Lo que aquí está en juego no es el turismo. No es la productividad. No es la economía.
Lo que está en juego es un principio fundamental: no todo puede convertirse en instrumento de utilidad.
La memoria no es mercancía. Trasladar la conmemoración de los héroes nacionales equivale a someter la memoria histórica al criterio de conveniencia. El homenaje deja de ser un deber moral y pasa a ser una herramienta funcional; el recuerdo deja de ser un acto de respeto para convertirse en recurso económico.
El poeta paraguayo Manuel Ortiz Guerrero lo expresó con claridad: “No todo en este mundo es mercancía”.
La memoria de los héroes pertenece al ámbito de lo inconmensurable. No es intercambiable, no es negociable, no es ajustable según la oportunidad económica. Cuando el poder político administra los símbolos nacionales como recursos funcionales introduce una lógica peligrosa: la mercantilización de lo sagrado.
El error del cálculo moral. La justificación de estas decisiones responde a una lógica conocida: el utilitarismo, según el cual lo correcto es aquello que produce mayor beneficio práctico.
Sin embargo, existe una tradición ética que establece límites claros a esa visión. El filósofo Immanuel Kant sostuvo que aquello que posee dignidad debe ser tratado siempre como un fin en sí mismo y nunca como medio para otros fines. La memoria histórica, el sacrificio de los héroes y los símbolos de la patria pertenecen precisamente a esa esfera inviolable.
Subordinar la conmemoración al beneficio económico implica tratar la memoria como instrumento. Significa reemplazar el deber por la conveniencia y el respeto por la utilidad. No se trata simplemente de una decisión pragmática: supone una inversión del orden moral.
La patria como realidad profunda. La patria no es una empresa ni una asociación de intereses circunstanciales. Es una comunidad histórica fundada en sacrificios reales, memoria compartida y valores que trascienden el cálculo económico.
La identidad nacional no habita únicamente en las instituciones jurídicas ni en los discursos políticos. Vive en las capas más profundas de la conciencia social. El psicólogo Carl Gustav Jung denominó “inconsciente colectivo” a ese conjunto de símbolos, recuerdos y representaciones compartidas que configuran la identidad de los pueblos. Allí se depositan los mitos fundacionales, las memorias heroicas y los rituales que orientan la vida de la comunidad.
Los héroes nacionales forman parte de ese patrimonio simbólico profundo. No pertenecen únicamente al calendario administrativo del Estado: constituyen elementos estructurales de la conciencia colectiva. Cuando esa memoria se subordina al cálculo económico, se debilitan los vínculos que sostienen la cohesión social.
Patriotismo y dimensión espiritual. El patriotismo cumple una función que trasciende lo político. En su expresión más profunda opera como una dimensión casi religiosa de la vida colectiva: otorga sentido, pertenencia, continuidad histórica y un horizonte común de valores.
La nación posee sus ritos, sus fechas solemnes y sus figuras heroicas. Estos elementos sostienen su cohesión espiritual.
El filósofo Friedrich Nietzsche diagnosticó la crisis de los valores modernos al afirmar que “Dios ha muerto”, aludiendo a la pérdida de los fundamentos simbólicos que estructuraban la vida social. Algo semejante ocurre cuando los rituales que sostienen la memoria nacional se subordinan a la conveniencia. El patriotismo, como la religión, no sobrevive a la lógica del cálculo.
El límite moral del Estado. El Estado puede regular la economía y promover el bienestar material. Pero no posee autoridad moral para disponer arbitrariamente de los símbolos que constituyen la identidad histórica de la nación.
Existen límites que el poder político no debe cruzar.
La memoria colectiva es uno de ellos.
Nacionalismo declarado y contradicción práctica
La decisión resulta aún más significativa cuando proviene de quien pertenece a la Asociación Nacional Republicana, organización que históricamente ha proclamado la defensa de la identidad nacional y los valores patrióticos.
Quien invoca el nacionalismo como fundamento doctrinal asume el deber de proteger con especial celo los símbolos de la nación. Cuando esos símbolos se subordinan a criterios de conveniencia económica surge una contradicción evidente entre discurso y acción. La falta no es sólo política; es también moral.
El peligro de la banalización
La erosión de los símbolos nunca comienza con grandes rupturas. Empieza con pequeñas concesiones, con ajustes aparentemente razonables, con decisiones justificadas por beneficios inmediatos. El resultado, sin embargo, es acumulativo: la solemnidad se disuelve, el respeto se debilita y la memoria pierde su fuerza vinculante.
Una nación sin memoria firme carece de identidad sólida. El primero de marzo en Paraguay ha sido siempre un día de recogimiento cívico, un momento de respeto hacia quienes construyeron la nacionalidad con su sacrificio. Nadie imaginaría trasladar una celebración religiosa central por razones de conveniencia económica. La memoria de los héroes merece igual respeto.
Principios o conveniencia
El verdadero debate no es económico.
Es moral.
Se trata de decidir si la vida pública estará regida por principios o por la conveniencia inmediata. Si todo puede ajustarse al interés práctico, entonces nada posee valor inviolable.
Una patria que subordina su memoria al cálculo termina debilitando el fundamento espiritual que la sostiene.
Porque una nación que negocia su memoria termina, tarde o temprano, negociando su alma.
Por Dr. Andrés Ginés, médico.