28 may. 2026

La Casa Blanca: La novela póstuma de Helio Vera

Helio Vera tenía un gran talento para el cuento. Pero pocos sabían que llevaba casi terminada una novela, cuando falleció en el 2008.

helio vera 03 de julio 2009

El escritor paraguayo Helio Vera.

La historia ha sido, sin temor a equivocarse, la gran fuente narrativa de la literatura paraguaya en el siglo XX. No lo fue en vano: acontecimientos conflictivos como la Independencia, la Guerra contra la Triple Alianza, la Guerra del Chaco y la Revolución del 47 empujaron a escritores de diversa índole a indagar, desde la magia de la literatura, en las fibras profundas del Paraguay. El caso de Helio Vera (1946-2008) no fue la excepción.

En sus cuentos tomó hechos de la historia paraguaya y les dio su particular interpretación. Fallecido en marzo del año pasado, Vera estaba trabajando en una novela ambientada en la guerra civil que sacudió al país en 1947. Hoy, póstumamente, esa novela ve la luz: La Casa Blanca, un burdel en el que las mujeres cumplen los deseos de sus clientes y ven desfilar el momento histórico por el que pasaba la nación frente a sus ojos. La protagonista principal es Paulette, que huye tras la contienda a la Argentina y regresa varios años después a buscar al capitán Almeyda, el hombre que con frecuencia la visitaba en la casa y que se halla desaparecido desde el comienzo de la guerra.

Con el sello de la multinacional española Alfaguara, esta novela viene a culminar un ciclo narrativo prolífico por parte de su autor, iniciada 25 años atrás con Angola y otros cuentos. Incluímos un adelanto de la novela.

.......................................................................................

ADELANTO DE LA NOVELA LA CASA BLANCA

Capítulo uno (*)

Asunción, 13 de agosto de 1947, 9 de la noche. Ahora te irás, Paulette, y quién sabe cuándo volverás a disfrutar de la amigable tibieza de la Casa Blanca, la solidez de los gruesos muros encalados, la confiable dureza de las rejas de hierro forjado que protegen las altas ventanas y la cercanía de las columnas centenarias que sostienen los balcones y definen el perímetro de la galería. Por ahora, y no sabemos por cuánto tiempo, debes alejarte de este escenario que se desploma sobre tu pobre cabeza; alejarte para ponerte a salvo de acechanzas cuya gravedad no alcanzas a medir pero que presientes demasiado cercanas. Debes irte, y no podrás volver hasta que las cosas se aclaren, si es que se aclaran algún día.

Llueve. Cada ráfaga del viento Sur es filosa como un cuchillo, y sus muchas lenguas de frío se deslizan dentro de las habitaciones, cerradas con trancas y cerrojos, a través de todos los intersticios. El viento trae el eco de lejanos estampidos, el estallido de las granadas de los morteros, el ronquido acompasado de las armas automáticas. Es el rumor de la guerra civil, esa enorme máquina de triturar vidas que se mueve en un lugar indeterminado, a pocos kilómetros de aquí; en Fernando de la Mora, en Viñas Cué, en Cuatro Mojones, en calle Última, en quinta Gorostiaga. El aire acerca los disparos y las explosiones, pero no alcanza a traer las voces de mando, los gritos de furor de los combatientes y los quejidos de los moribundos; los sonidos concretos de la rabia y de la muerte. Solo los oyen quienes están luchando en la oscuridad, más para conservar sus vidas que para imponer ideas políticas o programas de gobierno cuyo contenido desconocen, pero que tal vez suponen dotados de inefable majestad, de la solución definitiva de todos los problemas de la patria.

Hace una hora, la usina del barrio Sajonia interrumpió la distribución de energía eléctrica y la llovizna volvió más oscura la noche. Con la oscuridad llegó el miedo. Ahora todas las cosas parecen flotar dentro de una vasta nube plomiza que los relámpagos sacuden con insistencia. No solo la Casa Blanca, es toda Asunción la que navega entera en las tinieblas, despojada de sus luces, una enorme luciérnaga ciega que zigzaguea en el aire tratando de recuperar su rumbo. Las calles están vacías, sin gente, sin vehículos, sin los sonidos efímeros y cambiantes de la agitación urbana. Asunción calla. Calla y escucha.

Algo está ocurriendo afuera, bajo la llovizna silenciosa que centellea con los latigazos incesantes de los relámpagos. No sabes dónde, pero intuyes que es algo inmenso, algo cuyas dimensiones no puedes ponderar, pero que imaginas vagamente: un país nuevo está naciendo, estremecido por los dolorosos espasmos del parto. Lo presientes, lo hueles en el aire. Hechos tan descollantes no pueden ocurrir impunemente, sin dejar a su paso una sucesión de huellas desmesuradas, impresas en el suelo tan profundamente que no podría borrarlas la acumulación, durante años, del polvo y el agua.

