La mano que mece la cuna” es una expresión que manifiesta el inmenso poder de la persona que cría y educa a los niños en la estructura social. Hace unos días nos lo recordó el Papa, de alguna manera, en su primera encíclica, la cual lanzó el 25 de mayo, 135° aniversario de la famosa Rerum novarum, puntapié moderno de la Doctrina de la Iglesia sobre las cuestiones sociales que escribiera otro Papa León, el XIII, en plena masificación en la era de revolución industrial.
La encíclica Magnifica humanitas, de León XIV, trata, según sus propias expresiones, sobre la custodia de la persona en tiempos de la inteligencia artificial (IA).
Es llamativo el paralelismo, porque la frase «La mano que mece la cuna» proviene de un poema de William Ross Wallace (1865) titulado “Lo que gobierna el mundo”, tal como se perfila hoy la nueva revolución tecnológica global con la llegada de la IA. Aquel poema exaltaba el papel fundamental y la influencia de las madres en el desarrollo de sus hijos, hoy podemos decir que hay una necesidad de recuperar el sentido de lo esencialmente humano y custodiarlo para enfrentar los desafíos que la IA está planteando a las personas de nuestro tiempo.
“La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”. Con estas palabras nos interpela la encíclica ya en su movimiento inicial.
No se trata de huir de la pelea, ni de rechazar los avances tecnológicos, los cuales también traerán beneficios, por ejemplo, para la medicina. Se trata de la actitud y el camino ético que tomaremos ante una nueva ingeniería social que afectará sobre todo a los vulnerables, si no tomamos en serio nuestra responsabilidad ante la IA.
¿Seremos arrastrados por la lógica del beneficio a cualquier precio y la deshumanización? ¿Idolatraremos el nuevo juguete tecnológico del mundo con la promesa de “superar los límites” de nuestra naturaleza y condición humana como pregona el transhumanismo? ¿O seremos capaces de reconstruir lazos y fortalecer redes entre las personas reales, aceptando nuestros límites y trabajando por el bien común?
El Santo Padre reafirma que nuestra convivencia se asienta en la dignidad de la persona. Aborda los principios del bien común, la justicia, la subsidiariedad, la paz y la solidaridad, necesarios en la era digital para evitar monopolios de datos, sesgos ideológicos y exclusiones dolorosas de los algoritmos y sus desarrolladores.
No podemos rendirnos ante un paradigma tecnocrático que considere la eficiencia y el control como únicos criterios de valor, sin respetar la libertad personal. Aunque la IA imita al hombre, carece de conciencia moral, alma y capacidad de amar, por tanto, no puede sustituirnos.
Es muy interesante cómo el Papa advierte sobre el debilitamiento de la democracia que la desinformación y el control social de los algorítmicos pueden traer. También pide combatir las nuevas esclavitudes digitales de los más vulnerables y resalta el valor del trabajo humano para la dignificación y la civilización.
León XIV es crítico con lo que llama la «cultura del poder» y pide desarmar las palabras y el uso de IA para no escalar en los conflictos bélicos y construir la paz.
No tenemos espacio suficiente para analizar los 245 párrafos de la encíclica, pero es evidente de que ha puesto el foco en un tema trascendente. No puede dejarnos indiferentes la mano que mece la IA, ya que esta generación y las futuras dependen en gran medida de nuestra participación en este proceso cultural y espiritual.