26 ene. 2026

Cervantinas

Caminata e identidad

Lo inolvidable del personaje que se cree de cristal en El Licenciado Vidriera (1613), de Miguel de Cervantes, es que dice sus profundas verdades socarronas muchas veces mientras camina, como en el videoclip de un poeta enojado del rap o del hip hop de los años 90 del siglo pasado, que fue cuando leí por primera vez la historia contenida en alas Novelas ejemplares. Esto de la caminata y la identidad me fascinaron en aquella adolescencia mía, y lo sigue haciendo entre otros aspectos de esta obra profundamente irónica y divertida.

Es cierto que a menudo los personajes de la picaresca española hacen esto, es decir, andar por la vida diciendo verdades, pero nada tan penetrante como la pluma de Cervantes, incluso por sobre la de Quevedo, cuando se trata de hacerlo en nombre de la dialéctica entre la cordura y la locura, entre la realidad y la ficción. El Licenciado Vidriera y El Quijote son obras maestras sobre desubicados y anormales en el sentido de Michel Foucault, o sea, sobre seres “incorregibles” por la sociedad y el Estado. El filósofo francés llamó al caballero andante “peregrino meticuloso”. Son esto mismo Alonso Quijano y Tomás Rodaja, el Quijote y el Licenciado: Seres que andan meticulosamente concentrados en quienes y con qué se cruzan, no tanto ensimismados ni despistados como se podría creer de los melancólicos en los tiempos de Cervantes. A propósito, está probado que el “delirio de cristal” (glass delusion) era un síndrome bastante conocido en el siglo XVI, registrado en la casuística médica.

Cultor decidido del humanismo de Erasmo de Rotterdam, quien fue escritor de un célebre Elogio de la locura; católico moralista, militar y defensor de la guerrerista política exterior española contra los árabes, aunque muy probablemente un crítico velado de la represión contra los protestantes belgas; hombre de comedia en esencia, es decir, tributario de la ironía y la risa, Cervantes es el primero de los escritores en darle un trasfondo de juego de identidades (o de la identidad como juego) a los personajes de la novela; o mejor, en comprender la novela misma como un juego de identidad híbrido por naturaleza, inspirado en las comedias de Terencio y Plauto: Una tradición que comienza en el siglo II a. C. y llega hasta Alfred Hitchcock y una parte del cine y la televisión actuales, bajo formas también dramáticas.

Esclavo: 500 escudos

Cervantes, al ser secuestrado y puesto en venta en Argel tras la histórica y marcante batalla de Lepanto contra los “moros”, valía como esclavo 500 escudos de oro. Es decir, haciendo un cálculo ayudado por la inteligencia artificial, el equivalente a diez veces el salario de un capitán español. Muy posiblemente, traducidos a dólares actuales su precio tenía cinco ceros. En el cuarto intento de fuga suyo, fue delatado ante el rey Hazán por un dominico español, Juan Blanco de Paz, “que recibió como pago un escudo de oro y un tazón de mantequilla”: Quinientas veces menos su precio, más un plus gastronómico que en la Edad Media era considerado alimento de campesinos, pero que hacia el siglo XVI era ya un manjar de la nobleza.

Blanco de Paz también fue quien se encargó de esparcir el rumor de la supuesta homosexualidad de Cervantes, quien en sus cinco intentos de fuga vio cómo varios de sus cómplices también esclavos eran ejecutados de manera terrible, mientras el escritor no recibía más que reprimendas simbólicas o no era tocado, aun cuando en todas estas ocasiones Cervantes abogó por las vidas de ellos echándose toda la culpa. Supuestamente, esta inmunidad aparente de un Cervantes esclavo era fruto de las relaciones con su amo.

Su familia, y los frailes trinitarios que fueron a su rescate (sobre los que hay escrito por ahí un libro, según vi), reunió apenas 500 ducados, que fue lo que finalmente costó su liberación. O sea, más o menos un año y medio de salario de un médico de la época: Unos 3 años del salario de un obrero.

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