Juan Andrés Cardozo
Filósofo
El ayer incide sobre nuestra forma de ser en lo actual. Influye de varias maneras, para bien o para mal. Por eso, en el presente no podemos dejar de mirar el pasado ni de preparar el futuro.
Es que en el presente podemos liberarnos de las cargas negativas que vienen del tiempo ido y que pesan sobre nuestras acciones. También tenemos las posibilidades de cambiar el rumbo de la historia. De desviar el desplazamiento del presente hacia un futuro, siempre que inauguremos un nuevo camino, en lo que concierne a la sociedad y a las conductas personales. Por ejemplo, para una sociedad más justa y para ser ciudadanos más responsables, capaces y críticos.
Una sociedad justa no depende de la Justicia. Aunque esta es necesaria, no es obra de las leyes, de los jueces ni del gobierno. Es un proceso que construye la sociedad toda, igual que el tener gobernantes idóneos, eficientes y honestos.
LA IRRELEGABLE CAPACIDAD
De ahí la capacidad es fundamental, a pesar de que no la privilegiemos entre nosotros. Por el contrario, otros aspectos son los que, generalmente, inducen para la nominación a los cargos públicos, promover en las carreras e integrar las instituciones y entidades que requieren méritos, notoriedad y obras. Pero no hay futuro sin la selección y el reconocimiento de la capacidad. El anclaje en el atraso ha sido la consecuencia del desprecio a la inteligencia, de su sistemática postergación.
¿De qué depende la capacidad? Claramente, de la educación recibida y del aprendizaje denso y permanente. En especial, del esfuerzo y la dedicación en instruirse, del conocimiento que se traduce en la acción y en el pensamiento. Y, por supuesto, en exponer la creatividad innovadora, que se patentiza en la producción, en la ciencia, en la tecnología, en la reflexión analítica y teórica, y en el arte.
Meditemos. En la vida hay actos humanos heridos por la intranscendencia. Cuando las opciones megalómanas que pronto van a desaparecer, no hay drama. Pero las que son adoptadas con la intención de relevancia y perdurabilidad, y sin embargo fallecen en el inmediato fracaso, traen problemas. Y denuncian una verdadera tragedia: la dificultad de proyectarse al futuro. ¿Por qué? Porque se carece de la capacidad social e individual para realizar las transformaciones que modificarán las vías inservibles de nuestra historia.
Esto sucede porque lo que tiene vida efímera carece de consistencia. No lo sostiene ninguna proposición fundada en la verdad intersubjetiva y transtemporal, como el enunciado hegeliano que dice: “Lo que es racional es real; y lo que es real es racional”. La verdad necesariamente debe coincidir con lo real, pero como la realidad es cambiante, dialéctica, también deviene en racional. Pues la verdad sigue siendo la coincidencia de la teoría con la realidad.
Mas, como sea, nuestra existencia transcurre entre lo efímero y lo duradero. La cuestión reside en distinguirlos. Incluso cuando se trata de las pasiones que no han de perdurar. En este caso, en el que interviene la emoción, la propia intuición humana se encarga de aclarar las cosas. Las rosas listas a marchitarse no florecen en el corazón. En cambio, las que no morirán reviven para siempre en sus latidos. El amor que ha de persistir es sintiente.
Lo accidental, aquello que no responde a una causalidad proyectada, carece del atributo de la perdurabilidad. Es lo contrario a lo esencial, que tiene la cualidad de lo permanente, porque además es autosuficiente. Contiene en su propia entidad la fuerza para subsistir.
SIN CONOCIMIENTO NO HAY AVANCE
Kant profundizó esta distinción desde la perspectiva del conocimiento humano. La esencia de las cosas, decía, radica en el conocimiento. Pues este procede de la capacidad de discernir los conceptos. El juicio es trascendental porque es verdadero. Y es la verdad que se representa en el concepto porque ha arribado a un saber lógico y demostrativo, siendo consistente el fundamento de su afirmación, de su proposición.
Necesitamos, por lo tanto, ir más allá de las meras intuiciones. Sobre todo cuando nos proponemos metas trascendentes, superiores a la realidad que estamos viviendo ahora. Pues sin conocimiento firme y sólido, en el sentido del espesor de su verdad, lo que buscamos con la intención de lo perdurable fracasará. Y rotundamente. Por algo la ciencia avanza sobre las rígidas bases del conocimiento. Metódico y verificativo.
El mundo asiste hoy al centelleo de lo efímero. Vive en la instantaneidad. Distrae con los hechos irrelevantes y agónicos la reflexión sobre los aspectos sustanciales y de larga duración de la vida y de la sociedad. Esta distracción, que por instrumentación especulativa, ventajista y política se hace sistemática, confunde. Y la confusión es tanta que ya se asume lo efímero como lo duradero.
Pero esta confusión es por ausencia de conocimiento. Este no mezcla el palabrerío con la discreción de los conceptos, afirmaba sabiamente Hegel. Menos aún con la apariencia, esa habilidad de hacerse pasar por lo que no se Es. Se aparenta saber con una profesión o con un cargo. Y se logra engañar. Pero este engaño no dura. En la acción, en el trabajo y en el discurso se comprueban, tarde o temprano, la carencia de conocimiento, la precariedad intelectual y la supina ignorancia.
Esta es la causa por la que el desprecio del conocimiento conduce inexorablemente al atraso.
EL PORVENIR AHORA SE CONSTRUYE
En efecto, se cae en la impostura de creer que los fenómenos que en apariencia brillan y atraen, como la fortuna, el poder o la ambición, puedan durar. E implicar una superación humana. Error, grave equívoco, puesto que lo que ha de superarse necesita forzosamente de la solidez de lo perdurable. Y lo perdurable tiene que ver con el entendimiento que discierne y proyecta. Discierne porque sabe. Y el saber distingue lo que es consistente de lo fugaz, de la vulnerabilidad mortal de toda falacia, incluso del intento de hacerse pasar por lo que se carece bajo el disfraz del supuesto talento, mérito o capacidad. Y entonces no se proyecta confianza, la moneda del crédito personal, el valor de uso en que se ampara en la incorruptible personalidad humana.
La confianza es precisamente el resultado de una actividad selecta de la inteligencia. Se confía en las personas que han probado ser eficientes, honradas y fieles a los valores, convicciones y saberes acuñados. Y se confía asimismo en los principios que en las comparaciones con la experiencia muestran su certitud, su veracidad. Es por ello que para proyectarse a lo durable es importante aferrarse a las ideas claras y a las convicciones profundas.
Por consiguiente, la opción por lo durable supone certeza, sentarse no en la duda sino en la seguridad de lo que ha de perdurar, mantenerse en el futuro. Y solo perdura lo que con afán, voluntad y evidencia se persigue en la vida. Aquello que queriendo convierte el deseo en acto, infatigablemente.
He aquí la razón por la que el porvenir se construye. Se construye mediante el conocimiento en el que se apoya la praxis social, y la personal. La contingencia es una categoría medieval de la filosofía, cuando la destinación de la vida se hizo depender de una voluntad ultramundana. Pero hoy se sabe que el sentido de la vida no depende de lo azaroso, sino de esa construcción consciente, perseverante, del porvenir. Instruida en esa filosofía, nuestra tarea en el presente no se ha de ocupar de revivir el pasado. Se preocupará de fracturarlo, de dejarlo atrás para edificar, con las transformaciones estructurales, un futuro en el cual todos nos encontremos en una sociedad justa, libre e igualitaria.