24 abr. 2024

Aprendiendo de los errores argentinos

Durante la primera mitad del siglo XX, la Argentina era sin duda el país de mayor nivel de desarrollo de toda América Latina. A comienzos de la centuria pasada, su producto interno bruto (PIB) era el doble del de Brasil y el nivel de vida de su población era infinitamente superior a la de todos los habitantes de nuestra región.

Todo esto se fue desmoronando a partir de la segunda mitad del siglo pasado, cuando el virus del populismo penetró en el cuerpo social argentino. El ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti decía que “el populismo era el hijo no deseado de la abundancia” y en la Argentina había una gran abundancia, que la llevó a un gran populismo.

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El populismo se manifiesta dando a la población grandes beneficios que son imposibles de ser sostenidos económicamente. A lo largo de todos estos años, la Argentina ha otorgado enormes subvenciones al que no trabaja y ha intentado, en vano, financiar estos gastos exprimiendo económicamente al que trabaja y produce. El resultado de esta política desatinada ha sido el importante y permanente déficit fiscal que ningún gobierno —peronista o antiperonista— ha procurado reducir.

Algunos gobiernos intentaron financiar esos déficits con deudas... hasta llegar al default; otros gobiernos, con emisión del Banco Central hasta llegar a la hiperinflación. El Gobierno actual lo está financiando con una mezcla de deudas en pesos y emisión monetaria, y el resultado está siendo el estancamiento económico, default de la deuda y alta inflación. Todos los males juntos.

Pero a pesar de lo grave de la situación económica, el verdadero problema argentino no es económico, sino político.

A lo largo de las últimas décadas, Argentina ha tenido políticos irresponsables que pensaron solamente en las próximas elecciones y no en aplicar las políticas públicas necesarias para curar la grave enfermedad de su país.

El peronismo siempre tuvo a caudillos, como Perón, Menem o Kirchner, que queriendo eternizarse en el poder —imposible constitucionalmente— terminaron eligiendo como candidatos a sus esposas o a un títere... Perón le puso a Cámpora y a Isabelita; Néstor le puso a Cristina y ella a Alberto Fernández.

El antiperonismo siempre tuvo que unirse en grandes alianzas de diferentes sectores para poder ganar elecciones, pero estas alianzas han sido un desastre en el momento de gobernar. Alfonsín y De la Rúa tuvieron que renunciar antes de finalizar sus mandatos y Macri dejó el poder con un gran desprestigio y con una importante derrota electoral.

Observando la experiencia del país vecino, lo que está ocurriendo en el Paraguay en este año electoral es preocupante, porque parece que las opciones que hoy tenemos tienen características similares a los modelos políticos argentinos.

Mientras el país atraviesa una grave situación económica y social, el gobierno de Abdo Benítez se encuentra concentrado en medidas populistas y, sobre todo, en los temas electorales.

En lo electoral, el Gobierno ha apostado todas sus fichas a la candidatura a la presidencia de Velázquez. Si gana ganará todo, pero si pierde perderá todo. Y si pierde, el país será ingobernable desde diciembre de este año.

La candidatura de Peña parece similar a la actual experiencia argentina de Alberto y Cristina, y si Santi comete el mismo error de Fernández de querer gobernar el país con dos cabezas, los próximos años serán de creciente ingobernabilidad.

La candidatura que salga de la Concertación, así como parece que se está construyendo, puede tener muchas de las características del gobierno de De la Rúa en la Argentina o de Lugo en el Paraguay, que permitió ganar las elecciones, pero que luego fueron un fracaso a la hora de gobernar.

Ojalá que nuestros políticos al actuar y nuestra sociedad al votar, aprendan de la Argentina… aprendan lo que no hay que hacer.

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