10 jun. 2026

La casa de los espíritus en serie: Un poderoso juego de resistencia y metalenguaje

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Abordar un libro tan conocido y clásico de la literatura mundial en una película, en este caso una serie, no es tarea fácil. A priori se pierde el asombro y la intimidad del secreto compartido; que el espectador vaya descubriendo junto con los protagonistas los giros de su argumento.

Por eso siempre señalo la autonomía narrativa del cine como acierto, más aún cuando se trata de una traducción conceptual de una obra literaria porque eso es La casa de los espíritus, la primera y más famosa novela de la escritora chilena Isabel Allende, adaptada esta vez en formato de serie.

Aunque no asuma riesgos narrativos y sea mayormente fiel al libro, es un claro ejemplo, aunque lo defienda a rajatabla de que mi premisa no siempre se cumple.

La saga familiar de los Trueba en un país ficticio, aunque la raíz chilena es innegable, llega con una carga visual preciosista que no descuida el trasfondo social de su idea central. Hay un planteamiento más descarnado y un abordaje más contemporáneo sobre las mujeres eje de la historia: Clara, Blanca y Alba asumen roles más explícitos y confrontativos hacia el patriarcado y la violencia que trazan sus vidas; se minimiza la “dulzura mágica” del libro y las mujeres rompen las barreras sociales para protegerse entre ellas. Esta conciencia feminista da paso a una rebelión mucho más terrenal y activa sin abandonar la dimensión mística de la novela, pero acompañada de una resistencia política declarada.

Es inevitable la comparación con Cien años de soledad, de García Márquez, no solo porque comparten la estética del realismo mágico, sino porque ambas constituyen superproducciones recientes abordadas desde una mirada latinoamericana con muy buenos resultados, pero con claras diferencias en su tratamiento. Mientras en la obra de García Márquez la magia es cósmica y afecta incluso a la naturaleza –por lo tanto, redefine las leyes del universo–, en la de Allende es íntima y espiritual. Este rasgo se encuentra en Clara y redefine la magia como patrimonio exclusivamente femenino, en contrapunto al delirio y obsesión de los hombres de García Márquez.

La base conceptual de La casa de los espíritus es, por tanto, profundamente feminista, donde la magia es el refugio de resistencia y sobrevivencia frente a la brutalidad de Esteban Trueba y al patriarcado que sometía salvajemente a las mujeres a principios del siglo XX

La historia de la novela y la serie abarca un tiempo de poco más de setenta años y recorre cuatro generaciones de mujeres que conforman la familia Trueba, oligarquía agraria consolidada gracias al tenaz y rudo trabajo de Esteban, proveniente de una familia otrora acomodada que, por desaciertos de su padre, quedó prácticamente en la pobreza.

El alto nivel técnico del panorama audiovisual contemporáneo suele imponer una estetización homogénea en las recreaciones de época que, paradójicamente, atenta contra la profundidad narrativa. Esta idea de reconstrucción detallada para verse bonita a través de la fotografía tiene un doble filo: A veces se siente en el límite de la cursilería de no ser por los textos que, junto al tono de las actuaciones y el tiempo narrativo pausado, la salvan del melodrama blando. Esto se percibe mayormente en los tres primeros capítulos, donde vemos el lujo de este feudo campestre que tiene como base de producción a los campesinos analfabetos, dominados por la tiranía del señor Trueba. Según su propia lógica, él los había salvado de la miseria y, por lo tanto, exigía respeto a través del sometimiento absoluto de sus vidas.

A partir de la segunda mitad hay un cambio de registro visual que favorece muy oportunamente a la serie: La transición hacia una paleta amarronada cuando el eje de la historia se traslada a la hacienda Las Tres Marías, base de la riqueza de la familia. Este desplazamiento desnuda una contradicción que se percibe en la fotografía. Aunque Trueba haya construido casas dignas y una escuela para erradicar la indigencia extrema de sus trabajadores, bajo este barniz de progreso rural se hace evidente la enorme diferencia de clase que los separa del patrón.

La escritura es el hilo de la estructura narrativa; Alba, la cuarta generación del linaje de los Trueba, guía el relato –los cuadernos de anotar la vida de su abuela– desde la actualidad (1973) a través de la voz en off. Esta oralidad del texto está muy bien utilizada en tanto no se limita a describir lo que vemos en pantalla, sino que aporta información relevante de la vida interna de los personajes y sus acciones.

Allende declara su amor incondicional hacia las mujeres de su historia, quienes se convierten en el corazón palpitante del núcleo narrativo. De este modo, la autora subvierte la estructura del árbol genealógico tradicional –patriarcal– para trazar una línea femenina y espiritual a través de los nombres de sus protagonistas, los cuales hacen alusión constante a la luz: Nívea, Clara, Blanca y Alba.

En varias entrevistas, la autora ha contado que el origen de la obra fue la noticia que había recibido de que su abuelo estaba a punto de morir. Imposibilitada de viajar a Chile para despedirlo debido a su exilio por el régimen de Pinochet, le escribió una carta espiritual.

De esta misiva parte lo que más adelante sería La casa de los espíritus: Una obra maestra traducida a más de 42 idiomas y que logró incluir la voz femenina dentro del realismo mágico, una corriente dominada hasta ese momento por autores masculinos del boom latinoamericano.

Por lo tanto, todo lo que se analice respecto a su adaptación audiovisual estará, inevitablemente, cruzado por el texto original. La fidelidad es tal que el formato de serie comprende la lógica del lenguaje visual para una obra tan extensa, lo que ofrece un respiro necesario al ritmo de la historia.

A los altos valores de producción, enteramente chilena, se suma como acierto la identidad sonora construida a través de su diseño lingüístico. Al adaptar el habla local en los diálogos, el elenco –que proviene de distintos países como España, México, Argentina y Chile– construye un acento neutro que, al no ser tan marcadamente chileno, resulta orgánico, agradable de oír y le otorga una naturalidad fundamental para la inmersión en el relato.

Es una adaptación tan poderosa como el libro en el que la dimensión política se siente con su peso de rigor en los dos últimos capítulos, por demás conmovedores. El tono crudo y violento –marcado por la caída de Allende y el golpe militar– hacia el que deriva la historia secular da cuenta de una época que define la decisión de la última de la estirpe femenina, Alba, de cambiar el rumbo de la herencia violenta patriarcal por la memoria conciliadora, el perdón y la palabra escrita. Con esto se configura un juego de metalenguaje donde la escritura nace dentro de la misma historia. En la serie, esta se piensa a sí misma a través de la pantalla mientras sucede: Alba revisa los cuadernos de contar la vida de su abuela Clara y decide unirlos en primera persona, ilustrando así la misma lógica de resistencia y memoria que inmortalizó el libro.

FICHA DE PRODUCCIÓN

La serie que consta de ocho capítulos, se encuentra disponible en exclusiva en la plataforma de streaming Prime Video. Fue filmada en Chile y dirigida por Andrés Wood y Francisca Alegría, y cuenta con un elenco megaestelar de talentos de Hispanoamérica donde se destacan Alfonso Herrera, Dolores Fonzi, Nicolle Wallace, Fernanda Castillo, Maribel Verdú, Fernanda Urrejola, entre otros.

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La Casa de los espíritus recorre la historia de cuatro generaciones de mujeres.

Fotógrafo y Crítico de Cine
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