Caacupé –lo he escrito más de una vez– es la capital de la cultura paraguaya. La fiesta de la Virgen es, en ese sentido, la gran cita del pueblo consigo mismo. No es solo un acto de costumbre heredada, sino –en su significado más propio– un hecho espiritual fundado. Nuestro pueblo nació bajo el signo de María mucho antes de que la Asunción de la Virgen fuera proclamada dogma por Pío XII en 1950.
Cada 8 de diciembre, el pueblo peregrina para pedir ayuda, agradecer, prometer, suplicar su intercesión. María es la medianera, en el sentido más noble de la tradición cristiana. Y en ese gesto de petición se revela que el don de la vida no lo generamos nosotros, sino que lo recibimos.
La piedad –como vislumbrara el Concilio Vaticano II (1965)– no es mero folclore, sino la forma histórica en que se encarna su fe. El mismo Pablo VI en su Evangelii Nuntiandi (1975), y Juan Pablo II, en Puebla (1979), lo reconocerán: La piedad popular un modo privilegiado de vivir la fe.
Sin embargo, esa fe no siempre halla un puente hacia la realidad que quiere abrazar. Se insiste, con aire de suficiencia, en que no es “intelectual,” sino simple credulidad. Y así, sin más, se acusa a la religiosidad popular de exagerar o de adorar a la Virgen. Frente a la hegemonía cultural de un yo desarraigado –donde la persona pretende fabricarse a sí misma– la cultura mariana se vuelve, para muchos, sencillamente intolerable.
A la luz de este trasfondo, me ha sido inevitable volver la mirada a la reciente Mater Populi Fidelis de la Santa Sede, documento que me ha suscitado dos preguntas y reflexiones que exigen ser pensadas con detenimiento.
No es la secularización la que decide la fe
La fe de un pueblo recurre a mediaciones por medio de afectos: Ese es su método, su modo de contactar con lo real.
La Virgen es esa medianera de la gracia de Dios. ¿Acaso hay algo más atento, más solícito, que el amor de una madre? La nota vaticana reconoce esta verdad, aunque la limita, temerosa de que pudiera confundirse con la mediación única de Cristo. Pero ¿Ocurre realmente tal confusión? ¿No son, más bien, las formas históricas de la piedad popular –dotadas, según el mismo Vaticano II, de un “instinto sobrenatural” (Lumen Gentium, 12)– las que mejor resguardan, la centralidad del único mediador?
Ese exceso de prudencia es, quizá, el residuo de lo que en el posconcilio se llamó “teologías de la secularización”, corrientes que miraban con sospecha toda fe que se expresara en gestos, símbolos, procesiones y devociones. No ha sido el Concilio el problema, como algunos sostienen hoy, más bien aquella ola racionalista teológica que exigía “ideas claras y distintas,” más afín a un lenguaje secular, o “científico,” sin carne, sin pueblo, sin historia. Pero la secularizaron no decide la fe.
Que María sea la medianera de todas las gracias no confunde con la de Cristo; simplemente reconoce que su misión –siempre subordinada– en la única mediación del Hijo.
Un ecumenismo auténtico jamás exige esconder la fe
Pero surge, al parecer, otro peligro: El uso del término corredentora. El documento juzga inapropiado el termino, pues –dice– podría oscurecer el papel redentor de Cristo. ¿Podría una presunta ambigüedad afectar esa centralidad? La Virgen no es Diosa. ¿O del ecumenismo? No lo creo.
La palabra corredentora pertenece a una larga tradición de piedad popular y de teología espiritual, sostenida por papas, santos y doctores nada sospechosos de desviación doctrinal: San Alfonso María de Ligorio, el Padre Pío, santa Teresa Benedicta (Edith Stein), P.Garrigou-Lagrange, el cardenal Journet, así como Pío XI, Pío XII y el mismo Juan Pablo II.
Un diálogo ecuménico nace de mostrar lo que uno es, no de ocultarlo. Y en la fe católica, la tradición no es un estorbo, sino un pilar
Pienso siempre en León Bloy (1846-1917), aquel poeta “maldito” que no temía usar frases escandalosas (para la cultura laicista de su tiempo) de la cooperación mariana: María es la “cooperadora del Calvario,” pues, agregaba el autor de la Mujer Pobre, “después de Cristo, nadie ha sufrido tanto como la Virgen”.
La feminidad como camino
Y hay algo más: María es mujer. La pregunta por la corredención no puede separarse de la feminidad que, en su verdad más honda, se define por la acogida.
Hoy, sin embargo, ese lenguaje parece casi sospechoso. Se ha olvidado que la fe no consiste solo en entender, sino en contemplar un misterio. Es que, en el imaginario digital contemporáneo, todo aparece como moldeable, sin raíces ni forma; un universo líquido donde nada permanece y todo se reinventa. María, en cambio, con su humilde fiat, recuerda lo contrario: Que nuestra identidad nace de aceptar la realidad, no de inventarla.
Eso es, finalmente, lo que los peregrinantes buscan cada año en Caacupé: Una mirada que los devuelva a la verdad simple de su corazón creyente. Buscan una presencia; a “María, la mujer nueva”, como nos decía Juan Pablo II aquel 18 de mayo de 1988 en Caacupé, “con su mediación materna, a la que con tanta hondura religiosa se encomiendan todos los paraguayos”.