimiento.

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