14 sept 2026

El cine como desgaste: Sirat y su promesa de salvación

La indiferencia de la cartelera asuncena ante el estreno de Sirat contrasta con su doble nominación al Óscar: Mejor Película Internacional y su irrupción en el corazón de la industria en la categoría de Mejor Sonido. Este vacío local es la excusa para analizar la obra de Oliver Laxe: un viaje sensorial entre el misticismo y el trance electrónico.

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Foto: Gentileza.

SIRAT se afirma por la forma en que expone al espectador a una experiencia límite. Lo que en su primer tramo se presenta bajo la apariencia de una road movie tradicional pronto deviene en un régimen perceptivo exigente, en el que su director Oliver Laxe dispone del cuerpo, el sonido y la duración como fuerzas activas. Bajo esta premisa, la puesta en escena transmuta el territorio en un espacio hostil, sostenido por una presión constante: cuerpos vulnerables, un paisaje que agota y un tiempo que se dilata sin ofrecer respiro. El relato avanza sin prometer revelaciones, convirtiendo el desgaste emocional en método. Personajes y público comparten una desorientación nacida de la progresiva pérdida de referencias, esta sincronía afectiva resulta fundamental para desentrañar la propuesta del director. Al promediar el metraje la película experimenta una fractura de su lógica interna y abandona la seguridad del relato para instalar una paridad en la desolación: el espectador, despojado de su ilusión de control, comienza a habitar la misma incertidumbre existencial que los personajes.

El viaje de un padre y su hijo, por el desierto, en busca de la hija y hermana perdida, funciona como una estructura mínima, casi residual. No orienta el sentido, apenas mantiene en pie la progresión de las imágenes. En lugar de conducirnos hacia un destino narrativo, Oliver Laxe dilata la exposición a un estado. El desplazamiento importa menos que la permanencia, y el cine se vuelve un dispositivo de resistencia física y mental donde la atención se somete a una prueba constante.

Esta prueba encuentra su rigor en el propio título: Sirat, el puente que en la tradición islámica atraviesa el abismo conectando el infierno con el cielo. La película se sitúa exactamente sobre ese filo: un espacio liminal donde la salvación y la caída son indistinguibles.

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Foto: Gentileza.

En este umbral, el cuerpo de Sergi López (su protagonista) se vuelve fundamental. Su interpretación se aleja de cualquier histrionismo para asentarse en una materialidad pura. López ofrece un cuerpo que se va vaciando de voluntad para llenarse de territorio; su presencia física es el ancla que permite al espectador palpar la erosión del trayecto. Es un cuerpo que no busca empatía, sino que ofrece resistencia, convirtiéndose en el mapa de un agotamiento que es, a la vez, físico y existencial. Laxe utiliza la robustez de López para luego desgastarla frente a la cámara, logrando que el actor deje de ser un personaje para transformarse en un volumen sometido a la intemperie.

El espacio adquiere una materialidad opresiva y el tiempo actúa como una fuerza que presiona. Cada plano desgasta, anulando cualquier expectativa de control o dominio del relato. La comprensión de Sirat llega por la fractura de patrones narrativos y se construye por un misterio acumulativo, una estructura que desplaza la racionalidad hacia un estado de desconcierto corporal donde cada nueva capa de imagen añade, paradójicamente, más extrañamiento.

La dimensión espiritual se inscribe en esa experiencia prolongada. Surge del contacto sostenido con el vacío, del silencio interrumpido por el pulso de una modernidad extraña y de una amenaza que nunca se disipa. El sentido no aparece como revelación, sino como algo que se atraviesa y se soporta. La película plantea una ética de la persistencia más que una promesa de trascendencia.

La música electrónica articula esta experiencia con precisión. Su pulso establece un ritmo físico - latidos del corazón- que se incrusta en el cuerpo del espectador, acompasando la tensión del desplazamiento y cerrando el espacio sensorial. El sonido densifica la experiencia y refuerza el encierro perceptivo, impidiendo cualquier distanciamiento cómodo.

La geometría del desierto deja de ser un paisaje para convertirse en un limbo visual, un espacio infinito donde el horizonte se diluye.

Con el avance del metraje, el viaje se endurece y la prueba se vuelve explícita. La violencia emerge integrada a un mundo sin mediaciones, confirmando un orden donde el daño no organiza el clímax, sino que consolida una lógica ya en funcionamiento. Sirat propone una renuncia consciente al control interpretativo. La película no resuelve el conflicto , deja que el espectador conviva con la duda. Lo que permanece no es una respuesta, sino la huella de haber habitado, junto a López, la exigencia del camino.

Fotógrafo y Crítico de Cine - @cinemas.lab
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