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Desatinos amarillistas del poder

 Al ser expulsado el jueves del Senado, Dionisio Amarilla obsequió al PLRA el indigno primer trofeo de la vergüenza por pérdida de investidura de un legislador, y se sumó a la deshonrosa galería de expulsados junto a Óscar González Daher, Jorge Oviedo Matto y Víctor Bogado. En Diputados, no por ausencia de corruptos, sino por el fuerte corporativismo, mantiene la exclusividad José María Ibáñez.

El ex diputado entró al Senado por su propia lista. Entonces enarbolaba la misma bandera de Efraín Alegre, cuya candidatura presidencial apoyó en las internas, pero en el fragor de la vida legislativa vio que sus intereses se acoplaban mejor con los de Blas Llano y se sumó a su bloque, fortaleciendo la capacidad negociadora del inescrupuloso líder liberal.

El caso Amarilla desnudó el modus operandi de los manejos de las licitaciones en un rubro de los miles que hay en el IPS: la seguridad. Reveló un esquema que se replica en todas las instituciones, que crea nuevos millonarios y alimenta la perversa política para mantener los mismos grupos de poder hace décadas. Un tema que quedará en la impunidad si termina con la expulsión del senador.

Y aquí es donde juega un rol fundamental el presidente Mario Abdo Benítez, que nuevamente dio pasos en falso por la indefinición en un tema central de su discurso político. Él mismo se encargó de derruir su capital, cuyo cimiento es el respeto a la institucionalidad y la lucha contra la corrupción.

JUICIO EXPRÉS. El proceso de la pérdida de investidura por tráfico de influencia de Amarilla duró una semana, tras la revelación del escándalo de soborno a un periodista. No fue fácil. Tenía abogados poderosos. Llano fue clave para el cartismo en el periodo pasado y es clave para el actual Gobierno. Las negociaciones coloradas se dieron al más alto nivel. Hugo Velázquez operó a su favor y realizó los contactos con Horacio Cartes. Desde Rusia, adonde viajó para participar de un foro económico, anunció al entorno del exitoso pacto con HC para el salvataje. Por ello salieron públicamente Juan Carlos Galaverna y Silvio Ovelar a poner pie en el freno y a fundamentar para diluir el juicio político. “Quisiera que el mejor abogado, el más sagaz en la materia, me diga dónde se configuró el tráfico indebido de influencia; si me dicen que sí hubo me ofrezco a fusilar a Amarilla en el pleno del Senado”, dijo Galaverna tras un largo periodo de silencio, al que volvió apenas vislumbró que las cartas estaban echadas.

El presidente, mal asesorado por su entorno, contribuyó con la tesis distractora alegando el derecho a la defensa, quemándose las manos por un senador que representa lo peor de la política.

Amarilla alardeaba con sus colegas sobre el apoyo de Honor Colorado y del abdismo. No se sabe la razón por la que Cartes cambió de opinión abruptamente. El lunes, el senador Sergio Godoy anunciaba que Honor Colorado acompañaba la pérdida de investidura. “Coincidimos que son hechos muy graves y merecen ser juzgados inmediatamente”. En la sesión del jueves fue contundente a la hora de frenar el intento abdo-llanista de posponer la sesión para ganar tiempo y votos.

desatino presidencial. Una vez más Marito perdía una partida política. Por la torpe o mala negociación de sus propios compañeros, que le siguen engañando sobre las buenas intenciones de Cartes, su imagen quedó desdibujada, con una bancada errática que votó como quiso. Un abdista de peso evaluó la posición presidencial y, a su criterio, Marito debió defender a Amarilla no solamente por su acuerdo con el llanismo, sino porque era su operador y defensor en la Comisión de Presupuesto. “No se jugó por él, y ahora no tiene vocero, no tiene a nadie”, dijo muy crítico, saliendo al paso de quienes dicen que el presidente no tuvo postura. “¡Claro que tuvo!”, dijo ofuscado y señaló que al no bajar línea, dejó morir al llanista. “¿Quién va a defender su reforma tributaria?”, agregó dejando en el aire dudas sobre la fidelidad de Añetete en un tema crucial.

Cartes, tal vez sin proponérselo, hizo una jugada de ajedrez. Le sacó a Marito un articulador en el Senado, mientras que a Llano golpeó doblemente: por un lado, pierde un voto, porque asume un efrainista (Eusebio Ramón Ayala), y lo dejó sin potencial candidato al Directorio liberal.

El presidente, entrampado en la lógica de la real politik, contribuyó a vaciar de contenido su discurso de “caiga quien caiga”, una línea de su Gobierno que se convirtió no solo en un símbolo por la inédita cantidad de políticos presos y caídos en desgracia, y que a estas alturas era un importante oxígeno para sostener su prematura desgastada gestión.

Es hora de que se sacuda y empiece a separar la paja del trigo en su Gobierno. Salir de la alucinógena pereza del poder. De lo contrario, caerá en el típico error de sus antecesores: ser el peor enemigo de sí mismo.

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