25 ene. 2026

Paraguay, de la descripción de la isla a su necesaria transformación

Cristian Andino
Filósofo, docente e investigador

Hay una forma repetitiva, casi ritual y profundamente colonialista de hablar del Paraguay y, por extensión de casi toda América Latina. Una forma que se presenta como explicación experta, pero que, en realidad, funciona como una pedagogía colonial tardía: La del que viene a ilustrarnos sobre nuestra propia desgracia. Es el tono del que llega desde afuera y en un inglés académico, intenta traducirnos nuestra propia experiencia histórica, como si necesitáramos a alguien que nos diga lo que ya sabemos, lo que vivimos y lo que sufrimos cotidianamente.

Ese discurso describe con detalle esta isla rodeada de tierra, enumera sus males, pero jamás piensa su transformación. En esa escritura hay siempre una voz implícita que alecciona; la del experto que nos recuerda, con pragmatismo anglosajón, que el coloradismo no se agota en un nombre propio, que las seccionales coloradas siguen ahí, que la caída de Stroessner no significó el fin del sistema. Como si esa obviedad histórica fuera una revelación, como si el problema del Paraguay fuera la falta de instrucción y no, precisamente, el peso de una estructura que conocemos en carne propia.

Andrew Nickson escribe desde ese lugar cómodo. Su artículo Paraguay: Una golondrina no hace primavera, publicado en este mismo medio el sábado 27 de diciembre, es correcto en la descripción, prolijo en el inventario de males, pero profundamente conservador en sus implicancias políticas. Y no lo es porque el autor defienda explícitamente al sistema, sino porque lo naturaliza. Su forma de escribir –más que su contenido– reproduce una mirada colonial: Explica sin arriesgar, diagnostica sin comprometerse y describe sin transformar. En ese sentido, Nickson no se equivoca en lo que dice; lo hace en lo que no se permite pensar.

El coloradismo como sistema inmutable enraizado en el “alma paraguaya”

Nickson insiste –una vez más– en que el Partido Colorado no se reduce a Cartes, que es una maquinaria histórica y territorial. Nadie en Paraguay ignora eso. Lo sabemos desde antes de saber leer, pero convertir esa constatación en un argumento contra toda posibilidad de transformación es una operación ideológica. El hecho de que el coloradismo haya sobrevivido a la caída de Stroessner no lo convierte en invencible; lo convierte en responsable. Confundir persistencia con destino es el primer gesto de fatalismo político.

Pero el autor no se queda ahí y nos recuerda “las profundas raíces con que el Partido Colorado sigue penetrando la sociedad paraguaya desde antaño”. Aquí su análisis roza el esencialismo. Cuando se habla del “alma paraguaya” se desliza, sin decirlo, la idea de que el autoritarismo es casi una condición antropológica. Pero, como nos recordaba, una y otra vez Bartomeu Meliá, las identidades siempre están en tránsito y las culturas son campos de disputa. El coloradismo no expresa de ninguna manera una esencia nacional; al contrario, expresa una hegemonía construida a fuerza de miedo, dependencia y exclusión. Allí donde esa hegemonía se resquebraja –en territorios donde la obediencia ya no garantiza supervivencia– es cuando aparece la fisura. Y esa grieta en el corazón del sistema no es culturalmente extranjera: Es profundamente paraguaya.

Las seccionales como prueba de realismo político

Se nos recuerda, con condescendencia académica, que las seccionales siguen siendo nodos de poder real, mientras la oposición se mueve en el plano simbólico. De nuevo: Descripción sin dialéctica. Las seccionales existen, sí, pero ya no producen el mismo tipo de lealtad, ni operan con la misma eficacia en todos los territorios. Pensar que el mapa político paraguayo es homogéneo es desconocer –o querer desconocer– las fisuras que ya están abiertas.

Por otro lado, llamar “asistencia social” a lo que en realidad es administración política de la necesidad es una perversión semántica. No se trata de solidaridad, sino de intermediación: El partido como gestor de carencias que él mismo reproduce. Allí donde esa mediación falla, donde la ciudadanía empieza a organizarse por fuera del favor y del padrinazgo, el sistema muestra su fragilidad. La asistencia deja de ser control cuando la urgencia ya no garantiza lealtad.

El control del sistema público y respaldo internacional

Que el Partido Colorado controle amplios sectores del Estado no demuestra fortaleza, sino dependencia. Un sistema que necesita colonizar cada espacio institucional para sostenerse es un sistema que teme el vacío. Y ese control no es uniforme: Hay territorios donde la maquinaria se oxida, donde la lógica vertical ya no ordena el conflicto. Allí aparece la grieta; en los márgenes que dejan de ser márgenes y se convierten en ensayo político.