Nada podrá ser como antes, y gruesas cicatrices marcarán las vidas de todos. Sobre todo la tuya, Paulette, alma y centro vital de la Casa Blanca. Para siempre. No lo sabes muy bien, pero te lo dice esa larga intuición que muchas veces se parece a la clarividencia. Hasta Allegra, tu querida perra dálmata, dueña de una lustrosa alcurnia que se prolonga a lo largo de varias generaciones, presiente la partida y estrecha su cuerpo moteado contra tus piernas para confirmar que todavía estás aquí, para infundirte el calor de su piel temblorosa, para decirte que no debes dejarla en esta noche de presagios y temores.

Además, otras voces te lo advirtieron claramente, y sabes que no se puede pasar por alto esa clase de avisos que suelen anticipar, sobre todo en tiempos como estos, la llegada puntual de la desgracia. ¿Será esta tu hora, el señalado tiempo de tu cenit, el recodo que te lleva hacia un destino que solo conocerás cuando se revelen sus ocultos designios? ¿Habrá llegado el «tiempo cumplido» del que habla el poeta popular Emiliano R. Fernández en uno de sus poemas, letra de una canción que se entona en cada rincón de la patria?

Estás advertida. Ya lo sabes. ¿Qué más necesitas? Para los derrotados no habrá perdón ni misericordia; solo el afligido responso que se dedica a la memoria de los muertos o la maldición vociferada contra los que merecen estar sepultados pero que siguen caminando por el mundo, impávidos y soberbios, indiferentes a temores y prevenciones. Las vidas de todos quedarán marcadas con la huella violácea de las heridas. De algún modo lo comprendes. Tu vida también, Paulette, recibirá la marca indeleble del sufrimiento.

Huye. Y no vuelvas hasta que se apacigüe el odio de las facciones, ahora avivado por la violencia de los últimos combates. Todo dependerá de lo que ocurra en los próximos días, quizá en las próximas horas, cuando sepas quién es el vencedor de esta guerra civil que comenzó en marzo y ahora se aproxima a su fragorosa culminación. Pero todavía falta el acto final, el último acto de este drama colectivo, el momento decisivo en que uno de los platos de la balanza se incline bruscamente, cargado con los metales candentes de la victoria.

Solo entonces quedarán claramente definidas las fronteras entre vencedores y vencidos, y las aguas embravecidas pedirán volver a su curso. Sí, los paraguayos serán divididos en vencedores y vencidos. No podrá ser de otra manera. No hay en este conflicto lugar para los fríos, los indiferentes, los que alardean desinterés o simulan prescindencia; ni siquiera para los tibios, que presumen ser capaces de apaciguar las emociones, de reprimir los desbordes. Desde marzo, cuando comenzó la contienda, ya no hubo neutrales ni espectadores: solo amigos y enemigos.

(*) Fragmento. Gentileza de la editorial Alfaguara. Santillana Paraguay

Más contenido de esta sección
La muestra Simbiosis (Paradojas naturales) pretende aportar una visión fresca y divulgativa con intereses ecológicos en Casa Ardissone.
La Semana Santa vuelve cada año con esa mezcla un poco extraña de solemnidad heredada y costumbre domesticada. Convertida, cada vez más, en una semana de pausa total, en Paraguay empieza a vivirse con mayor intensidad desde el “miércoles santo”, con el centenar de chipas que inundan las redes sociales. Mientras en muchos otros lugares el gesto es más honesto aún, pues ya ni se la nombra como tal, es simplemente la “Semana de Turismo”, entre nosotros, en cambio, preferimos sostener la palabra mientras cambiamos el contenido.
Este marzo señala la presencia de tres autores visuales reconocidos en la escena local y sus saltos cuánticos en el mundo internacional del arte.
Ante la escena tragicómica de nuestro espacio de deliberación política –nuestro Congreso Nacional– saturada de gestos, escándalos, indignaciones fugaces y linchamientos morales que duran lo mismo que el ciclo de una noticia viral, uno se pregunta qué queda de la política como búsqueda del bien común, como espacio de deliberación sobre principios normativos o, al menos, como disputa argumentativa en torno el poder. Pero quizá la pregunta deba ser más simple y directa: ¿no estamos asistiendo más bien, a la repetición de un ritual que nos ofrece la ilusión de una limpieza moral de la política, cada vez que un nombre concentra sobre sí todas las culpas?
La cinematografía brasileña atraviesa un proceso de relegitimación internacional en el circuito global de festivales. Obras como Ainda estou aqui (Walter Salles, 2024), A melhor mãe do mundo (Anna Muylaert, 2025) consolidan este panorama, donde la dimensión política es parte intrínseca de su discurso. A este fenómeno se suma la poética de “El agente secreto” de Kleber Mendonça Filho.