El Mundial de Fútbol 2026 concluyó con el campeonato para España. En la final derrotó a Argentina, que venía realizando un Mundial que movilizó intensamente a su sociedad y mostró que el torneo excedía ampliamente las fronteras del deporte. Lo que se vio a lo largo de esas semanas fue la fusión del pueblo argentino con su Selección, un episodio de comunidad nacional similar al vivido en la masiva despedida al Indio Solari, en la construcción de la leyenda de Maradona e incluso en la reivindicación de las Malvinas. Cada uno de esos episodios magnetiza a una sociedad que en ellos se reconoce como trascendente, más allá de la individualidad de sus componentes.
La sociología clásica tiene nombre para esto. Émile Durkheim llamó efervescencia colectiva a esos episodios rituales en que los individuos, congregados en torno a un símbolo compartido, experimentan una fuerza que los trasciende y los une. Es lo que históricamente produjeron la religión, la guerra, las fiestas y las grandes ceremonias culturales. Y por lo vivido, es lo que hoy también produce –o puede producir– el fútbol.
El fútbol conecta a seres distintos y desconocidos e incluso a personas que normalmente no se interesan por el deporte. Vuelve tangible, por momentos, lo que Benedict Anderson definió como nación: Una comunidad imaginada en la que nunca conoceremos a la inmensa mayoría de nuestros compatriotas. La Selección hace que esa comunidad imaginada se vuelva visible, palpable y simultánea: Millones vibrando por lo mismo, al mismo tiempo, con relatos similares y frente a los mismos símbolos. He ahí toda su potencialidad.
Paraguay también vivió su propia versión del fenómeno: El regreso de la Albirroja al Mundial, después de dieciséis años de ausencia, movilizó a un país entero, sin distinción de partido político, clase social ni género. La salida a las calles tras la victoria por penales frente a Alemania multiplicó el goce, el orgullo y la autoestima, y quedó subrayada por el mensaje que transmitía: En esto estamos juntos.
Por eso, vale retomar con seriedad lo planteado por el técnico Gustavo Alfaro que el fútbol sea, en Paraguay, una política de Estado. No como consigna sentimental ni como patrioterismo, sino como movimiento integrador. Un movimiento que no suprima la heterogeneidad de clase, género y cultura, sino que la reconozca, porque es en esa diferencia donde se juegan la coexistencia y el diseño de políticas públicas acertadas. Lo que propuso Alfaro es una política de Estado que parta de la potencialidad popular para trazar un futuro de oportunidades y orgullo desde el deporte.
Esta política estatal tendría además el poder de producir integración social desde un lugar mucho mejor que otras alternativas. El militarismo, viejo integrador de naciones, no tiene hoy cabida: No hay hipótesis de conflicto que lo justifique y su costo recae enteramente sobre el gasto público. La religión, siendo profundamente social, pertenece a la esfera privada; en sociedades religiosamente diversas como las nuestras, usarla como herramienta pública de integración puede ser tan inadecuado como conflictivo. Ahí aparece el deporte, con el fútbol como estandarte, como la opción menos cuestionable: Integra sin excluir y convoca sin imponer.
El fútbol tiene, además, una virtud que las otras vías no ofrecen: no depende del Estado ni de una sola asociación u organización. Hoy ya articula miles de espacios comunitarios, barrios y clubes, junto al sector público –desde escuelas hasta secretarías– y al sector privado. Es decir, ya existe una base desde donde partir: potenciar la infraestructura deportiva distribuida en todo el territorio, conectar la educación formal con el fútbol formativo, fortalecer las canchas barriales como espacios comunitarios y trabajar con el sector privado para que acompañe las iniciativas.
El Mundial 2030 es el próximo evento trascendental y Paraguay será una de sus sedes. El calendario ya nos ofrece un camino; falta agregarle la visión de potencialidad integradora y, tal vez lo más difícil, gestión. Ya vimos que la efervescencia está ahí, como combustible. La pregunta es si la dejaremos evaporar o si la convertiremos, deliberadamente, en desarrollo y bienestar, con una prioridad asumida por el Estado y por los actores sociales relevantes, haciendo caso al planteo de Alfaro.
“La salida a las calles tras la victoria por penales (de Paraguay) frente a Alemania multiplicó el goce, el orgullo y la autoestima”.