16 ago 2026

El legado de Peña

Santiago Peña cumplió ayer tres años en la Presidencia de la República. Con una imagen sostenida a fuerza de márketing y frases grandilocuentes que repite como mantra, aún le quedan dos años para seguir construyendo ese “maravilloso país gigante”. Casi en tono de despedida, ya habla de legados y sostiene que su principal herencia no se mide por obras sino por el cambio de mentalidad. La “idea” de un país optimista.

Peña no miente. Ese país que pinta existe, solo que es un territorio reducido donde conviven los privilegiados del sistema. En la cúspide de la pirámide está la imperecedera élite económica que provee poco al Estado y la succiona mucho, que se acomoda al poder de turno y cohabita en perfecta armonía con los “indeseables” políticos. Y la burocracia, ese ogro filantrópico insaciable cuya sostenibilidad asfixia a quienes viven fuera de ese pequeño mapa. Todos unidos por el hilo rojo de la corrupción, la clientela y la prebenda. Un club de los guapitos, ya sean de Columbia o la seccional de la Chacarita en una fiesta interminable.

Con Peña, ó, mejor dicho, el cartismo como fuerza motora, el país ha retrocedido peligrosamente hacia el vaciamiento institucional. Un país con leyes, pero sin reglas, que más temprano que tarde afectará también a quienes hoy se creen intocables.

El legado de su gobierno será, lamentablemente, el debilitamiento de la democracia

MATICES. El Partido Colorado, en sus siete décadas en el poder, tiene una base incólume cimentada en la corrupción, el prebendarismo y el clientelismo. Con Stroessner la tríada fue: Gobierno, ANR y FFAA. En la era democrática, las FFAA fueron reemplazadas por las contratistas del Estado. Cada presidente tiene su impronta, aunque sin salirse de ese marco general del loteamiento del país para los mismos grupos de siempre, que cambian de nombres sin modificar el sistema.

Desde la caída de la dictadura, este es el gobierno más parecido a Stroessner por su hegemonía y rasgos autoritarios. Peña representa la visión política de un grupo que ha retornado al poder con el claro fin de reducir los derechos, especialmente de sectores vulnerables, y controlar los tres poderes del Estado. Dominar para negociar, proveer, repartir o castigar. Además de los vicios ancestrales que definen al Estado, este grupo que hoy controla el poder, denominado el “ala técnica”, ha tejido una ingeniería financiera de guantes blancos para apoderarse de los fondos públicos. El IPS ya fue co-optado. En los planes sigue la energía eléctrica y la explotación de los recursos naturales. Hay que estar alertas.

La arquitectura institucional que se armó con la nueva Constitución de 1992 no llegó a consolidarse y con los años se fue vaciando de contenido. Responsabilidad de la que no escapa la oposición, especialmente el PLRA.

Desde el 2023, el cartismo aplicó una política de avasallamiento gracias a la mayoría absoluta en ambas cámaras del Congreso, de la que participan como cómplices sectores del PLRA, ex payismo y otros, en un trueque inmoral de votos por prebendas.

Se suma el copamiento del Consejo de la Magistratura y el Jurado de Magistrados, y con ello el dominio del Poder Judicial. La Corte Suprema, excepto algunas individualidades, ha capitulado y dejó de ser una esperanza para un país agobiado por los abusos de poder.

La hegemonía es la ausencia de los contrapesos tan necesarios para controlar o limitar al poder. Hoy, gracias a ese vacío, no hay manera de frenar las extralimitaciones. Solo hay espasmos cuando la pelea por el zoquete se da en el mismo chiquero.

LA CONEXIÓN

No es fácil hablar de la institucionalidad y su importancia para un país y la dignificación de sus ciudadanos. Es una palabra abstracta que ni siquiera tiene sinónimos directos de modo que uno pueda ver el objeto para entenderlo. Hay que hacer un esfuerzo tremendo para conectar su valor con la vida misma, con la cotidianeidad.

La falta de institucionalidad es la muerte en los hospitales por falta de recursos porque los responsables que debían velar por la compra en tiempo y forma, evitando las licitaciones amañadas, controlando la buena marcha y el robo descarado, decidieron enriquecerse. Lo hace desde el director de abastecimiento hasta la desconocida del albergue.

La falta de institucionalidad es la frustración de ese estudiante que quemó pestañas para lograr un título, pero perdió el concurso público ante el nepobaby, porque el ministro ha cedido ante la perversidad política.

La falta de institucionalidad es la derrota en un juzgado porque el oponente tiene poder o dinero porque los fiscales y jueces decidieron rematar la independencia judicial.

La falta de institucionalidad es la humillación diaria en los colectivos que se roban horas y días de la vida de los trabajadores porque el Estado ha capitulado ante los transportistas. La lista sigue.

¿Cómo explicar que estas desgracias nada tienen que ver con la fatalidad del destino sino con una claque que gobierna hace décadas destruyendo las instituciones para apoderarse de la riqueza, teatralizando un Estado hecho a su medida?

Esa es la oportunidad histórica que perdió Peña. No haber hecho el esfuerzo de convencer a su padrino político, Horacio Cartes, de hacer política usando su enorme poder para transformar vidas, y no solamente enriquecer a los compinches de siempre.

El IPS ya fue co-optado. Sigue la energía eléctrica y la explotación de los recursos naturales. Hay que estar alertas.

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