Pasaron 38 años de la histórica visita a Paraguay de Juan Pablo II; recordamos el acontecimiento como un hito sociocultural y espiritual que impulsó la libertad, la justicia social y la fe católica en el país. A través de sus discursos y cercanía con el pueblo, el Papa abordó temas claves, como los derechos humanos, la reforma agraria y el papel de los jóvenes en la construcción de la sociedad.
Ya a su llegada, a pocos días de celebrar su cumpleaños en tierra guaraní aquel mayo de 1988, el papa Juan Pablo II inició su visita a Paraguay con un mensaje de afecto, reconociendo la fe, fortaleza y hospitalidad de nuestro pueblo. Si bien enfatizó el propósito religioso de su peregrinación y la búsqueda de un nuevo impulso misionero cristiano ante el dictador Stroessner, se presentó como heraldo de la doctrina social de la Iglesia para colaborar en la búsqueda de soluciones justas a los desafíos del país, expresando su especial cercanía con todos los sectores sociales.
Ante las autoridades, explicó que el mensaje cristiano tiene una dimensión moral inseparable de la vida pública, por lo que “la Iglesia no debe ser arrinconada en los templos”. Recordó que la política es un servicio al hombre que exige una dimensión ética esencial orientada a la búsqueda del bien común.
También defendió la legítima autonomía y la colaboración entre la Iglesia y el Estado para promover la dignidad humana. Instó a los gobernantes a garantizar la justicia, la participación ciudadana y el respeto a los derechos humanos.
En su recordado encuentro en Ñu Guazú, donde canonizó al primer santo paraguayo, san Roque González de Santa Cruz y compañeros mártires, el Papa viajero instó a la juventud a orientar su vida al servicio de Dios y la construcción de un mundo más humano. Basándose en el Evangelio, exhortó a los jóvenes a buscar a Cristo a través de la oración y los sacramentos para encontrar respuestas a sus inquietudes y vocación. El Pontífice enfatizó que el verdadero amor implica cumplir los mandamientos, yendo contracorriente frente a la mentalidad materialista. Destacó que la felicidad se encuentra en la entrega generosa al prójimo y no en el placer o el egoísmo.
A los líderes civiles paraguayos, los animó a ser constructores de una sociedad solidaria y respaldó un necesario “saneamiento moral” frente a la corrupción, promoviendo la integración de la fe con el progreso, la política y la economía.
Ante los obispos y religiosos, elogió la fecundidad histórica de la evangelización en la región, exhortándolos a dar una formación doctrinal sólida, al tiempo de alentar las vocaciones y fortalecer la comunión. Agradeció su labor pastoral y educativa, animándolos a seguir el ejemplo de evangelización de San Roque González. Exhortó a la comunidad a ser luz y sal en la sociedad, contrarrestando el consumismo con un testimonio de vida basado en valores evangélicos. Subrayó la unión inseparable entre la fe y la promoción de la justicia, instando a una opción preferencial por los pobres.
A indígenas del Paraguay y del extranjero que viajaron al Chaco para encontrarse con él, les habló de la promoción de la igualdad y la dignidad común de todos los seres humanos como hijos de Dios. Explicó que esta fraternidad universal exige una colaboración solidaria basada en el respeto a las peculiaridades culturales. Exhortó a fortalecer la vida espiritual y subrayó la importancia del matrimonio indisoluble y la familia como pilares de la sociedad. También animó a las comunidades originarias a profundizar en su fe de modo a impregnar sus valores tradicionales.
Ya al despedirse, luego de su intenso itinerario en el país, Juan Pablo II invitó a todos los ciudadanos paraguayos a edificar una nación reconciliada, fraterna y unida, explicando que, bajo el lema “mensajero del amor”, buscó confirmar al pueblo en la fe, la esperanza y el amor a través del Evangelio, rechazando ideologías divisivas.
El Papa polaco expresó su profundo agradecimiento por la buena acogida y confió el alma nacional y el futuro de los paraguayos a la Virgen Inmaculada de Caacupé, en cuyo santuario había consagrado al Paraguay para reavivar la fe y los valores evangélicos impregnados en lo más profundo de nuestra cultura.
La visita del primer papa al Paraguay fue un hito sociocultural y espiritual e impulsó la libertad, la justicia social y la fe católica en el país.