Andrés Ginés
Médico
El tren pasó una vez por la infancia de Delfor Boggino y dejó una marca para toda la vida: los dedos anular y medio de la mano derecha quedaron atrapados entre el hierro y el destino.
Los accidentes de la infancia suelen quedar sepultados bajo los años, pero a veces se convierten en una señal que acompaña toda la vida. Aquella ausencia física, lejos de convertirse en una tragedia permanente, terminó siendo una silenciosa lección de carácter.
Con el tiempo, aquel niño se convirtió en patólogo y profesor de la Facultad de Ciencias Médicas. Era de estatura mediana y cabello rubio, rasgos que en Paraguay suelen despertar el comentario inevitable de “gringo”. Pero lo que más lo definía no era su aspecto, sino su manera de estar entre los demás.
Su trato era afable, su conversación vivaz. Siempre dispuesto a explicar, aclarar dudas o iniciar alguna charla inesperada. Tenía la precisión de un médico cuando hablaba de ciencia, pero también una curiosidad abierta, casi infantil, ante las preguntas.
Los alumnos lo observábamos con una mezcla de respeto y curiosidad. No solo por sus conocimientos, sino también por la secuela visible de aquel infortunio.
Gran fumador –como lo eran tantos en esa época– sostenía el cigarrillo de una manera particular. La ausencia de aquellos dedos hacía que el gesto fuera distinto, llamativo, casi desafiante para la lógica de la anatomía humana.
Un día, finalmente, alguien se animó a preguntar.
–Profesor… ¿y la mano?
Boggino lo miró con calma, como si hubiera estado esperando esa pregunta desde hacía mucho tiempo.
–Perdí esos dedos por un tren cuando era niño –respondió–. Pero lo importante no es lo que nos falta, sino cómo usamos lo que nos queda.
En ese momento nadie tomó apuntes. No era una explicación de histología ni de patología celular. Allí, entre microscopios, láminas teñidas y frascos de formol, la lección iba mucho más allá de la Anatomía Patológica.
Con el tiempo supimos que aquel profesor tenía otra faceta inesperada: era el autor de la guarania Yo no sé por qué, que formaba parte de nuestras serenatas.
Quizá por eso enseñaba con una sensibilidad distinta. Como si, además de observar tejidos al microscopio, supiera también escuchar las pequeñas melodías escondidas en la vida.
Un día, inevitablemente, alguien lanzó la pregunta que todos queríamos hacer.
–¿Y la guarania, profesor?
Boggino sonrió melancólicamente y, con su voz gangosa de fumador, comenzó a contar que, a fines de la década de 1950, las clases fueron suspendidas por una de las tantas huelgas. Ante la perspectiva de perder el año académico, decidió viajar a la Argentina para continuar sus estudios en Buenos Aires.
Trompetista y amante de la música, el destino quiso que se cruzara con Ben Molar, gran impulsor y mecenas de muchos músicos paraguayos en la Argentina, a quien le tarareó la melodía que comenzaba a tomar forma y pugnaba por brotar en el alma del estudiante de medicina.
Molar lo escuchó en silencio y le dijo:
–Te doy tres días para que me la traigas completa, con letra y música, para grabarla.
Boggino recordaba esa escena riendo con nostalgia. Contaba que se recluyó y, al tercer día, honrando su compromiso, regresó con la obra terminada. Así nació una de las más bellas guaranias.
Escuchar ese relato directamente de su protagonista era un privilegio inesperado para un grupo de estudiantes. Pero el verdadero legado de aquel profesor no estaba solo en la medicina ni en la música.
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Aprender de la ausencia.
Enseñar con lo que nos queda.
Con el paso de los años, olvidé muchos detalles de aquellas clases: los nombres de algunos tejidos, las clasificaciones, ciertos diagnósticos difíciles.
Pero nunca olvidé aquella frase.
Ni aquella mano que enseñaba.