Me llamo Luis Szarán y nací en Encarnación el 24 de setiembre de 1953. Soy el menor de ocho hermanos. Mi padre tenía un arrozal en Yuty, Caazapá, adonde nos mudamos cuando yo tenía cinco años. Recuerdo aquel tiempo como una infancia larga y llena de silencios que después aprendí a llenar con música.
FAMILIA
Mis padres eran Basilio Szarán y doña Luisa Boreska. De mis hermanos, dos nacieron en Polonia, uno en el barco y los demás en este hermoso país.
Papá tenía un arrozal en Yuty, Caazapá, pero llegó la época de estudiar y ni escuelas había en la zona, así que nos fuimos con mis hermanos a Encarnación nuevamente.
En la escuela, una vez le escuché tocar a Sila Godoy y eso me impactó tanto que hasta hoy lo recuerdo.
¿Cómo alguien podía hacer eso con esa caja de madera? Creo que fue ahí donde comenzó todo.
A los ocho años empecé a tocar la guitarra clásica. Lo hacía a escondidas, porque mi madre creía que ser músico era una locura. No lo decía con crueldad, sino con el realismo de quien ha criado ocho hijos y sabe lo que cuesta vivir. Pero yo volvía siempre a la guitarra, estudiaba a escondidas con unos vecinos.
A los once años ya leía partituras y componía mis primeras piezas. Fue en ese tiempo cuando conocí al maestro José Luis Miranda, director de la Orquesta Sinfónica Nacional, mi mentor. Él me escuchó tocar, habló con mi hermana mayor y me convenció de venir a estudiar a Asunción cuando tenía 12 años. No tenía dinero para el pasaje, así que vine en un camión de yerba.
INICIOS
Dejé a mi familia, a mis amigos, mi colegio, pero con la corazonada de que la música era mi destino. Aunque también con la complicidad de mi hermana mayor, que le convenció a mi madre de que iría a Asunción para algún día convertirme en economista y trabajar en algún banco, sin eso jamás me hubieran dejado.
El maestro Miranda me formó de maestro a discípulo, por lo que le guardo una gratitud que no ha disminuido con los años, fue un grande, también formó a Berta Rojas.
La música abre muchas puertas y también me abrió las primeras puertas del amor. Recuerdo que compuse una canción para serenatas en la que podía cambiar fácilmente el nombre de la chica con la excepción de que se llame “Ana” ahí si se complicaba la letra. Me casé joven, con tan solo 19 años y de ese matrimonio mi primer hijo. Escribir música es distinto a dirigirla.
CAMINO
Cuando tenía 17 años estrené mi primera obra, fue un desastre. Mi Opus I a cargo de un director de aquel entonces. Me encomendaron el trabajo de hacer los arreglos de la orquestación, fue un trabajo de tres meses a tiempo completo. Llegó el día del estreno y los músicos se perdieron, la gente no entendió nada, yo encima había invitado a unos parientes y amigos para el estreno. Así que fui y me encerré en el baño y entre lágrimas me hice una promesa, voy a estudiar Dirección de Orquesta para tocar con respeto las obras de los demás. Y ese fue el punto decisivo en mi carrera.
BELLA ITALIA
En 1975 obtuve una beca del Gobierno italiano y viajé a Roma para estudiar dirección orquestal en el Conservatorio de Santa Cecilia. Previamente me perfeccioné en el Teatro Colón de Buenos Aires con el maestro Hans Swarowsky, referente mundial para la época.
Tengo unas sesenta obras en mi catálogo, pero la música no se termina nunca, no es que colgás tu título, sino que tenés que seguir explorando, creando, innovando. La creatividad va de la mano, es ver lo que otros no pueden ver, encontrar nuevas puertas, algo así como un inventor.
DESTINO
Simplemente no imagino la vida sin la música. Me dediqué mucho a ella, también fui por 15 años director de un ensamble en Venecia, así que iba y venía todo el tiempo. Eso desgastó mi vida personal y después vinieron los sucesivos divorcios, puse mucho empeño en mi carrera y descuidé mi entorno.
En Italia también aprendí lo que ellos llaman “La dolce vita”. Se puede ser feliz, no todo es sacrificio. Así que ahí aprendí a cocinar, mi segunda pasión. Colecciono recetas culinarias de todo el mundo, es apasionante.
El secreto está en el contacto, si querés pintar, pintá y mirá pinturas, etc. Lo mismo con la música, por eso es que hay tantos casos de grandes músicos que primero fueron rechazados y después lograron tener mucho éxito, definitivamente el talento se desarrolla, se cultiva.
En 1978 asumí la Dirección de la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Asunción, la OSCA, y desde 1990 soy su director titular. Son ya casi cinco décadas frente a esa orquesta, lo que me convierte en el director con mayor trayectoria en su historia. He llevado la dirección a escenarios de Alemania, Francia, Italia, España, Estados Unidos y América del Sur. He hecho más de 2.500 conciertos.
En 1999 publiqué el Diccionario de la música en el Paraguay, un trabajo que me llevó años y que considero uno de mis aportes más duraderos. Hay músicos que mueren y su música permanece. Hay investigadores que documentan lo que otros podrían olvidar. Yo intenté ser las dos cosas.
LEGADO
A lo largo de estos años trabajé mucho, muchos proyectos: Sonidos de mi tierra, OSCA, H20, Orquesta de Cateura y contribui en otros tantos. Siempre busqué acercar la música a los rincones más entrañables del Paraguay.
Pero haciendo un análisis creo que a pesar de los avances que se hicieron deberíamos de tener otro Mangoré y otro José Asunción Flores. Así que pienso que estamos en un punto donde debemos dar el salto a la excelencia.
La música, para mí, no tiene fronteras, solo horizontes. Vine a Asunción en un camión de yerba, pero con una certeza que no sabría explicar. Más de sesenta años después, el tiempo demostró algo, que era verdad.
- “A los once años ya leía partituras y componía mis primeras piezas. Fue en ese tiempo cuando conocí al maestro José Luis Miranda, mi mentor”.