18 abr. 2024

Lápices, borradores y punto de inflexión

Se reactiva un nuevo ciclo escolar, con los mismos arquetipos negativos anuales, toda vez que observamos los datos de aulas en mal estado, infraestructura en general muy deteriorada, falta de inversión edilicia, poca actualización e instrucción del plantel docente, y marco referencial de tire y afloje en torno a la merienda escolar, banalizados en discusiones político-partidarias, especialmente en el Parlamento.

Las cuestiones de Estado -que deberían estar enfocadas, en este caso, a la franja de población representada por niños, niñas y adolescentes en edad escolar-, se desdibujan en el griterío incivil y peligroso desde todos los ángulos y en el gran arco político. Dirigentes que dicen alzar la voz en defensa del pueblo terminan escupiendo rabia e incoherencias, en un falso debate de nunca acabar, mientras la operativa en el sistema escolar ya comienza a rodar con las limitaciones anuales recurrentes. Las falencias están a la orden del día.

Lo coyuntural desintegra lo estructural y las urgencias se suman, mientras se suceden las hipótesis en torno a cómo utilizar los recursos, con iniciativas del Ejecutivo que derivan en reculadas y complicaciones, frente a la mirada de 1,5 millones de paraguayos que merecen el respeto y la atención de todos, ya que se trata del presente y futuro que sostendrá el país, mediante la aplicación de los conocimientos y las herramientas que puedan tener para resolver diferentes problemáticas que se presentarán en la vida.

Pero el subdesarrollo es más fuerte y de nuevo se asiste al triste espectáculo de la entrega de kits escolares insuficientes, de mala calidad y con excusas baratas de parte del ministerio del ramo; en tanto que continúa un festival de derrame de recursos públicos en áreas innecesarias y con una camada de sanguijuelas prescindibles en el aparato estatal, pero que están fuertemente atornilladas para continuar el desangre, a pesar de incontables pruebas y denuncias para que abandonen el rampante nepotismo.

La calidad de la educación nacional está patentizada cada vez que los exámenes internacionales PISA lanzan su dato atroz, mediante el cual la radiografía repetida orienta a pensar que esos futuros adultos -hoy insertos en escuelas y colegios del país- ni siquiera contarán con la infraestructura cognitiva ni las herramientas básicas necesarias, que podrían servirles para desenvolverse en el devenir y en un ámbito laboral cada vez más competitivo.

Huelga decir que el embargo está inserto ya sobre los tiempos que vendrán, que las generaciones con chance de enfrentar ese futuro de corto y mediano plazo continuarán con las mismas falencias a la hora de resolver problemas; que la inadecuada alimentación carcomerá las neuronas de niñas y niños con pocas potencialidades para el aprendizaje; que el desgano y la decepción de las y los adolescentes tendrán su válvula de escape mediante todo tipo de violencia, retroalimentada en todo lo que observan; que el desempleo seguirá fomentando la marginalidad y que a la gente común le espera un único destino: no estará mejor, contrariamente a la insulsa promesa electoral.

El contexto general da pautas para pensar que los consensos son cada vez más difíciles, en el ambiente de crispación general y el “todos contra todos”.

Al no existir líderes que orienten hacia los ejes primordiales para salir de la pobreza, alcanzar cierto grado de desarrollo humano y mejorar las condiciones de vida, y que establezcan el indefectible imperativo de un sacrificio general, y no solo de la ciudadanía de a pie, todo queda de nuevo en agua de borrajas, desdibujado en la nada misma.

La sociedad que no apuesta por una educación de calidad está condenada al atraso y a repetir errores. El círculo de la pobreza es material, pero sobre todo intelectual, y el letargo corroe hábilmente las posibilidades de cambio. Uno se pregunta, así, cuándo podrá presentarse algún punto de inflexión que nos brinde un panorama más alentador.

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