Correo Semanal

¿Cómo era la vida de Roa Bastos en el exilio?

En Buenos Aires se publicaba, en 1974, la obra paraguaya más traducida. ¿Cómo era la vida cotidiana del escritor en esos años? Es lo que nos comenta su compañera de entonces, en nota exclusiva para el Correo Semanal.


Antonio  V. Pecci

antoniopecci50@gmail.com

 

Un encuentro en Buenos Aires permite que podamos compartir una jornada  con Amelia Nassi Hanois. Ella vino desde Rosario, donde vive y trabaja,  a la capital porteña para realizar unos trámites y, a la vez, reunirnos y evocar la época que viviera con Augusto Roa Bastos desde mediados de la década de 1960, hasta 1976.

"Cuando nos conocimos, Augusto estaba dedicado con exclusividad a los guiones cinematográficos que sustentaban el día a día. De pronto apareció Contravida y me planteó mudarnos a Mar del Plata para aislarse de todo y dedicarse solamente a la novela. El porqué  abandonó Contravida quedará en el misterio", dice abriendo la charla.

 Recuerda que la figura del Dr. Francia lo rondaba ya desde Hijo de hombre y que hacia 1968, de vuelta a Buenos Aires, él queda inmerso en el mundo del Dr. Francia.

Tomamos un taxi desde su hotel  para llegar hasta la estación de subte Ángel Gallardo, de la línea B, sobre la avenida Corrientes al 5000, en  el barrio de Almagro, cerca del parque Centenario y de la Chacarita. Allí, en el departamento de la calle Panamá 929, 9º piso, entre Corrientes y Sarmiento, escribiría a lo largo de 6 años una novela que el mexicano Carlos Fuentes calificó como obra maestra, "una summa que absorbe toda la obra anterior de su autor".

A Amelia no le es fácil la visita, muchos recuerdos se agolpan, veo en  su rostro cierta ansiedad cuando llegamos al edificio de unos diez pisos. "Es el mismo, está intacto", dice. Logramos penetrar brevemente al palier, gracias a que un vecino entra en ese momento, y eso le permite caminar en el zaguán  interior. El vecino no sabe que se trata del edificio donde se escribió esa obra tan famosa, y tampoco es cuestión de estar explicándoselo. Amelia se emociona. "Vuelvo después de 38 años", me dice mientras salimos de nuevo a la calle. Se apoya en la pared y mira a su alrededor. Es una calle de barrio, tranquila, bordeada de árboles, de poco tráfico, con vecinos que van a la despensa, algún perro  y chicos jugando.

Caminamos lentamente por la vereda hasta llegar a la esquina de Corrientes y Panamá, donde hay un café.  Nos sentamos, mientras tomamos algo evoca ese tiempo difícil pero memorable. Los primeros años de la escritura, 1968-69,  fueron económicamente complicados, ya que Roa tenía que hacer varias actividades (guiones, colaboraciones, etc.)  para ayudar en la economía casera, mientras Amelia daba algunas clases y dirigía la colección infantil de  De la Florcita,  de Ediciones De la Flor. Justamente el cuento El pollito de fuego, el primer libro infantil de Roa Bastos,  también cumple 40 años de su edición.

"Luego nos ayudó mucho la beca Guggenheim y Augusto pudo desarrollar su labor sin apremios económicos y enfrascarse completamente en la escritura de la obra", a partir de 1971. Un proceso que se torna febril, sobre todo en los últimos dos años, dice, 1972-73, en que trabaja continuado, sin parar. Es el final de una dictadura militar con el general Alejandro Lanusse y el retorno de Perón al país y al poder.

"La insistencia de los amigos hizo que culminara en 1973 las últimas correcciones y lo entregara a la editorial Siglo XXI", dice. Después vendrían las correcciones pruebas de la obra en imprenta, hasta su publicación en 1974 y el gran impacto que causó la misma.

