09 ago 2026

Benjamín Barán Investigador cuenta cómo influyeron en él los juegos de dominó que le enseñó su abuelo

Es ingeniero, consultor, catedrático y mentor. Es presidente del Conacyt, cargo que ejerce ad honorem. Narra cómo se ingeniaban para realizar las primeras investigaciones en computación paralela en un pequeño laboratorio.

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Me llamo Benjamín Barán y nací en Asunción un miércoles 11 de diciembre de 1957. Mis padres son Manfredo Barán y Berta Cegla y gracias a Dios aún tengo a mi madre a mi lado. Mis padres me educaron con profundos valores junto a mis hermanos menores: Pascual y Leticia.

Desde pequeño, tenía claro qué quería ser en la vida. Ya antes de ir a la escuela, jugar con mi abuelo David Cegla juegos que requerían cálculos, como dominó o buraco, y ver a mi tío Carlitos estudiar Ingeniería, despertaron en mí una fascinación por las matemáticas.

Recuerdo a mi abuela Catalina sugerir discretamente a mi abuelo que me deje ganar. Él le respondía que eso no tenía sentido, que yo aprendería. Sin saberlo aún, inicié la escuela primaria sabiendo hacer las sumas necesarias para jugar buraco o sobre las probabilidades necesarias para jugar dominó. Fueron esos juegos con mi abuelo los que forjaron mi vocación matemática.

Me cuentan que al ingresar a la escuela, la psicóloga me preguntó qué quería ser de mayor, contesté que sería ingeniero electrónico, por lo que ella me aclaró que esa carrera no existía en Paraguay. Mi respuesta fue clara: Si no existía aquí, me iría a estudiar a Estados Unidos o donde sea posible. Con tan solo seis años, ya tenía decidido que ningún límite geográfico impediría seguir mi vocación.

Formación. Me gradué como ingeniero electrónico y mi tesis sobre fibras ópticas mereció el premio Andrés Barbero, otorgado por la Sociedad Científica del Paraguay en 1983. La tesis la defendí a fines de febrero y a los pocos días me casé con Rosana, mi compañera de vida. Apenas pasó una semana entre obtener mi título y casarme con Rosana, madre de mis tres maravillosos hijos: Taly, Anahí y Michel. De este primer periodo de formación profesional en Paraguay, recuerdo con gratitud y cariño a quien considero mi madre intelectual, la Prof. María Teresa Caggiano y mi padre intelectual, el Prof. Reinaldo Welti.

Mi formación científica tomó un giro inusual que resultó ser providencial. Tuve la suerte de realizar cursos de posgrado en Japón en 1984, una maestría en Boston – Massachusetts, de 1985 a 1987 y luego un doctorado en la Universidad Federal de Río de Janeiro entre 1989 y 1993. Para algunos, lo lógico hubiera sido cursar la maestría en Brasil y el doctorado en Estados Unidos, pero mi mentor científico, el Prof. Eugenius Kaszkurewicz, del doctorado opinaba lo contrario: Hacer investigación en Brasil me preparó para volver al Paraguay pues me enseñó a trabajar con los recursos limitados de Latinoamérica, donde podía haber impresoras de alta resolución, pero sin dinero para comprar tinta. En cambio, quienes se formaban en laboratorios tecnológicos avanzados enfrentaban frustraciones al regresar a un país con recursos limitados.

Literalmente, empecé con casi nada al regresar a la patria en 1993. Cuando sugerí adquirir una supercomputadora a los decanos de las facultades donde enseñaba, su respuesta fue amable, pero risueña: Lo haríamos cuando se tengan fondos disponibles. Para lograr avanzar en computación paralela sin estos computadores avanzados, utilizamos el pequeño laboratorio con computadoras interconectadas en red, utilizadas para enseñar Windows o Word.

Con los conocimientos adquiridos en Brasil sobre algoritmos paralelos, utilizábamos todas esas computadoras en red como un único computador paralelo. ¡Necesitábamos ingeniarnos!

Con la aprobación de mi jefa en el Centro Nacional de Computación (CNC), la recordada profesora Blanca de Trevisán, nos adueñábamos del laboratorio durante los fines de semana, convirtiéndolo en el taller para los primeros trabajos de investigación que se hacían en el país en el área de la computación paralela.

No estaba solo en esta cruzada. Casi desde el inicio, se unieron estudiantes brillantes y motivados que pasaban inclusive noches enteras colaborando con nuestros experimentos. Mi esposa aún rememora las largas noches cuando me llamaba a cuestionar si sabía qué día o qué hora era, preguntándome si volvería a casa.

Desde fuera, mi esfuerzo podría haber parecido quijotesco: Un soñador empedernido convencido de que la ciencia era el camino para construir un Paraguay mejor. Pero con el tiempo, esa visión dejó de ser una utopía y logramos iniciar los primeros posgrados científicos en computación, primero a nivel de maestría y luego de doctorado.

Los proyectos de investigación se sucedieron incluyendo diversas áreas como Algoritmos Evolutivos y Bioinspirados, Optimización, Aplicaciones industriales y a diversas áreas de la ingeniería.

Hoy, muchos de esos jóvenes que me acompañaron en esos primeros años lideran grupos de investigación en las principales universidades del país, ocupan cargos de relevancia nacional o se encuentran trabajando en Estados Unidos, Europa o Australia.

Cuando estos ex alumnos regresan al país y me visitan con algún recuerdito, siento que mi vida tiene un verdadero sentido y considero su éxito como una riqueza invaluable.

Las mujeres que marcaron su vida. Nada de esto hubiera sido posible sin dos mujeres excepcionales. Mi madre, cerca de cumplir los 89 años y dotada de una inteligencia emocional incomparable, y mi esposa, quien sabiamente me acompañó y en momentos de decisión me ayudó con sus pragmáticos consejos, como cuando me sugirió dar menos horas de clases para dedicar más tiempo a investigar y realizar actividades profesionales.

Fue ella quien me impulsó a elegir la felicidad que nos da seguir el llamado de la vocación por encima de cualquier aparente seguridad material. Recuerdo como hoy cuando me dijo que prefería compartir su vida con alguien feliz, realizado, aunque nos tocara dormir en una plaza, antes que con un hombre acomodado, pero infeliz. Sin ellas, no lo hubiera logrado.

Hoy, un joven paraguayo con vocación por la ciencia dispone de recursos que no teníamos en esos años: Un sistema Nacional de Investigadores (SISNI), becas, financiamiento para publicar y programas diseñados para llevar el conocimiento académico al sector industrial, además de poder financiar diversos proyectos de investigación y apoyo para estancias científicas en el exterior. En mis años de estudiante, la única opción para formarse como científico era dejarlo todo e irse al extranjero, pagar el precio del desarraigo.

Los que más contribuyeron en mi desarrollo como científico son quienes, desde el respeto, me plantean nuevas formas de abordar los problemas, aunque eso significara desafiar mis ideas iniciales.

  • “Esa habilidad de aprender y crecer en el disenso es, en mi opinión, la joya más valiosa que he cosechado en toda una vida dedicada a la ciencia, ya que no es dogmática”.
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