A su vez, el apoyo internacional no es sinónimo de legitimidad democrática, sino de funcionalidad geopolítica. Los respaldos externos cambian cuando cambian los intereses. Apostar a ellos como garantía de estabilidad es confundir coyuntura con estructura. Ningún aval internacional puede suturar una fractura interna cuando la ciudadanía comienza a disputar sentido, organización y poder real.

La transición inconclusa como condena perpetua

Nickson sugiere que Paraguay vive atrapado en una transición que nunca termina. Pero omite una pregunta fundamental: ¿Inconclusa para quién? Muchas de las reformas del Estado que él mismo impulsó desde la cooperación internacional modernizaron procedimientos, no estructuras; optimizaron la burocracia sin tocar el núcleo del poder. Reformas que no dañan el sistema son, en el fondo, reformas funcionales a su reproducción.

Frente a este realismo resignado, propongo otro punto de partida: Paraguay no es una isla política uniforme, sino un archipiélago de conflictos, resistencias y posibilidades. Ciudad del Este no es una anomalía folclórica ni un margen caótico del Estado; es un laboratorio democrático. Un territorio donde el clientelismo no logra cerrar del todo el horizonte, donde la ciudadanía ensaya formas imperfectas, pero reales de autorganización y disputa del poder.

Aquí es donde la metáfora de la golondrina se vuelve problemática. Nickson la usa para desalentar expectativas. Pero la historia política no avanza por primaveras espontáneas: Avanza por bandadas. Las golondrinas no anuncian la primavera porque sean muchas, sino porque se mueven juntas. Ciudad del Este, y otros espacios similares, no son excepciones irrelevantes, son anticipaciones. El problema del análisis de Nickson –y de tantos análisis bien intencionados– es que se queda en la descripción de la isla sin pensar el puente. Describe el naufragio, pero no quiere imaginar la costa. Tal vez porque imaginarla implicaría aceptar que el sistema que ayudó a administrar también puede caer. Paraguay no necesita más diagnósticos externos que confirmen su supuesta imposibilidad histórica. Necesita pensamiento político situado, memoria crítica y, sobre todo, imaginación democrática. No para negar lo que somos, sino para dejar de creer que eso es todo lo que podemos ser.

Porque, a diferencia de lo que sugiere el fatalismo ilustrado, la primavera no llega sola. Se construye. Y cuando llegue, no será obra de una golondrina, sino de una ciudadanía que dejó de aceptar que la descripción del pantano era el destino final.

La pretransformación como horizonte utópico

Insistir en el fatalismo no es realismo: Es una forma de disciplinamiento simbólico. Machacar a los jóvenes con la idea de que “nada cambia”, de que “el sistema siempre gana”, es quizás el gesto más eficaz de reproducción del poder. Frente a ello, la política necesita recuperar la pretransformación como horizonte; ese momento previo, todavía inestable, cuando lo nuevo no ha triunfado, pero lo viejo ya no logra convencernos. Como nos enseñan tantos maestros latinoamericanos desde hace 200 años, no hay liberación sin ejercicio del pensar situado, sin asumir que la historia no se hereda como destino sino que se disputa como posibilidad. Los jóvenes de la patria no son una promesa futura: Son el lugar donde el sistema ya no encaja del todo. Allí, en esa incomodidad generacional, se juega la democracia que aún no existe. No como primavera espontánea, sino como construcción colectiva que comienza cuando dejamos de explicar por qué no se puede la transformación y nos animamos, por fin, a imaginar cómo puede ser posible.

Más contenido de esta sección
A medio siglo de su fallecimiento, el pensamiento de Hannah Arendt (1906-1975) conserva plena vigencia y se ha consolidado como una referencia imprescindible para comprender las tensiones estructurales que atraviesan la política contemporánea.
El 19 de enero de 1906, la muerte de Bartolomé Mitre desató una tormenta política. ¿Cómo es posible que un mismo acto de respeto oficial sea visto como un gesto civilizado en una década y como una traición a la patria en la siguiente? La historia paraguaya guarda una contradicción fascinante: mientras que en 1888 el fallecimiento de Sarmiento fue honrado sin mayores escándalos por los veteranos de guerra, la muerte de Bartolomé Mitre en 1906 incendió los ánimos nacionales. Este artículo explora la paradoja de los homenajes y cómo la memoria política se transformó en una herramienta de exclusión.
Los grandes artistas no son dioses, sino semidioses. Si los convertimos en dioses, los calumniamos, colocándolos fuera de la humanidad. Y la vida de un artista de genio, por rica y extraordinaria que sea, no podría interesarnos, no resultaría provechosa a la sociedad, si no fuera ante todo la vida de un hombre.

Mariano Antonio Barrenechea - Historia Estética de la Música.