“El Paraguay mantiene a una clase privilegiada que precisa de capitales para mantener su esquema”.
El presente artículo habla del cómo se entiende a la autoridad en Paraguay. Me inspiro en una lectura –basada en investigaciones históricas– de dos momentos que rodearon a la conformación de gobiernos distintos en diferentes épocas.
El Congreso del 3 de octubre de 1814 proclama como “Dictador Supremo” por cinco años a Gaspar Rodríguez de Francia. De estos hechos, siempre me atrajo un comentario que señalaba que Francia “observó fijamente” la reacción adversa de muchos diputados contrarios a su designación.
Exactamente 140 años después, luego del golpe militar del 4 de mayo de 1954, un joven general Alfredo Stroessner propuso a su primer anillo político de entonces –según me lo relató un testigo presencial– la apertura de rutas, modernización del transporte público, obras sanitarias y el soterramiento de los cables de la ciudad capital para darle un mayor aire de modernidad a Asunción.
La propuesta produjo el rechazo de los jerarcas de mayor peso del momento, pidiéndose que una parte del botín vaya direccionado hacia estos. Dicen que Stroessner, al igual que Francia, observó fijamente a sus interlocutores, retirándose del lugar, dándose por terminada la reunión. Lo demás es historia.
Francia y Stroessner domesticaron a sus rivales con un principio básico del poder; tenían autoridad y la ejercían conforme a los conceptos de su tiempo. Siempre, uno de los desafíos más complejos del poder fue aplicar lo que la ética griega definió como la justicia distributiva; dar a cada uno lo suyo dirían los antiguos romanos.
Poder y autoridad son conceptos distintos. Mientras el poder es circunstancial porque fluye, muta, se transforma y se diluye, así como lo efímero de la vida humana, la autoridad en cambio prevalece y se prolonga incluso más allá de la existencia personal de quien emana, por una serie de factores que no vienen al caso analizar en esta ocasión, empero, coincidamos en lo siguiente: Francia y Stroessner eran en lo personal, austeros, de costumbres simples, muy probablemente estoicos en sus modos de pensar y obrar.
No fueron suntuosos.
Hoy, ese aspecto queda en segundo plano habida cuenta de que como sociedad admiramos el éxito financiero como un principio de autoridad sin darnos cuenta de que prevalece ante los ojos de muchos conciudadanos lo anterior, lo austero, no solamente como sinónimo de innata autoridad, sino que también de mando.
En mi artículo anterior socializaba, a modo de presagio, estudios que prevenían sobre el devenir de los futuros gobernantes del país, situando primero a los hijos de migrantes europeos llegados en el siglo XX para luego volver a transferir el poder ya hacia mitad de este siglo, a modelos del tipo militar, similares a los utilizados por Francia y Stroessner, pero con una versión de ese tiempo.
Confieso que dichas resultas llamaron mucho mi atención hasta que encontré unas conclusiones que quizás arrojen una pista sobre la probable fuente que desencante a la democracia y permita un retorno al neoautoritarismo.
Y el hecho puntual es que el Paraguay mantiene a una clase social privilegiada que precisa de ingentes flujos de capitales para mantener “su esquema”.
Es nuestra “realeza”. Ella, que es un porcentaje ínfimo de la población, compromete a la República con empréstitos internacionales sin equilibrio fiscal, aspecto clave para el mantenimiento del orden social.
Sea como sea, si los futuros gobiernos no encaran una gobernabilidad basada en innovación pública, conocer la verdadera capacidad del Estado y delegando su propia gobernanza hacia áreas específicas como salud, educación, economía, seguridad e infraestructura, pronto llevarán a la República hacia un estallido social. De ello hablaremos en otra ocasión.