El Mundial ha terminado y el polvo comienza a asentarse. Las polémicas duran unos días; las preguntas, en cambio, suelen permanecer. La confrontación entre Celeste Amarilla y Kylian Mbappé probablemente será olvidada o recordada como una anécdota folclórica del fútbol. Cuando el ruido se disipe, lo que quedará no será el incidente, sino una vieja pregunta de la filosofía política: ¿Para qué existe la libertad de expresión?
Antes de seguir, una aclaración. Hace años, Celeste Amarilla fue alumna mía en la universidad. Lo menciono por honestidad intelectual. No escribo para absolverla ni para condenarla. Mi interés en este episodio no reside en las personas; mi propósito es otro: la idea de libertad que cada uno da por supuesta cuando opina sobre casos como este. Con demasiada frecuencia, esas ideas se pierden en el sarambí mediático, donde el ruido sustituye a la reflexión y la convivencia es la principal perjudicada.
Quizá por eso vuelvo a pensar en Celeste no solo como senadora, sino también como una antigua alumna. Los profesores aprendemos pronto que los alumnos dejan de pertenecernos apenas abandonan el aula. Recuerdo una vieja ocurrencia atribuida al dramaturgo Jacinto Benavente: “Bienaventurados nuestros alumnos, porque de ellos serán nuestros defectos”. Siempre me hizo pensar. No porque un maestro sea responsable de las palabras de sus alumnos, sería absurdo. La recuerdo porque toda enseñanza es, al final, una apuesta por la libertad. Y esa ha sido siempre mi convicción. Quizá esa sea también la mejor manera de entender la libertad de expresión que aquí ha estado en juego. No basta con que cada uno pueda decir lo que quiera. Tampoco es razonable que una autoridad decida qué puede decirse y qué no. La palabra merece protección porque está llamada a servir a la verdad. Pero precisamente porque ninguno de nosotros posee la verdad absoluta, necesitamos la libertad para buscarla juntos. Las palabras pueden herir, humillar o degradar; sería ingenuo negarlo. Desde la tradición cristiana, además, la palabra nunca ha sido moralmente indiferente: puede construir o destruir, acercar a la verdad o ser instrumento de injusticia. De ahí que convenga distinguir dos planos: una cosa es el juicio moral sobre unas palabras, que puede ser severo, y otra muy distinta decidir cuándo corresponde que el Estado las prohíba o las castigue. Confundir ambos planos es empobrecer tanto la libertad como la responsabilidad. Tomás de Aquino, el teólogo medieval, sostenía que la palabra está ordenada a la verdad y al bien. John Stuart Mill, el pensador liberal inglés del siglo XIX, advertía que nadie posee la verdad con suficiente certeza como para silenciar a quien piensa distinto. Entre ambas posturas hay tensión, pero también equilibrio. Para Mill, la libertad protege el derecho a hablar incluso cuando uno se equivoca. Para la tradición de Tomás, arraigada en la política de Aristóteles, en cambio, la libertad está ordenada a un fin: la verdad y el bien. Esta tradición clásica formularía un par de preguntas; no solo ¿tiene usted derecho a decirlo?, sino también ¿debe ser dicho? Es una diferencia sutil, pero crucial.
Es por eso que, en esta polémica, no se enfrentan libertad y censura, sino dos preguntas: la liberal, ¿tiene derecho a decirlo? Y la clásica, ¿es bueno, justo o prudente decirlo? Defender ese derecho es pensar como Mill; sostener que la palabra tiene un fin moral que ciertas expresiones traicionan es acercarse a Tomás de Aquino. Lo curioso es que pocos advierten hoy que ambos bandos hablan, sin saberlo, desde filosofías distintas. La ignorancia filosófica ha alcanzado un nivel casi enciclopédico: se cita de todo, menos los principios que sostienen esas mismas ideas.
Quienes defienden el derecho de Celeste Amarilla hablan como John Stuart Mill, aunque nunca lo hayan leído. Quienes sostienen que ciertas expresiones son incompatibles con la dignidad humana hablan, sin saberlo, en el lenguaje de Tomás de Aquino. Detrás de esta controversia se discute, en realidad, una cuestión filosófica de varios siglos de historia.
Yo me inclino por la síntesis que proponía el filósofo español del siglo XX, don Julián Marías: la libertad nunca es un fin en sí mismo; siempre es “libertad para...”, una facultad orientada a un proyecto de vida y no a un exabrupto pasajero. Esta idea, heredera de Aristóteles y de Tomás de Aquino, sin ser ajena al énfasis de Mill en la libertad individual, ayuda a comprender por qué la polémica alcanzó semejante intensidad. Una frase escrita en Asunción terminó siendo juzgada desde la memoria histórica de Francia. La globalización globalizó –perdóneseme la tautología– también las sensibilidades. Esto conduce a una afirmación que he repetido en más de una ocasión: la filosofía política, por sí sola, no lo explica todo desde el cielo de los principios. Toda palabra se pronuncia y se recibe dentro de un contexto que el hablante no siempre puede prever ni controlar. Por eso hace falta prudencia al hablar y al escribir en público. No porque ciertas palabras estén prohibidas, sino porque la democracia exige algo mucho más difícil: ciudadanos capaces de gobernar su propia palabra y, con ella, sus propios actos.