Al cumplir tres años de mandato, el oficialismo muestra una paradoja. Ha concentrado un gran poder, sin pasar por crisis relevantes, pero no produjo reformas económicas y sociales proporcionales a esa concentración. Una explicación plausible está en la triada que la conforma. Hay un presidente que administra, una facción que gobierna y un líder que manda.
La triada fue la base de la estabilidad. El presidente tuvo un margen real para conducir la administración, sostener su perfil técnico y desarrollar una agenda internacional, particularmente exitosa con los grupos conservadores. Pero su autonomía relativa disminuye cuando se trata de disciplinar al Congreso, influir en el partido o afectar intereses electorales partidarios.
No es un gobierno de inspiración reformista. Aun así, cuando se animó a impulsar cambios relevantes encontró el freno de su propia facción. Cuando las decisiones imponían costos a sectores organizados o con influencia partidaria, la propuesta se moderó, postergó o diluyó. La presidencia no carece de recursos, pero está limitada por la arquitectura política que la sostiene.
El Congreso es el lugar donde se hace más evidente el poder de la facción. Esta hizo valer su mayoría cuando se trató de defender posiciones de poder, remover adversarios, aumentar el control sobre la sociedad civil, reducir los contrapesos, incluso a riesgo de erosionar la democracia. Pero esta mayoría parlamentaria no es un instrumento del presidente, y es la evidencia empírica más clara de que el poder ejercido durante el gobierno no siempre es el poder del presidente. Ese poder es de la facción que controla al partido.
Por eso, el centro neurálgico del gobierno no está en el Ejecutivo, sino en la conducción partidaria. La función del líder no es solo ordenar. También resuelve conflictos, limita ambiciones y reduce los costos de coordinación de un partido territorialmente extenso y arraigado. Esta capacidad explica los tres años sin grandes crisis internas. Es el líder que alinea al presidente, al partido y al Congreso.
Pero la concentración personalista también fija los límites de la acción gubernamental. Para mantener unida a la facción y mantener el poder acumulado, el líder difícilmente impulsará reformas que la dañen electoralmente o a sus intereses. El mismo liderazgo que hace posible la estabilidad reduce el margen para los cambios costosos. El poder acumulado se usa, fundamentalmente, para conservarse.
La oposición también contribuye a la estabilidad, aunque por su limitada capacidad. Hay actores opositores, pero no una oposición que se encuentre coordinada. La carencia de estrategia común, incluso de estrategia a secas, reduce los costos del gobierno y permite que los conflictos existentes sean los propios de la interna colorada.
El balance al tercer año es un gobierno estable, con amplias mayorías, pero con limitada capacidad de cambios significativos. Cuenta con control parlamentario y una conducción partidaria que conserva para sí la última palabra. Es una ecuación que permite estabilidad, pero no más.
La entrada de un nuevo periodo electoral puede mover un poco la ecuación y alterar el peso de los actores. Pero hoy no hay señales fuertes que una disidencia interna desafíe al oficialismo. Del lado de la oposición, hay otros problemas más elementales. Llegamos al tercer año con un oficialismo capaz de conservar el poder, pero poco dispuesto a reformas relevantes.