05 abr. 2026

El estado del Estado

¿Para qué sirve el gobierno? Muchas mañanas, leyendo el diario, nos hacemos la misma pregunta. ¿Para qué sirve? ¿Para qué están los gobernantes? ¿Qué función tienen? ¿Por qué les rendimos honores? No es una pregunta de intelectuales, el ciudadano de a pie, el taxista, la señora que barre la vereda, se preguntan lo mismo a diario. En años electorales, la retórica de los políticos y los eslóganes de campaña tratan de capturar este dilema. Pido disculpas por la falta de espacio para intercambiar los términos de Estado y Gobierno solo al efecto de la brevedad.

Está claro que en Occidente estamos lejos de los Estados teocráticos, designados por Dios en autoridades religiosas, y también lejos del rey Luis XIV de Francia, el famoso “L’État, c’est moi” –el Estado soy yo– del absolutismo. Creo que hemos superado esta etapa, ¿verdad? Hoy nos reconocemos republicanos y democráticos, y de algún modo somos “del pueblo, por el pueblo, y para el pueblo” tal como lo enunció Abraham Lincoln en 1863. Al menos la retórica de los gobernantes indicaría esto.

Para analizar el estado del Estado moderno con mayor sutileza, me sirve como guía la icónica presidencia de Franklin D. Roosevelt, en particular un discurso temprano que pronunció ante el Commonwealth Club (1932), mucho antes de la Segunda Guerra Mundial, donde presentó un argumento filosófico sobre el papel del gobierno en la vida de los ciudadanos, específicamente en su relación con el poder económico.

Su cuestionamiento sigue vigente hasta hoy: ¿existen los individuos para servir a los sistemas políticos y económicos, o existen esos sistemas para servir a los individuos? Para el entonces joven Roosevelt, la respuesta era clara: el sistema está para servir a las personas, a cada individuo y al pueblo de su país, incluidos los más pobres y los más vulnerables.

Su profundo planteamiento partía de dos tradiciones centrales del pensamiento político estadounidense: la visión de Alexander Hamilton, que defendía una autoridad central fuerte a la cual los ciudadanos debían lealtad, para asegurar su prosperidad colectiva, y la de Thomas Jefferson, quien sostenía que el gobierno existe para salvaguardar la libertad individual.

Viene a la memoria, querido lector, la frase extrema atribuida a Jefferson (que en verdad es de Henry David Thoreau) “government is best which governs least”, el mejor gobierno es el que menos gobierna, y aun mejor en extremo “el [mejor] gobierno, [es el] que no gobierne nada”. Es sin duda una posición muy vigente y, en caso de dudas, puedes leer los discursos del presidente Milei, de variedad Austriaca, al sur de nuestro hermoso río fronterizo.

Roosevelt sí compartía con Jefferson el rol del Estado como protector por la libertad personal (seguridad, justicia), pero amplió esta idea al sostener que la seguridad económica es una condición esencial de la libertad, y que requiere un activo rol del Estado, en la tradición de Hamilton, y que llevó luego a la práctica con el New Deal, en particular en materia de seguridad social y políticas de empleo que aún Ronald Reagan no intentó cambiar cincuenta años después.

Casi 100 años después de este discurso, en nuestro querido Paraguay del Investment Grade, pequeña República muy abierta al mundo, el rol del Estado cobra especial relevancia. A medida que nos integramos a mercados más amplios y brutalmente eficientes mediante acuerdos comerciales como el Mercosur y el que se acaba de firmar con la Unión Europea, también aumenta nuestra exposición a lo bueno y lo malo de un mundo en guerra.

¿Qué rol tomará el Estado paraguayo promediando el siglo XXI? ¿Cuáles son las condiciones para que el sector privado pueda invertir, innovar, asumir riesgos y competir, al mismo tiempo que garantiza estabilidad macroeconómica, seguridad jurídica y económica al ciudadano? ¿Qué desequilibrios hay que corregir, en especial cuando el crecimiento demográfico no se distribuye de manera equilibrada? La riqueza de un país no se determina por lo bien que viven sus ciudadanos más prósperos, sino por la manera en que viven sus ciudadanos más pobres.

Ojalá que mis breves reflexiones te hagan pensar, y si quieres, continuaremos en el próximo capítulo.

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