23 jul 2026

El trigo y la cizaña

Hoy meditamos el Evangelio según san Mateo 13,24-43.

“El Reino de los Cielos es como un hombre que sembró buena semilla en su campo. Cuando brotó la hierba y echó espiga, entonces apareció también la cizaña”.

La imagen del campo sobre el que se ha dejado caer a manos llenas la buena semilla del Evangelio, pero donde el enemigo ha sembrado cizaña, invita a pensar en la Iglesia, que “abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación y busca sin cesar la conversión y la renovación, señala el Catecismo.

Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores.

En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos. La Iglesia, pues, congrega a pecadores alcanzados ya por la salvación de Cristo, pero aún en vías de santificación”.

En efecto, la parábola del trigo y la cizaña plantea el problema de la coexistencia del bien y el mal.

“Está claro: El campo es fértil y la simiente es buena -comentaba san Josemaría-; el señor del campo ha lanzado a voleo la semilla en el momento propicio y con arte consumada; además, ha organizado una vigilancia para proteger la siembra reciente. Si después aparece la cizaña, es porque no ha habido correspondencia, porque los hombres –los cristianos especialmente– se han dormido, y han permitido que el enemigo se acercara”.

Mons. Javier Echevarría invitaba a considerar que “esta realidad ha de movernos a la contrición, al dolor de amor, a la reparación, pero nunca al desaliento o al pesimismo. (…) A la vez, consideremos que ya ahora, en la tierra, el bien es mayor que el mal, la gracia más fuerte que el pecado, aunque su acción resulte a veces menos visible”.

La parábola de Jesús deja claro que el mal no procede de Dios, sino del enemigo, el maligno, que es astuto y siembra el mal en medio del bien, de modo que resulta difícil separarlos con claridad, aunque el justo Juez podrá hacerlo. Ahora bien, no cabe esperar una intervención inmediata para atajar el mal, porque Dios es paciente y misericordioso.

Los servidores están impacientes por arrancar la cizaña, pero “Dios en cambio sabe esperar –comenta el papa Francisco–. Él mira el ‘campo’ de la vida de cada persona con paciencia y misericordia: Ve mucho mejor que nosotros la suciedad y el mal, pero ve también los brotes de bien y espera con confianza que maduren”.

“Dios es paciente, sabe esperar. Qué hermoso es esto: Nuestro Dios es un padre paciente, que nos espera siempre y nos espera con el corazón en la mano para acogernos, para perdonarnos. Él nos perdona siempre si vamos a Él”.

Dios es paciente porque sabe que incluso el corazón que lleva tiempo manchado por muchos pecados puede cambiar y dar buen fruto.

San Agustín, comentando esta parábola, aporta su experiencia de pastor de almas y constata que “muchos primero son cizaña y luego se convierten en trigo”, por lo que se requiere esa saludable paciencia, que no es indiferencia ante el mal: “Si estos, cuando son malos, no fueran tolerados con paciencia, no llegarían al laudable cambio”.

El dueño del campo no confunde el bien con el mal. Sabe qué es saludable y qué es dañino para la salud, pero no permite que sus servidores se precipiten para dar tiempo a la misericordia.

Jesús nos enseña a moderar ímpetus a y saber aguardar lo que es malo puede cambiar a algo bueno. La conversión es posible, y siempre cabe la esperanza de que se producirá.

(Frases extractadas de https://opusdei.org/es-py/gospel/2026-07-19/)

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