En Paraguay los derechos de la niñez existen, pero como cuando intentás usar el wifi del vecino: Se ven en la pantalla, tenés la ilusión de que están ahí, pero apenas intentás usarlos te das cuenta de que la clave la cambiaron y nadie te avisó.
Hay un marco legal, por supuesto. Lindas leyes: Convención Internacional firmada, Código de la Niñez y la Adolescencia. El papel paraguayo, en materia de infancia, es de primer mundo. El problema es que a los chicos no se los cría con papel, se los cría con plata, con tiempo y con Estado presente… Tres cosas que por acá andamos esperando que por fin estén mejor. La escena es un clásico de nuestras calles: Un nene de diez años vendiendo caramelos en el semáforo, justo a la sombra de un feroz cartel de “cuidemos la vida”. Nos fascina el futuro de los niños en abstracto, pero nos incomoda bastante más el presente de ese niño en particular, trabajando para garantizar sus derechos básicos. Como ciudadanos, hacemos lo que está a nuestro alcance: Compramos un paquete y aportamos lo que podemos en el instante. El problema es la ausencia de respuestas de fondo por parte del Estado, que suele quedarse en iniciativas asistenciales de corto plazo y actos para la foto, delegando, como siempre, en la solidaridad de la gente lo que debería ser una política.
Según la Encuesta Permanente de Hogares (EPH - INE), cerca del 34% a 38% de los niños, niñas y adolescentes en Paraguay viven en situación de pobreza monetaria, superando ampliamente el promedio nacional de pobreza. En zonas rurales, el impacto es significativamente mayor.
Esto mismo lleva a que la vulneración llegue a otras escalas: El trabajo infantil en condiciones de explotación, el criadazgo. El abuso puertas adentro, que la familia prefiere tapar antes que el “qué van a decir” salga a la calle. Los que repiten grado porque la escuela rural tiene un profesor para cuarenta alumnos y ninguna psicopedagoga. Según datos del Ministerio de Educación (MEC), solo 3 a 4 de cada 10 niños que ingresan al sistema escolar logran terminar la educación media.
A la niñez la usamos de excusa para todo –”hay que pensar en los niños” dice el político cuando le conviene, “por el futuro de nuestros hijos” dice el spot de campaña–, pero apenas hay que poner presupuesto real, esos mismos niños desaparecen de la conversación con la velocidad de un aumento salarial prometido.
Los usamos de bandera, no de prioridad. Según el Observatorio de Inversión Pública en Niñez y Adolescencia (Coordinadora por los Derechos de la Infancia y la Adolescencia - CDIA / Unicef), Paraguay invierte históricamente menos del 4% del PIB en niñez y adolescencia, ubicándose entre las inversiones sociales más bajas de la región sudamericana. Es más fácil abrazar a un chico para la foto que garantizar un pediatra en el puesto de salud de su compañía.
Lo peor es que esto no es nuevo ni es sorpresa: Lo sabemos, lo denunciamos, lo volvemos a saber al año siguiente con el informe anual. La niñez paraguaya necesita que dejemos de tratar como tema de agenda solo para las fechas conmemorativas y empecemos a tratarla como lo que es: Gente con derechos. Gente chiquita, sin voto, sin lobby, así que si no la defendemos nosotros, no la defiende nadie.
Porque un país que solo se acuerda de sus niños en la propaganda, tarde o temprano tiene que hacerse cargo de sus adultos rotos. Y esos, para colmo, sí que votan.