Sirve de algo votar? ¿Se puede cambiar algo con el voto? ¿Mejora nuestra calidad de vida? ¿Garantiza la democracia? Estas preguntas se formulan a menudo no con el fin de discutir las fallas que tiene el modelo de gobernanza de nuestras democracias imperfectas, sino con la clara intención de despojar por completo al voto del poder que el modelo republicano le confiere. Definitivamente, un sufragio no es una garantía de cambio, pero sigue siendo la mejor herramienta con la que puede contar una sociedad para buscarlo.
Esto cobra más fuerza cuando se trata de comicios vinculados con la administración más cercana al ciudadano, las elecciones municipales.
Hagamos algunas reflexiones al respecto.
Está claro que la democracia representativa tiene serias limitaciones, especialmente en países con altos niveles de pobreza.
En el Paraguay, la mayoría de quienes alcanzan a ocupar cargos electivos no actúan como representantes de quienes les votaron, sino como soldados del partido cuya estructura prebendaria les permitió financiar su elección. Independientemente de quienes les dieron sus votos, terminan respondiendo a los intereses de quienes controlan coyunturalmente el aparato partidario y de los socios comerciales de estos.
La conscripción política se convierte así en la creación de una cartera de clientes (electores) alimentados con la promesa de cargos estatales, el acceso exclusivo a servicios públicos que deberían estar disponibles para todos y el sueño de integrar en algún momento la nómina de operadores políticos convertidos en nuevos ricos.
En un modelo como el nuestro es casi imposible que alguien que no forme parte de la estructura prebendaria del eterno partido de Gobierno o del principal –aunque menguado– partido de la oposición consiga ganar un cargo electivo. Y para integrar la nómina de esos partidos se necesita haber construido un ejército de potenciales votantes y garantizado un fuerte respaldo económico, lo que incluye a contratistas del Estado, beneficiarios de algún privilegio legislativo, lavadores de dinero y miembros del crimen organizado.
¿De qué sirve entonces votar? De mucho. Aunque las limitaciones del modelo representativo son reales y muy difíciles de superar hay hechos concretos que demuestran que el voto sigue teniendo poder. En las últimas elecciones presidenciales, más de 600 mil personas votaron por un candidato que carecía por completo de una estructura partidaria, Payo Cubas. De hecho, pese a todo el poderío económico y a la brutal maquinaria partidaria de los republicanos, los votos no colorados representaron el 58 por ciento del total de sufragantes.
Más allá de las opiniones que podamos tener sobre las propuestas de Cubas, es evidente que sintonizó con un enorme sector del electorado que intentó con su voto llevarlo al poder. De hecho, si no hubiera presentado una lista de impresentables –salvo honrosas excepciones– Cubas habría tenido el control del Senado mediante alianzas con las demás fuerzas no oficialistas.
Otro ejemplo notable es el de Ciudad del Este. Destituido y acusado de corrupción ante la Justicia, Miguel Prieto, el ahora ex intendente de la capital del Alto Paraná, la segunda ciudad más poblada del Paraguay, propinó a los colorados una paliza electoral consiguiendo que su candidato se impusiera por más del 73 por ciento. Prieto creó un partido nuevo. Sus resultados no pueden ser consecuencia ni del aparato ni de la prebenda. Sencillamente, los esteños consideran que su gestión les generó buenos resultados, o que los administradores anteriores (todos colorados) les provocaron un daño imperdonable.
Tal fue el impacto de Prieto que se convirtió en el enemigo número uno del oficialismo. El suyo es uno de los pocos casos en los que el sistema judicial se agiliza. El juicio oral que debía enfrentar en abril del año próximo se adelantó para este mes.
Hoy la principal preocupación republicana es mantener o aumentar el número de municipios bajo su control. Un resultado adverso supondría que el elector está votando sin considerar la filiación partidaria, que el voto está escapando a la lógica de la prebenda o del control partidario… Y eso les aterra. Y con razón porque, aunque es imperfecto, incompleto y corruptible, el voto sigue siendo la herramienta más poderosa que el modelo ha puesto en nuestras manos. Usémosla.