21 ago 2026

Agosto poty

En el mes de agosto celebramos el Día del Pohã Ñana, se extiende la vieja costumbre de beber carrulim para espantar los males, festejamos el Día del Folclore, también homenajeamos la lengua guaraní y a sus cultores, y levantamos en alto los sonidos de las melodiosas composiciones de guarania, interpretadas por tantos buenos artistas paraguayos… Es un mes especialmente relacionado con nuestra identidad cultural.

Los que vemos el renacimiento del interés de los jóvenes por canciones como Trece Tuyuti, de Emiliano R. Fernández, la valorización de la gastronomía paraguaya como el típico vori vori, caldo o sopa –como dicen afuera–, que conquista a los expertos del mundo, y las expresiones en guaraní que adoptan los citadinos en ambientes antes impensables, nos asombramos del gran interés que despierta hoy nuestra cultura.

Incluso hay chicos que traducen al guaraní escenas de películas de forma espectacular, y también hay niños influencers que utilizan a la perfección y con gallardía nuestro, antes, tan menospreciado idioma nativo. La creatividad de cada generación añade su condimento especial y su ingenio a lo heredado desde tiempos remotos.

Y si respetamos la esencia de lo recibido, que descubrimos gracias a nuestra inteligencia, que es capaz de encontrar lo verdadero, seleccionar lo bueno y desechar lo chabacano y deformado, es una maravilla que así se dé esta transmisión de los valores, creencias, lenguaje, expresiones artísticas, actitudes ante la vida, etcétera, que conforman toda una riquísima cosmovisión del mundo.

Para el famoso escritor y académico de Oxford y Cambridge, C. S. Lewis, incluso los mitos no eran mentiras inútiles, sino vehículos poderosos de una verdad profunda. Sostenía que, en la vida comunitaria de los pueblos con identidad propia, el mito es un “destello real, aunque difuso, de verdad divina” que toca la imaginación humana.

Siempre que ahondemos más allá de la superficie y siempre que no traicionemos por caminos facilistas o consumistas la tradición que recibimos a manos llenas de nuestros abuelos, este auge de fascinación por la cultura es interesantísimo y está lleno de sentido. Como decía el gran ensayista G.K. Chesterton en su libro Ortodoxia, la tradición es como la “democracia de los muertos”. Para él, significa dar voto a la clase más humilde y olvidada: Nuestros antepasados, negándonos a someternos a la arrogante oligarquía de las masificaciones y modas pasajeras.

Si lo pensamos bien, la tradición rechaza la soberbia de pensar que las ideas actuales son siempre las mejores solo por ser nuevas. Y para ello Chesterton daba la famosa imagen de aquellos imprudentes que quieren quitar una cerca del camino sin antes comprender con claridad la razón exacta por la que fue puesta allí en primer lugar. Para él, la sabiduría acumulada de la humanidad nos protege de caer en la frivolidad de las modas que deshumanizan y quiebran las comunidades. Y tiene razón, lo vemos en las sociedades modernas que han renunciado a sus raíces culturales y ahora vagan sin rumbo en el invierno de la soledad y la violencia.

La tradición tiene la virtud de equilibrar lo racional con el misterio de la vida. Como el poeta que tiene un faro de luz en la oscuridad, y a diferencia del loco racionalista, no se mueve en un diminuto círculo “lógico” tratando de explicarlo todo mediante una sola causa, perdiendo así su sentido común. Es más sana la persona que acepta que el mundo es misterioso y contradictorio y que no todo se puede descifrar. En este sentido la tradición cultural nos permite mantenernos en equilibrio, aunque tengamos un pie en el aire de la fantasía, respetando la libertad humana y la voluntad.

Más que nunca necesitamos desmalezar, limpiar y custodiar el ykua de agua pura de nuestra cultura hispano-guaraní. De ella podemos beber con calma y revitalizar nuestra convivencia cotidiana, superando los sesgos del paradigma materialista y de las colonizaciones ideológicas que secan los pozos existenciales de nuestra época y nos hacen caminar sedientos.

En un mundo que se empobrece en lo humano y tiembla no solo en sus estructuras tectónicas, sino también geopolíticas y culturales, la riqueza del Paraguay profundo se conserva entre la gente de a pie, resiste sin violencia y nos atrae porque tiene en su esencia aspectos valiosos para caminar con luz en estos tiempos oscurecidos.

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