 

Vida metódica

Durante gran parte de esos seis años de escritura Roa llevó un ritmo de vida muy ordenado, excepto al final, en que se vio desbordado por la novela, con momentos de pesadilla.

"Se despertaba temprano, como a las 6.00, tomaba su primer desayuno, té con galletitas, y se ponía a escribir hasta las 8.00 aproximadamente. Yo me levantaba y desayunábamos juntos. Era como un descanso para él.  Luego  seguía escribiendo hasta la hora del almuerzo, las 12.00 o las 13.00. Y después hacía una siesta. Al levantarse tomaba un té (le encantaba el Té Lipton que sus amigos le traían de Asunción), comenzaba a corregir lo que había escrito en el día y me pedía que se lo pasara a máquina, ya en limpio. Así, de lunes a viernes. Los sábados iba a visitar a Augustito, el hijo que había tenido con Lita Duarte, y los domingos iba a almorzar con Mirta, Carlos y su madre, Lidia".

Inquirimos también a quién le leía la obra en desarrollo. "Su primer oidor era Carlos Abente, a cuya casa íbamos a almorzar y leer los capítulos y escuchar los comentarios del dueño de casa. Así también Édgar Valdes, (Bartomeu) Meliá cuando pasaba por la ciudad porteña y Tomás Eloy Martínez, su gran amigo y colega. Y mantenía correspondencia con el francés Jean Andreu, con quien se carteaba en esos años; es quien aparece en la obra como el personaje Charles Andreu Legard".

Entre semana la pareja asistía a alguna presentación de libro donde se encontraban con amigos editores y escritores argentinos, como Daniel Divinsky, de ediciones De la Flor; Héctor Schmucler, director de la revista Los Libros (donde Roa era colaborador), Tomás Eloy y muchos otros.

–¿Alguien le dice "hay que terminar la novela"?

–Claro, le dijeron "dejate de jorobar".

–¿Los de la editorial?

–Claro. Héctor Schmucler y todos ellos dijeron: "Augusto, basta. Esto ya está".  Y sí, sobre el final le decían: "Terminala, Augusto". Porque además no sé si la habían leído entera o solo partes, pero querían editarla de una buena vez y se daban cuenta de que este hombre estaba tan enganchado que no la podía soltar. Más que nada, era eso. Entonces dijo "basta" y sacó de la obra un final que se lo dio a Meliá, el final que no fue, y la entregó a Siglo XXI.

"Roa estaba agotado física y síquicamente; en realidad, los dos lo estábamos", me señala. Pero eso no era lo esencial en esos tiempos. Lo terrible era no saber cuándo un grupo militar o parapolicial iba a tocar el timbre de tu casa.  La  intervención de Jean Andreu hizo que  la universidad de Poitier le ofreciera a Augusto un puesto de profesor en 1974.  El adelanto que le había dado la editorial Siglo XXI  nos permitió sacar el pasaje en barco, lo que nos permitiría enviar baúles con libros y descansar durante la travesía. A pocos días de la partida  le dio un infarto. Era increíble, hacía unos días que se había hecho un chequeo médico justamente por el viaje y el especialista le dijo que estaba en buenas condiciones. Llamé a un médico que vivía en el mismo edificio y ordenó su inmediata internación, pero Augusto se opuso, gritaba que no quería ir a un sanatorio. Así que tuve que dejar todo y ser su enfermera durante casi 40 días, hasta que vino Mirta (su hija) a reemplazarme. Y pude salir a caminar,  a respirar, disfrutar del aire libre, hasta que él logró  restablecerse. Perdimos el dinero del pasaje... todo". 

"¿Quedaron esas copias a máquina de la obra?", le pregunto. Me dice que no, que con la llegada del gobierno militar del Gral. Jorge Videla, en 1976, se pusieron a quemar muchos materiales, entre ellos los originales del texto. Poco meses después, la Universidad de Toulouse, nuevamente por intervención de Jean Andreu, lo designa  profesor invitado y hacia allá van ambos, rumbo al exilio.

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