El 19 de enero de 1906, la muerte de Bartolomé Mitre desató una tormenta política. ¿Cómo es posible que un mismo acto de respeto oficial sea visto como un gesto civilizado en una década y como una traición a la patria en la siguiente?
La historia paraguaya guarda una contradicción fascinante: mientras que en 1888 el fallecimiento de Sarmiento fue honrado sin mayores escándalos por los veteranos de guerra, la muerte de Bartolomé Mitre en 1906 incendió los ánimos nacionales. Este artículo explora la paradoja de los homenajes y cómo la memoria política se transformó en una herramienta de exclusión.
La noticia del fallecimiento de Bartolomé Mitre en Buenos Aires provocó una de las tormentas políticas más agrias en el Paraguay de la posguerra. El gobierno liberal de Cecilio Báez, identificado con la facción de los “Cívicos”, emitió un decreto oficial disponiendo que la bandera nacional se mantuviera a media asta durante los días 20, 21 y 22 de ese mes como homenaje a su memoria. Para el oficialismo de la época, este gesto buscaba consolidar la fraternidad con la Argentina y alejarse del “aislamiento bárbaro” del pasado.
Sin embargo, para la creciente corriente nacionalista, este homenaje fue visto como una “segunda crucifixión” de la patria. Liderados por intelectuales como Juan E. O’Leary, los opositores denunciaron que era una humillación rendir honores al considerado “carnicero del pueblo paraguayo” y autor del Tratado Secreto de la Triple Alianza. O’Leary, desde las columnas de la prensa, fustigó al gobierno por enlutarse ante Mitre mientras se ignoraba a figuras patrióticas locales. Este incidente sirvió para cimentar el estigma de “legionarios” sobre los liberales, acusándolos de tener una filiación extranjerizante y de ser serviles a los intereses porteños.
La paradoja histórica, no obstante, reside en que los mismos sectores nacionalistas y republicanos (colorados) que protestaron en 1906, habían establecido un precedente similar décadas atrás.
El 11 de septiembre de 1888, bajo el gobierno colorado del general Patricio Escobar, se rindieron honras fúnebres oficiales a Domingo Faustino Sarmiento, quien falleció en Asunción.
A diferencia de la muerte de Mitre, el fallecimiento de Sarmiento en 1888 no provocó un escándalo mayor en su momento. Esto se debió a que el discurso lopista aún no se había consolidado como hegemónico en la sociedad paraguaya. Durante las exequias de Sarmiento, su féretro fue cubierto simbólicamente con las banderas de Argentina, Paraguay, Chile y Uruguay, en un acto de respeto oficial por parte de los veteranos de la guerra que entonces gobernaban, como el propio Escobar y Bernardino Caballero.
Esta dualidad en la memoria paraguaya demuestra cómo el uso del vocablo “legionario” y la figura de los héroes de la Triple Alianza fueron evolucionando de simples hechos biográficos a potentes dispositivos de poder político. Mientras que en 1888 el respeto a un antiguo enemigo como Sarmiento era tolerable bajo un gobierno de veteranos, para 1906 el nacionalismo militante de la generación de 1900 ya no permitía tales concesiones, utilizando el homenaje a Mitre como la prueba definitiva de la supuesta traición liberal a la nación.
La construcción de este estigma político fue clave en la historia paraguaya, utilizándose para dividir a la sociedad entre “buenos ciudadanos” y “traidores infiltrados” leales a potencias extranjeras. Aunque el discurso nacionalista hegemónico asocia este mote exclusivamente al Partido Liberal, las fuentes demuestran que el Partido Colorado (ANR) fue en realidad fundado por destacados ex legionarios, como José Segundo Decoud, quien fue el principal ideólogo de dicha agrupación.
Finalmente, esta cultura política autoritaria y el uso del vocablo “legionario” como herramienta de exclusión fueron institucionalizados durante las dictaduras de Higinio Morínigo y Alfredo Stroessner. Durante el stronismo, el régimen se autoproclamó como la “Segunda Reconstrucción”, vinculando su legitimidad directamente con la figura de los López y Caballero, mientras tildaba de legionarios a cualquier opositor o movimiento guerrillero.
Esta lógica discursiva de “buenos y malos paraguayos” ha persistido en la sociedad, resurgiendo incluso en crisis políticas contemporáneas como la destitución de Fernando Lugo en 2012, donde el mote volvió a utilizarse contra quienes solicitaban sanciones internacionales para el país.