Opinión

Detener esta pandemia de pesimismo

Alberto Acosta Garbarino Por Alberto Acosta Garbarino

La semana pasada un diario económico me hizo un reportaje sobre las perspectivas para este año y para el próximo, y en él dije que este sería un mal año: Con crecimiento negativo de la economía y con una inflación llegando a los puntos más altos de las últimas décadas.

Pero a continuación dije que las expectativas para el año que viene son mucho mejores, esperando un importante rebote del PIB y una gradual reducción de la inflación.

Me impresionaron los numerosos comentarios positivos que he recibido, todos por el hecho de mostrar un futuro mejor y mayor optimismo.

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Esto me hizo reflexionar que desde la llegada del Covid-19 en el 2020, no solamente fuimos afectados por el virus sino también por la avalancha de noticias catastróficas.

Es cierto que el Covid-19 ha generado millones de muertos y que la invasión de Rusia a Ucrania es una tragedia de impredecibles consecuencias; es cierto que ambos acontecimientos han generado en el mundo, un desplome en la economía y un terremoto en lo social, con el cierre de miles de empresas y el desempleo de millones de personas.

Pero también es cierto que la mayoría de las personas, de las empresas y de los países tuvieron la fortaleza para aguantar dichos impactos y la inteligencia para reinventarse y volver a crecer.

Una de las cualidades más elogiadas en este momento es la resiliencia. Una palabra que viene del latín “resilio” que fue usado inicialmente en la física para describir aquellos cuerpos que tienen la capacidad de deformarse ante una presión y luego volver a su estado original… como la goma elástica.

Posteriormente el término es adoptado por la sicología, para referirse a aquellas personas que tienen la capacidad de reponerse de situaciones adversas. Una de las principales cualidades de estas personas es el optimismo y su capacidad de ver los problemas como oportunidades para aprender, adaptarse y cambiar.

El tenista Roger Federer en una entrevista dijo: “Las victorias me dan confianza, pero de las derrotas aprendo”. Claramente él es una persona resiliente.

Esta larga introducción me permite llegar a nuestro Paraguay donde hoy estamos viviendo varias duras crisis al mismo tiempo. En lo económico con la caída del PIB y la suba de la inflación; en lo social con el aumento del desempleo y de la pobreza; en lo político con un electoralismo que nos agobia y en la seguridad con el crecimiento exponencial del narcotráfico y ese fatídico golpe que nos asestó con el asesinato del fiscal Marcelo Pecci.

Todos esos graves problemas existen, pero debemos saber ver también los muchos factores que nos llevan a ser optimistas. En lo económico, el año que viene –si tenemos una lluvia normal– la producción agrícola volverá a sus volúmenes promedio y con precios extraordinariamente altos. Si eso ocurre en el 2023 tendremos una abundancia de dólares, un importante crecimiento de la economía y trabajo e ingresos para nuestra gente.

En lo político gran parte del electoralismo terminará en el primer cuatrimestre del próximo año y si bien habrá un periodo de transición, volveremos a hablar de los problemas que le afecta las personas en su vida cotidiana: El trabajo, la seguridad, la salud y la educación.

América Latina y el Paraguay tienen muchos problemas, pero no tenemos guerras entre países, no tenemos arsenales de armas nucleares y no tenemos el terrorismo internacional. SÍ tenemos abundante sol, agua y tierra fértil que son fundamentales para producir energía y alimentos, que el mundo va a demandar cada vez más.

Este artículo es un llamado a nuestros líderes y a los medios de comunicación, a moderar el discurso que señala solo lo negativo.

Reconocemos que hay problemas que tenemos que enfrentar y resolver, pero no dejemos de generar optimismo que es el combustible indispensable para que podamos crear y podamos crecer.

Tenemos que detener esta pandemia de pesimismo.

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