05 feb. 2026

El nuevo orden mundial

Conviene decirlo sin rodeos: hablar hoy de un “nuevo orden mundial” es, cuando menos, exagerado. Lo que realmente presenciamos es la súbita fractura del orden internacional basado en reglas y el intento desesperado de los Estados por reacomodarse en un tablero que dejó de ser previsible. Lo novedoso no es el caos –que siempre estuvo latente–, sino el fin del apaciguamiento hacia el principal agente de disrupción: la administración Trump. Ya nadie se esfuerza por calmar a la bestia; ahora se buscan alternativas que permitan sobrevivir a sus arrebatos y ocurrencias. Ese cambio de actitud, más que un nuevo orden, marca el inicio de una etapa distinta.

En Davos, el primer ministro canadiense Mike Carney puso en palabras lo que muchos gobiernos ya intuían: es hora de construir coaliciones que funcionen. Su llamado a las potencias intermedias –incluidas las del Sur Global– a forjar una tercera vía no fue un gesto retórico, sino un reconocimiento de que el orden de posguerra, con toda su promesa de estabilidad, también cargaba con un cinismo estructural. La hegemonía estadounidense garantizaba paz, sí, pero lo hacía con una parcialidad evidente según el país o el tema en discusión. Si algo reclaman hoy los países del sur es precisamente lo contrario: coaliciones menos asimétricas, reglas menos sesgadas, un sistema menos dependiente del humor de una sola potencia.

Carney también tocó un punto que suele incomodar: el realismo crudo que domina la escena internacional no puede prolongarse indefinidamente. La política global no puede sostenerse sobre impulsos anárquicos ni sobre la imprevisibilidad permanente, menos aún en áreas tan sensibles como el comercio, la seguridad o el cambio climático. La unilateralidad de Trump no solo erosiona la confianza; obliga a sus propios aliados a reposicionarse, a buscar nuevas certezas y nuevos socios. Es un movimiento defensivo, casi instintivo, frente a un actor que dejó de ser confiable.

Ese mismo impulso explica la firma del acuerdo UE-Mercosur. Tanto Ursula von der Leyen como Lula lo presentaron como un gesto en defensa del multilateralismo y de las asociaciones estratégicas que no dependan de un único centro de gravedad. Aunque el Parlamento Europeo haya pedido una opinión al Tribunal de Justicia, la Comisión Europea ya dejó claro que el Tratado Interino de Comercio seguirá su curso y entrará en vigor cuando el Mercosur lo ratifique. En otras palabras: Europa también está buscando alternativas. Y no lo está haciendo solo con América del Sur, sino también con Indonesia y con India, entre otros.

Quizás el “nuevo orden mundial” no exista aún, pero sí existe algo más importante: la conciencia de que el viejo orden ya no sirve. Y cuando un sistema deja de ofrecer certezas, los actores empiezan a construir las suyas. Tampoco es cuestión de hacer tabula rasa de todo lo anterior. En algunos casos se trata de transformar lo existente, mantener lo bueno y reforzarlo. Es el caso de la defensa de la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional, como parámetros para juzgar las acciones unilaterales de los países. Así también se trata de fortalecer el Mercosur y la Unión Europea para evitar una fragmentación debilitante frente a las grandes potencias.

Se trata, en fin, de encarar las relaciones internacionales con seriedad, construyendo institucionalidad a la par que se va innovando. Muy lo contrario de esa payasada que es la Junta de la Paz, diseñada para adular a Donald Trump y avanzar en los intereses del capital inmobiliario. Un insulto a la inteligencia que tan hábilmente logró la adhesión del presidente Santiago Peña. Esa Junta no es parte de la solución, sino síntoma del problema.

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