Al despertar, lo primero que escuché fue la bulla ancestral de los pájaros posados en los árboles. “Naturaleza”, me dije mientras me calzaba y oía ese pequeño concierto para cuatro voces de diferentes especies de aves, atonalmente mezcladas. Salí al mundo exterior y pensé en la cadencia absolutamente tonal de la prosa de Ralph Waldo Emerson, en esa musicalidad suya tan llena de los sonidos y los colores de la naturaleza. Es la prosa más matutina y alada que recuerdo, una prosa de los amaneceres. Resuenan (desde la juventud) sus verdades de viejo sabio, surgidas de los límites geográficos y culturales que había, difusamente, entres los todavía extensos campos rurales y los crecientes laberintos urbanos del siglo XIX.
Releí entonces no su ensayo sobre la naturaleza (que figura entre lo más habitualmente leído del filósofo norteamericano), sino uno bastante menos conocido, Libros. Se encuentra en uno de los últimos volúmenes publicados por Emerson, Sociedad y soledad: Doce capítulos, de 1870. Hacia el año 1999, compré el libro en la desaparecida Librería Balzac de la calle Chile de Asunción. Hasta 2019 no existía otra edición de Sociedad y Soledad que esta de principios del siglo pasado. A fines del mismo, escribía yo con ordenador y utilizaba un procesador de textos no para Windows, sino para el antiquísimo DOS: Word Perfect. Allí registré fragmentos de Sociedad y soledad, pero me temo que el documento desapareció, tanto como DOS es actualmente un arcaísmo como sistema operativo.
Algunos de los pasajes de “Books” se mantienen intactos en mi memoria, como aquel donde Emerson dice que Plutarco es “tan claro como la voz de una flauta y tan entretenido como una novela francesa”. Esta comparación musical y literaria podemos convertir hoy en una comparación musical y televisiva: El historiador romano es tan claro como la voz de Billie Eilish y tan entretenido como una serie británica. Plutarco es entonces una música y una visualidad del siglo XXI, aprendemos así con Emerson, “ese alto caballero americano” que después de leer a Montaigne salía, en palabras de Jorge Luis Borges, “en busca de un goce que no vale menos, la tarde que ya exalta el llano”. Salía en busca de la calle y del bullicio de la vida, yendo de la soledad hacia la sociedad de Concord.
Le dediqué entonces una parte de la mañana a “Books”, a comentarlo, a pensar en sus profundidades siempre actuales, tal cual la música latina de Plutarco mana desde hace milenios, siempre actualmente. Una de las ideas principales del ensayo versa sobre la superfluidad de la amplia mayoría de los libros publicados, sobre la dudosa inmortalidad de lo contemporáneo. Es una idea que podemos rastrear desde la Antigüedad, pero es en la Modernidad cuando adquiere un espesor denso de crítica e ironía. Tengo para mí que el célebre episodio del Cura y el Barbero en El Quijote es un pórtico de la historia de esta idea en su manera moderna: Toda criba es a la vez una censura deplorable y una discriminación necesaria. Es exactamente lo que Emerson hace en “Books”: Una censura crítica de lo contemporáneo y una discriminación de lo perdurable frente a lo efímero.
Dice Emerson que para quienes viven la misma época “no es tan fácil distinguir entre notoriedad y fama”, algo que solo la precisa usura del tiempo y la paciencia consiguiente permiten distinguir mejor. Antes que Emerson, ya Arthur Schopenhauer había advertido que “la afluencia intensa y continuada de las nuevas cosas que se leen sirve únicamente para acelerar el olvido de las que se leyeron antes”. En el brevísimo escolio 294 de Parerga y paralipómena (1851), en el capítulo “Sobre la lectura y los libros” (que como “Books” cita al “rico en anécdotas” Heródoto), Schopenhauer se preguntaba hace casi dos siglos: “¿Quién no lloraría al ver el grueso catálogo de la Feria del Libro, cuando pensara que de todos esos libros no quedará ninguno vivo ya dentro de diez años?”.
Un continuador radical de la idea de Emerson y de la crítica de Schopenhauer, además del citado Borges, es José Ortega y Gasset (y estoy citando puros maestros de la prosa), quien en La rebelión de las masas (1937) considera que “la obra de caridad más propia de nuestro tiempo” es “no publicar libros superfluos”. Algo que, por lo demás no estamos seguros si Ortega mismo cumplió.
Como ironía final, también hay que decirlo: Emerson desaconsejaba la lectura de periódicos.