Yesica Vera Zarza
Hay entrevistas que se persiguen durante años sin saber si alguna vez ocurrirán. A quienes admiramos la literatura latinoamericana nos toca convivir con una certeza incómoda: Muchas veces llegamos tarde. Llegamos tarde a los escritores que marcaron una época, a las preguntas que nunca podremos hacerles y a las conversaciones que imaginamos durante años. Me ocurrió con Mario Benedetti. También con Gabriel García Márquez. Cuando murió el autor colombiano sentí que otra posibilidad de conversación se alejaba para siempre.
Por eso este intercambio con Isabel Allende tiene –para mí– un significado especial y al pensar esta entrevista intenté alejarme de aquello que tantas veces se ha contado sobre su vida y su obra. No buscar solamente la biografía conocida, sino la reflexión: La mujer detrás de la escritora, la memoria detrás de los libros, la vida detrás de los personajes.
Este 2 de agosto, una de las escritoras más leídas y reconocidas de la lengua española cumple 84 años. Desde California, donde reside actualmente, Allende accedió a responder una serie de preguntas sobre la escritura, la memoria, el amor, los duelos, el feminismo y el paso del tiempo. Y sus respuestas dejan ver a una mujer que, después de una vida marcada por pérdidas, exilios y reinvenciones, atraviesa una etapa de serenidad que ella misma define como una de las más felices de su existencia. “Estoy en paz”, dice. Y esa frase atraviesa toda la conversación.
Una época feliz
“Esta es una época muy feliz de mi vida, en parte porque he ido soltando las cargas”, cuenta Isabel Allende. La escritora explica que ya no tiene que cuidar a sus padres ni a sus nietos, y que hoy sus responsabilidades están centradas en su marido y sus dos perros. Celebra estar sana, continuar escribiendo y compartir la vida con Roger, a quien define como “el compañero perfecto”.
“El amor en la vejez es un regalo del cielo”, afirma. La frase podría parecer una declaración sobre el presente, pero también funciona como una síntesis de una vida que encontró nuevas posibilidades después de las pérdidas.
Escribir para encontrar un mundo más amable
Durante más de cuatro décadas, Allende construyó una obra habitada por mujeres fuertes, familias complejas, migraciones, pérdidas y búsquedas personales. Cuando se le pregunta qué espera que encuentren los jóvenes lectores que llegan hoy a sus libros, habla de humanidad.
“Un mundo más amable y justo, relaciones humanas, generosidad, la capacidad de correr riesgos, sufrir, caerse y volver a levantarse”, responde. La escritora observa con preocupación la soledad de muchos jóvenes en la sociedad actual.
“La sociedad moderna nos aísla. Muchos jóvenes se sienten solos, sin futuro, sin propósito”. Sin embargo, aclara que no busca entregar mensajes en sus novelas. Confía en que las historias y los destinos de sus personajes puedan acompañar a quienes atraviesan sus propios desafíos.
La escritura y sus dificultades
Después de tantos años dedicada al oficio, la autora de El amante japonés mantiene intacta la fascinación por el proceso creativo. “Lo mejor del oficio es inventar la historia, investigar y ponerla en palabras”, explica. Lo más difícil, en cambio, aparece cuando llega la etapa posterior: Editar, corregir y promocionar los libros. Esa mirada revela una relación con la escritura que combina pasión y disciplina. La imaginación abre el camino, pero el trabajo sostiene la obra.
La memoria como refugio
Entre los temas más profundos de su vida aparece la relación con su madre y las cartas que intercambiaron durante décadas. Como ambas vivieron gran parte de sus vidas separadas, la correspondencia se convirtió en un territorio íntimo.
“En las cartas creamos un mundo propio, solo de nosotras, un mundo seguro donde podíamos decirnos todo, compartir los secretos, reírnos y llorar juntas”, recuerda. Allende conserva esas 24.000 cartas como uno de sus mayores tesoros. “Lamento no haber guardado las miles de cartas anteriores”, confiesa la autora de La casa de los espíritus. Recién desde 1987 comenzó a conservar esa correspondencia, que actualmente forma parte de su archivo. La escritura, una vez más, aparece como una forma de construir un puente contra la distancia y el paso del tiempo.
El lugar donde vive el afecto
Aunque alguna vez dijo sentirse extranjera en todas partes, cuando se le pregunta cuál es su lugar favorito en el mundo responde sin dudar: “Mi casa”. Luego agrega: “Mi país está en mis libros y en mis afectos. Donde estén mi hijo y mi marido, ese es mi lugar en el mundo”. Para una escritora marcada por los desplazamientos, la pertenencia parece haberse transformado en algo menos geográfico y más emocional.
Feminismo y las batallas pendientes
El compromiso feminista ha acompañado la trayectoria pública y literaria de Isabel Allende. A pesar de los avances conquistados, considera que todavía existen desafíos importantes. “Seguimos viviendo en un patriarcado”, sostiene.
Menciona el avance de discursos misóginos, los intentos de limitar derechos reproductivos y ciertas corrientes que reivindican modelos tradicionales de subordinación femenina. “En los Estados Unidos se habla incluso de quitarle el voto. Es decir, que el marido vote por la familia, ¿te puedes imaginar? Las mujeres –especialmente las jóvenes– tienen mucho que hacer. Hemos ganado algunas batallas y hemos perdido otras”, asegura.
El consejo de una vida
Al final de la entrevista aparece una pregunta imaginaria: ¿Qué le diría hoy a la Isabel de 20 años? La respuesta parece escrita desde la experiencia de quien ya recorrió muchos caminos. “No te apures, hay tiempo. No te cases tan joven. Trata de divertirte más, no asumas tantas responsabilidades que no te corresponden, ten más confianza en ti misma”. Después llega la frase que resume esta conversación: “Vas a cometer muchos errores y a veces podrás enmendarlos, pero así es la vida: Un viaje sin mapa. Escribe. Ese es tu camino”.
A los 84 años, la autora de Paula confirma que cada vida –como cada historia que vale la pena contar– se escribe paso a paso, sin un mapa definitivo.
Durante mucho tiempo pensé en las entrevistas que no pudieron ser: Las voces que admiraba y las preguntas que quedaron suspendidas en el tiempo. Esta vez, sin embargo, llegué a tiempo.
Llegué a una Isabel Allende que no mira hacia atrás con nostalgia, sino con gratitud; que reconoce las pérdidas, pero también celebra lo que permanece: El amor, los afectos, la escritura. Una mujer que, después de recorrer tantos caminos, sigue escribiendo el suyo propio, sin mapa.