Corría el año 2022 y los efectos psicológicos devastadores que había dejado la pandemia también latían en mí: Esa sensación de incertidumbre esencial que había pasado de ser física a metafísica. Por supuesto, para intentar conjurarla estaban los aliados de siempre: Los amigos, el arte y el amor. Pero aquel año hubo un álbum que se había convertido en fundamental, más que cualquier otra música, libro o película que me habían acompañado en aquel tiempo: Clube da Esquina, de Milton Nascimento y Lô Borges. Aunque ya lo había escuchado en los años de la universidad, cincuenta años después de su publicación (y bajo el influjo epocal del cuerpo y la mente enfermos) las melodías y las palabras de este disco brotaron absolutamente diferentes en mí, se volvieron un poco una tabla de salvación con efectos sanadores.
No acostumbro a identificar el arte como sucedáneo del siquiatra, pero con la música es misteriosamente distinto siempre. Clube da esquina tuvo, en este sentido, una influencia benévola en aquel contexto. Esencialmente creo, por esas armonizaciones entre los Beatles y Tom Jobim y por las letras profundamente poéticas, sugestivas. Pero también por la extraña sensación diaria de paz al ver en la portada a aquellos dos niños, el uno blanco y el otro negro (como Nascimento y como Borges), sentados en la arena a la vera de una calle, como en el típico club de la esquina de las infancias (pobres) del mundo. Porque el álbum es eso (entre otras cosas): Una conexión, por momentos lúdica, por momentos cósmica, con el mundo de la infancia (y de la juventud libre).
En Paisagem da janela el ritmo juguetón de los teclados y las guitarras, los arreglos irónicos y algo circenses, la letra penetrante de Ronaldo Bastos (un colaborador importante del disco) y la voz aleve de Nascimento tienen poderes evocadores, en la composición de Borges.
“El momento más represivo de la dictadura [brasileña], plagado de sombras y amargura, fue también de celebración carnavalizadora, de playa, tanga, marihuana, ácido, discusiones apasionadas sobre ideas libertarias, solidaridad conmovedora, amistad, experiencias comunitarias, anarquía, amor libre y arte. En fin, de libertad vivida allí donde era posible vivirla, sin esperar pacientemente por la liberación plena en un futuro utópico. El término brasileño que quedó asociado al aspecto luminoso de ese momento oscuro fue desbunde”, explicó el escritor y periodista uruguayo Guilherme de Alencar Pinto, en un seminal artículo por el 50º aniversario del álbum.
Borges era menor que Nascimento, a quien este conoció cuando tenía 11 años y quedó obnubilado por su sentido nato de la musicalidad. De hecho, Salomâo (Lô) Borges era el menor de los hermanos que fueron originalmente los amigos y compañeros musicales de Nascimento, venido en los años 60 de Minas Gerais a Río de Janeiro a vivir en la casa de los Borges como un hermano más, junto a otros artistas, el clube da esquina de la calle 136, en el suburbio de Santa Tereza, allí donde en la noche de ayer miles de personas se juntaron para celebrar la memoria de Borges, fallecido a los 73 años. Borges escribió ocho de las veintiuna canciones de las que es uno de los álbumes más influyentes de la música brasileña del siglo XX. Canta en cinco de ellas y en otras tres le pone su voz alada Nascimento. De entre los dos, Borges eran quien había nacido con el rock y el pop: Era el rockero hormonal con sus 19 años. Se hizo beatlemaníaco cuando vio en el cine A Hard Day’s Night. Corre por allí, ahora que nos ha dejado Lô, un video de él y de Nascimento, amigos durante más sesenta años, viendo y escuchando extasiados a Paul McCartney cantar A Hard Day’s Night en el estadio Mineirão de Belo Horizonte, la ciudad natal de ambos y cuna del movimiento Clube da Esquina. “Los sueños no envejecen”, escribió entonces Nascimento al compartir el video. Clube da esquina es un álbum que tampoco envejecerá, como la voz adolescente de Lô Borges, fallecido el 2 de noviembre pasado que tampoco envejeció.