06 ago 2026

Elisa Carrió y una deuda histórica

Habiendo leído en su periódico las oportunas expresiones de la abogada y política argentina Elisa Carrió sobre el estado de abandono en el que se encuentra la casa donde murió el general Sarmiento en Asunción, quiero compartir una breve reseña que quizás ayude a comprender el enorme valor histórico y patrimonial de este predio:

El ex presidente argentino Domingo Faustino Sarmiento vino por primera vez al Paraguay en julio de 1887 por indicación de su médico, quien le recomendó buscar un clima más benigno durante el frío invierno porteño. Estaba enfermo y padecía serios problemas pulmonares que le provocaban intensos dolores y una tos nocturna interminable.

En aquel viaje sintió la calidez no solo del clima, sino sobre todo de los paraguayos. Aquello era algo que le resultaba esquivo en su propio país debido al ambiente político de la época. En los últimos días de esa estadía, un grupo de amigos le obsequió un terreno ubicado a pocos metros de la estación del tranvía San Miguel en las afueras de Asunción.

Regresó unos meses después, acompañado por su hija Ana Faustina y su nieta Lucía. Pero, además, trajo consigo un constructor y una casa completamente desarmada para levantarla en aquel terreno. Su propósito era establecerse en Asunción durante largas temporadas y, quizás, pasar aquí los últimos años de su vida.

Sarmiento, su hija y su nieta se instalaron en el Hotel Cancha Sociedad –hoy Gran Hotel del Paraguay–, entonces propiedad de su amigo, el médico italiano Silvio Andreuzzi, republicano y masón como él, con quien compartía largas y amenas charlas.

A finales de julio recibió dos visitas muy esperadas: La de su nieto Julio, hermano de Lucía, que llegaba para acompañarlos, y la de Aurelia Vélez Sarsfield, el gran amor de su vida, veinticinco años menor que él. Había recibido una carta de Sarmiento que le pedía que viniera, quizás, a despedirse para siempre.

Aquella visita le devolvió la sonrisa al ex presidente argentino, aunque duró apenas un mes. Aurelia regresó a Buenos Aires a fines de agosto y, poco después, la salud de Sarmiento comenzó a agravarse.

En la madrugada del 11 de setiembre, Sarmiento comenzó a delirar. Junto a él estaban su hija, sus nietos y un amigo, el comerciante argentino José Macías. De pronto advirtieron que su mirada quedaba fija hacia la ventana y que ya no respondía. Fueron inmediatamente a buscar al doctor Andreuzzi, que dormía en una habitación cercana. El médico lo examinó y dijo a los presentes:

“El corazón no late; Sarmiento es cadáver”.

Sus restos fueron llevados en barco a Argentina, donde recibieron uno de los funerales más multitudinarios que recuerde la historia de ese país.

Con el paso de los años, aquella habitación del hotel se convirtió en un lugar de peregrinación para numerosos argentinos que llegaban a Asunción. Muchos viajaban exclusivamente para conocer el sitio donde había fallecido.

En 1925, el Congreso de la Nación paraguaya sancionó una ley por la cual se donaba a la República Argentina el predio donde Sarmiento había vivido sus últimos días.

El presidente argentino, doctor Marcelo T. de Alvear, al agradecer el gesto del Congreso paraguayo, prometió crear en ese lugar una escuela de artes y oficios.

Durante muchos años funcionó allí una escuela argentina, justo homenaje al padre de la educación de ese país. Desde hace algunos años; sin embargo, el lugar fue cayendo en el abandono.

La casa donde Sarmiento nació, en la ciudad argentina de San Juan, es hoy un hermoso museo que honra su memoria. La de Asunción, donde vivió sus últimos meses y falleció, ha corrido una suerte muy distinta.

Cada 11 de setiembre, Argentina celebra el Día del Maestro, fecha que recuerda la muerte de Sarmiento. Sin embargo, el lugar donde transcurrieron sus últimos días, donde soñó con terminar su vida en Paraguay y donde finalmente murió, permanece abandonado y avanza lentamente hacia la ruina.

Ojalá las palabras de Elisa Carrió sirvan para despertar la conciencia necesaria y evitar que ese patrimonio, que pertenece a la memoria de ambos países, termine perdiéndose para siempre.

Permitir que se arruine sería una pérdida irreparable. Recuperarlo sería un acto de inteligencia, de gratitud y de respeto por nuestra historia compartida.

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