“Estas elecciones internas nos muestran que la narcopolítica es una realidad y que goza de buena salud”.
Kambá estaba ilusionado en participar en las elecciones de su partido. A sus 76 años y gracias a su radio a pilas está al corriente de toda la realidad política y económica del país. Vive en uno de los pueblos fundados en el siglo XVIII, en San Pedro, a 5 kilómetros del centro. El lunes 8 de junio, cuando pasaba por la compañía donde vive, vi su figura delgada de un metro ochenta recostada por la tranquera de su casa, a unos 300 metros de la calle y lo visité. Lo conozco desde niño. “Navotái che ra’y”, fue su saludo. “Negoción dema la votación ko’aga”, continuó.
Le conté que con estudiantes del Inecip-Paraguay, la Universidad Nacional de Pilar (UNP) y la Universidad Nacional de Canindeyú (UNICAN) establecimos un mecanismo de observación de los diversos “incentivos” establecidos por los punteros y candidatos para que los electores vayan a sufragar en ocho departamentos: Concepción, San Pedro, Canindeyú, Amambay, Ñeembucú, Misiones, Central y Paraguarí.
En todos estos lugares registramos un pago al elector por ir a votar, ya sea antes o después de depositar la papeleta. En algunos lugares, los candidatos a concejal entregaban un monto y los a intendente otra suma. El monto mínimo documentado fue de 50 mil guaraníes y máximo de 600 mil. En los lugares con mayor disputa entre los movimientos internos y presencia del crimen organizado, la oferta subía e incluía otros incentivos. Además del dinero, se ofrecía asado, traslado a domicilio, aún desde los lugares más alejados y hasta sorteo de motocicletas y automóviles. Pero los montos que más se repetían en estos departamentos eran 100, 150 y 200 mil guaraníes.
También registramos que en aquellos distritos con reconocidos narcopolíticos en el poder no faltaban los recursos y se pagaba más, a los jóvenes que ayudaban a votar (en realidad votaban por algunas personas adultas y otras más vulnerables), a los miembros de mesa, a los transportistas…
Peichaite che ra’y, continuó la conversación. A mí me vinieron a decir cuánto quería para ir a votar y les repunté de aquí. Recordó enojado. Se preguntó cómo llegamos a esta situación en donde votar ya no es una obligación, ni un derecho, sino que se convirtió en un producto que está en el mercado, que se puede ofertar e incluso vender.
Ahí le recordé la conversación de un candidato, unos días antes de las elecciones, en Canindeyú. Estaba hablando con uno de sus punteros con relación a la participación de un núcleo familiar de tres personas, pero que si pagaban 400 mil por el combustible, más el incentivo local de 200 mil, iría otro desde la zona de Central. El puntero insistía en conocer cuál era trato al que llegaron el candidato y esa familia para que no le pidan más. Así como estaba reflexionando Kambá, el voto ya se convirtió en una mercancía sobre el que se puede negociar, porque lo que se “tratea” en la cultura paraguaya, es un objeto, una cosa, no un derecho.
Ya el miércoles, en Asunción, le encontré a un diputado de capital, muy activo. Me reconoció que leyó el comentario de Última Hora y que no solo en esos departamentos donde estábamos realizando la investigación se pagaba para ir votar. Aquí en Asunción es peor, se plagueó. Con todo el trabajo casi nos quedamos afuera, porque pagaban más, tenían más plata y se llevaban a nuestros electores, insistió.
Cuando el voto se convierte en mercancía, gana quien tiene mayor capacidad de compra, y en muchos territorios esa capacidad proviene directamente de economías ilegales, corrupción y crimen organizado. Así, la narcopolítica ya no necesita esconderse porque financia campañas, ordena territorios, compra lealtades y luego reclama cargos, contratos, protección e impunidad o se integra directamente a las estructuras gubernamentales. Pierde la democracia, porque el ciudadano deja de elegir libremente y el poder económico-criminal selecciona representantes. Por supuesto que hay algunas excepciones.
De nuevo estas elecciones internas nos muestran que la narcopolítica es una realidad con la que estamos conviviendo y que goza de buena salud; entonces nos queda la duda de cuántos nuevos narcopolíticos pasarán estas internas y competirán en las generales con una tolerancia social y una institucionalidad que mira, calla y muchas veces, participa.