06 abr. 2026

Educación, desarrollo y movilidad social

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ILUSTRACIÓN: OBRA DE CARLOS COLOMBINO, CONCILIÁBULO III

Ahora más que nunca es preciso hablar de educación. Aquí y ahora. Y no solo sobre el derecho de los docentes a la seguridad social. Su movilización en defensa de ese derecho es relevante después de un tiempo. Si bien importa que logre las causales de esa lucha, no será suficiente. Es la hora de poner a la educación como prioridad. Para valorarla. Y convertirla en motor del cambio social. Hacia el desarrollo, en democracia y para el fin de la pobreza y de las desigualdades.

Los avances históricos nunca se regalaron. Siempre se conquistaron mediante movilizaciones que rompieron las brutalidades del sistema. Enquistado en el poder, este convierte a la política en fuerza represiva. Y hoy, en la posmodernidad, también en maquinaria mediática del capital simbólico para la alienación social. La cultura, la educación y el entretenimiento son el “habitus” en el que se reproduce el sistema. El de concentración de unos pocos. Y de precariedad, explotación y enajenación de la inmensa mayoría.

Así es como en décadas el modelo de nuestra educación no ha respondido a las exigencias del desarrollo. Ya antes de la transición democrática se congeló en el método de la repetición. Y del anacronismo. Más grave aún, en el trabajo humano proletarizado. El educador gana solo para sobrevivir. No para seguir adquiriendo conocimiento. Igual o peor en la educación superior, donde solo es “además” profesor. Pues para vivir, debe dedicarse al empleo externo de alguna profesión.

EDUCACIÓN PARA SABER Y PENSAR

La educación, la auténtica, enseña a aprender. Aprender habilidades. Para hacer cosas, obras, construcciones, innovaciones. Y también métodos, guías y caminos de la acción. Ello, porque el aprender es un proceso. Este que empuja y lleva a la investigación. Hurgar cómo se hace, saber qué se hace y para qué se hace. Cosas, transformación de las materias, de la propia naturaleza. Pero, investigación, ¡oh deseo de saber! Sí, saber qué somos, cómo y para qué hacer. Qué esperamos y… Qué queremos.

La educación enseña, entonces, a investigar, preguntar, dudar. A problematizar. Trabajo tesonero y metódico del saber. Ontológico y epistemológico. Este, el segundo, conduce a la teoría del conocimiento científico. ¿Por dónde? Por la ardua pendiente del pensar, genealogía del saber. Y, a la vez, de la crítica, falsación asimismo del saber consagrado. Es decir, de la teoría contrastada que, con la razón dialéctica, deviene en otra teoría. Nueva, superadora. Es el mundo de la filosofía, de la ciencia, de la técnica.

En certeras palabras, el mundo de la educación… Morada, taller, laboratorio, biblioteca, del ser humano. De su existencia, amor a la verdad. De vigor de la solidaridad frente al egoísmo individualista. Y, aun tiempo, historia y pavimento de la civilización.

Cuando la teoría crítica puso fin al positivismo se dejó de insistir en el progreso, por derivar dogmáticamente del orden establecido. Las ciencias sociales empezaron a universalizar el término de desarrollo. Para significar así las etapas evolutivas de las sociedades. Y no solo en sus fases cognitiva, social y sostenible, sino ahora holísticamente en su estadio humano. El que incluye, de manera especial, los derechos humanos.

EL ESTADO SOCIAL DE DERECHO

Una disrupción fue determinante para este avance: La superación del Estado de derecho por el Estado social de derecho. La tradición jurídica no bastaba. En los hechos, redujo la democracia a la libertad de mercado. Y de ese modo fortaleció el sistema de la concentración de la riqueza, en desmedro de la redistribución de los ingresos socialmente generados. De ahí, se enunciaron que la democracia debe ser participativa, y que la vía para el desarrollo es la justicia social. Dos condicionantes para el Estado de bienestar, el que gestiona y promueve a algunos países situarse exponencialmente en el estatus de desarrollo humano.

¿Cuál ha sido la estrategia? Apostar por la educación. También por la salud, pero prioritariamente por la educación. Por la educación pública, universal, gratuita y de calidad. Con igualdad de oportunidades e igualdad de condiciones. Para tales propósitos la inversión fue decisiva. Invierten más del 10% anual del PIB, y sostenidamente. No es casual, por lo tanto, que los profesores tengan un salario ético, con igual o más alto que los parlamentarios. Y dispongan de una seguridad social a escala de la dignidad humana.

La estructura escolar es magnífica y en permanente actualización en su equipamiento tecnocientífico. Pero acaso lo más urgente para emular sea la universalización de la educación superior. No es utopía. Se puede. El modelo reincorpora sistémicamente a quienes desertaron, de la escolar o la media, en las carreras de sus elecciones. Y sin selección de méritos y aptitudes. Nada de filtros excluyentes. La educación inclusiva y autorrealizante tiene este emblema, “que nadie quede atrás”.

Así la justicia social se convierte en un medio fáctico y efectivo de movilidad social. La educación fomenta una nivelidad geométrica en poco tiempo y dando la emergencia a una ciudadanía con ilustración cívica, capacidad creativa y pensamiento crítico. En definitiva, la educación permanente y elevada a la categoría superior, con excelencia, es la fábrica de la movilidad social. Y el rostro visible del desarrollo humano. La razón se materializa en la historia.

Bien, es el paradigma al que los regímenes ultraderechistas y neofascistas tienen miedo. Organizados hoy en redes internacionales, su principal objetivo es retrotraer a la humanidad al oscurantismo. Y ya enfilan, alinean, a los gobiernos de los países anclados al margen del desarrollo a detener cualquier avance en educación. La infrapolítica es no permitir una ciudadanía capaz de pensar. La mediocridad debe reproducir la ignorancia. Pero la historia enseña, sin cesar, que el saber y el pensar abren las fronteras. Allá y aquí.

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ILUSTRACIÓN: OBRA DE CARLOS COLOMBINO, CONCILIÁBULO III

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