Ayer debía cumplir años. Hace tiempo que no los cumple; ya no está. Y –sin embargo–, la seguimos festejando. Festejamos la vida que compartimos, su luz que nos alumbró, su calor que nos abrigó.
Cómo explicar, fue una tarde calurosa de enero –de eso bien me acuerdo– que llegó a mi cuarto. En el verano del 97, tal vez un viernes.
No estaba allí, en aquel momento me encontraba trabajando con un pintor de artesanías, mi amigo Víctor, en la casa donde vivía Manguera, así le llamábamos a este amigo. Era en el barrio Hipódromo, sobre la avenida República Argentina. Cuando volví a la tarde a mi refugio, me recibió la encargada en el portón de la pensión; su rostro denotaba la novedad: “¡Tu novia está en tu cuarto!”, me reveló un poco alarmada.
La encontré sentada en la cama, su pelo se abría a los costados en grandes rulos, como una ventana abierta a la claridad del día; sus ojos enormes, mirándome casi hasta el asombro; vestía una camisa blanca y un pantalón vaquero marrón. A su lado, traía un bolso cargado con su ropa. “Nos discutimos con mamá y dejé la casa”, me dijo. No era necesario justificarse, salíamos juntos y éramos compañeros de trabajo. Ya llevábamos un año compartiendo muchas cosas.
En aquel espacio tan pequeño y frío donde malvivía entonces mi juventud ya desvaída, ella se introdujo en mi vida y fue para quedarse. La llenó de flores y alegría, hasta que abandonamos aquel pequeño espacio por otro más acogedor, aquel que ya sería nuestro nido. Con el tiempo, aquel nido se convirtió en hogar –nuestra casa– que supo ella hacerlo acogedor para muchas personas queridas que pasaron por aquí, compañeros de tareas, parientes, amigos, todos eran bienvenidos en nuestro hogar.
A mí, que hasta entonces me creía un irremediable soñador de amores irrealizables, me enseñó a pisar tierra y con ella aprendí a amar. “Si alguna vez amé, si algún día, después de amar, amé, fue por tu amor.” describe Serrat en su canción Lucía, pintando el sentido liberador y de plenitud de este sentimiento. Amar no es ensoñación; es contacto, es ternura, es dedicación. Era todo ella.
Así pasaron los años, hermosos, y hoy, que los recuerdos “son cada día más dulces”, puedo afirmar con certeza –mirando tal vez desde una comprensión más serena– que ella me había arrebatado con su presencia de mi somnolienta vida, aquella que solo sabía ir a puros golpes de las corrientes que circulaban en el ambiente y degustar de los placeres del momento; nada para mañana. Con ella, sin embargo, supe que hay un propósito, un espacio que defender, una dignidad sobre todas las cosas; que hay una manera de hablar, que los corazones pueden sincronizar sus latidos. Todo, después de amar.
Hace tiempo que no cumple años. Una terrible enfermedad nos la había arrebatado incluso antes de la gran pandemia. Por mucho tiempo recorrió hospitales y no se rindió; yo, acompañándola en todo. Así, hasta el final, no demostró doblegarse.
De eso ya han pasado años. Ahora, tal vez, a modo de una exigua declaración de triunfo sobre la muerte, la seguimos festejando. Festejamos el día en que vino a este mundo –no cuando la abandonó– porque ella no vio la luz, sino trajo la luz al camino de quienes tuvimos el gusto de conocerla y amarla.
Un sentimiento tal vez nos haga preguntarnos si falleció temprano. Tal vez sí; podríamos decir que en ese sentido, nunca es tarde para morir. De hecho, sí, tenía 51 años.
Pero era como si desde esa misma posición sí había vencido a la muerte; era como si desde el comienzo hubiera cumplido con su tarea de sembrar todos afectos que merecía sembrar, amistades cómplices, de compañerismo, solidaridad que tanto la embargaba ante un semejante, sea cual fuere, poner el esfuerzo por los demás.
En ese sentido, había ganado la partida de la vida, porque esto estaba sembrado desde el principio y, haya caído a la hora que sea la parca, estaba hecha la tarea.
Puedo decir que cuando partió, muy joven, por cierto, nos heredó una cargada mochila, nos dejaba mucho para seguirla teniendo entre nosotros, para celebrar cada 29 de setiembre, por todo este bagaje, como ayer, que fue el día de San Miguel, el día de ella, Miguela.