09 jun. 2026

Contra la condena a Sócrates

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La muerte de Sócrates. Óleo de Jacques-Louis David de 1787.

Foto: Wikipedia

Sergio Cáceres Mercado

La filosofía desde sus primeros tímidos pasos en la antigua Grecia ya se granjeó detractores. ¿De dónde proviene esta animadversión? La mayoría apunta a lo molestoso que es por andar cuestionando todo; es decir, es su criticidad intrínseca lo que hace que se levanten algunos contra ella. El ejemplo es Sócrates, quien se imaginaba a sí mismo como un tábano que picaba a todos por igual y no permitía el reposo de ninguna conciencia. La pena capital a la que fue condenado es atribuida, entre otros factores, a su particular gusto por poner el dedo en la llaga y andar preguntando sobre asuntos e ideas.

Cuando se elimina o se reduce a su mínima expresión a la filosofía en las mallas curriculares del sistema educativo, lo primero que se sospecha es que lo que realmente se quiere eliminar es el pensamiento crítico. La filósofa Martha Nussbaum va más allá y apunta que es preocupante como las capacidades educativas apuntan más bien hacia la riqueza personal y no tanto hacia el desarrollo argumentativo. Ella aboga por una recuperación del espíritu socrático como educador y advierte que la democracia solo puede sobrevivir con personas que piensan y saben lo que quieren; es decir, ciudadanos críticos y autocríticos (tautológicamente hablando). Quizá no sean muchos, pero son poderosos; los que abogan por la eliminación del pensamiento filosófico siempre están al acecho y no descansan.

Pero ¿acaso disminuye el accionar de la filosofía en el mundo? Todo lo contrario. Quizá haya perdido protagonismo en los colegios, pero es fuerte en muchos otros ámbitos. La universidad todavía la atesora (en Paraguay hay dos públicas y dos privadas que la mantienen, contra viento y marea, dentro de sus ofertas académicas) y los libros que enfocan los asuntos más diversos desde la filosofía se cuentan por doquier. Los nuevos medios digitales y redes sociales tienen a muchos filósofos divulgando teorías, corrientes, escuelas y analizando todos los asuntos que uno pueda imaginar.

El filósofo Josef Bochenski vería con agrado esta vivacidad de la filosofía. Los positivistas lógicos como Bertrand Russell habían vaticinado una disminución de la filosofía y, por ende, de filósofos porque la ciencia cada vez más iría explicando todo y nada quedaría para la indagación filosófica. Pero Bochenski decía que lo que se constataba era un crecimiento progresivo y que cada vez más aparecían ramas filosóficas que antes eran impensables.

A este crecimiento quiere colaborar esta columna quincenal que hoy aparece en estas páginas del querido Correo Semanal. Entenderemos la filosofía como el tábano de Sócrates, pero a pesar de Platón no pretenderemos instalar ideas inmutables. Nos gusta el Platón que escribe inquisitivamente, pero no aquel que pretende ser dueño de la verdad y construye a un Sócrates que siempre tiene la última palabra; nos gusta el Platón de la dialéctica, pero no aquel que es antidemocrático. Estamos con el Aristóteles que demuestra la perennidad de la filosofía, pero no aquel que justifica el que unos hombres son superiores a otros por naturaleza.

En ese sentido, admiramos más bien las dudas de Agustín de Hipona y de Descartes, pero no iremos a peregrinar en agradecimiento a una verdad que nos ha sido revelada. No creeremos en algo porque sea absurdo, como pretendía Tertuliano, sino más buscaremos asentar nuestra postura con lógica como nos enseñó Parménides. Queremos que la filosofía transforme el mundo como azuzaba Marx, pero vamos a colaborar con ese cambio interpretándolo con más rigor. Estamos, en definitiva, con Gadamer que entendía la hermenéutica filosófica como esa actitud de escucha y predisposición a aceptar “que el otro puede tener razón”.

Y lo más importante, no veremos a la filosofía académica y tradicional como la única voz autorizada para hablar del mundo y los asuntos humanos; vendrán en su ayuda mucha literatura (paraguaya especialmente) y mucho cine, ideas provenientes de las ciencias sociales y de los escritores más diversos. Los libros serán nuestros mejores amigos y la lectura el ejercicio espiritual. Veremos a la filosofía como un producto cultural; es decir, como algo humano y no como algo divino ni madre de todas las ciencias, por lo que está sujeto a errores y también puede ser manipulado. De ahí que nos interesan también otras poéticas, otros quehaceres que colaboran con la filosofía o dicen el mundo con otros códigos y lo ven con otros ojos.

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