En la frontera donde el río Paraná separa y al mismo tiempo une, el Puente Internacional de la Amistad celebró ayer 61 años convertido en mucho más que una obra de ingeniería. Es un símbolo en movimiento, una estructura que respira al ritmo de miles de historias cotidianas entre Paraguay y Brasil.
Cada día lo atraviesan más de 40.000 vehículos. El tránsito se vuelve una coreografía repetidacon bocinas, controles, motocicletas que avanzan entre autos detenidos. El puente no descansa. Un ida y vuelta constante que dibuja la frontera. El puente, inaugurado el 27 de marzo de 1965, fue concebido como un símbolo de integración. Seis décadas después, ese ideal se materializa en una economía compartida.
La historia del puente es también la historia de una apuesta binacional. Inaugurado el 27 de marzo de 1965, fue diseñado por el ingeniero José Rodrigues Leite de Almeida y construido por un consorcio brasileño en una época en que la integración regional era todavía una idea en construcción.
Sus cifras aún impresionan. Cuenta 552 metros de longitud, un vano libre de 303 metros —récord mundial en su momento para estructuras de hormigón— y más de mil trabajadores involucrados. No fue solo una obra técnica, sino un gesto político y económico que abrió nuevas rutas comerciales y consolidó vínculos entre ambos países.
61 años después, su relevancia no ha disminuido. Cada día, cerca de 40.000 vehículos y 20.000 peatones lo atraviesan. Camiones cargados de productos agrícolas, comerciantes que cruzan la frontera a diario, turistas que buscan descubrir las Cataratas, familias divididas entre dos ciudades que funcionan como una sola.
VITAL
El Puente de la Amistad, a pesar de la apertura parcial del Puente de la Integración, en esencia, sigue siendo una arteria vital. Su cierre temporal durante la pandemia de Covid-19 dejó en evidencia hasta qué punto la región depende de su funcionamiento.
Sin embargo, más allá de su función logística, el Puente de la Amistad conserva un valor simbólico difícil de medir. Es el lugar donde convergen lenguas, culturas y economías; donde el español y el portugués se mezclan con naturalidad, donde lo cotidiano adquiere dimensión histórica.
A 61 años de su inauguración, el puente no es solo un legado del pasado. Es una obra viva, en permanente transformación, sostenida por quienes lo cruzan cada día. Porque en cada paso, en cada historia que lo atraviesa, el puente sigue cumpliendo su misión original de unir dos países que, sobre el río Paraná, aprendieron a compartir destino.
TRABAJO
Además de las cargas y del movimiento de turismo, este paso mueve a trabajadores, una característica propia de la región. Según datos del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística, el 3,21 % de los trabajadores de Foz de Yguazú tiene su empleo principal en Paraguay.
En todo el estado de Paraná, más de 6.200 personas cruzan cada día las fronteras para trabajar. Son cifras que, en cualquier otro contexto, serían excepcionales. Aquí son rutina.
Del lado paraguayo, la historia empieza aún más temprano. Hay quienes salen de sus casas entre las dos y tres de la madrugada para llegar a tiempo a sus empleos en Brasil. No hay estadísticas oficiales que dimensionen este flujo, pero basta observar el movimiento antes del amanecer para entender que es masivo.