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Opinión
viernes 28 de julio de 2017, 01:00

El otro o el mismísimo Pedro Juan

Carolina Cuenca
Por Carolina Cuenca

"Es la terraza del Paraguay, corazón mismo del Amambay... el trilingüismo le sabe bien: mujer, garota, kuñataî" dice la canción dedicada a Pedro Juan Caballero. Y de las cosas bellas de la terraza del país hay mucho para contar, la cordillera preciosa, la gente hospitalaria, su historia ligada a los yerbales y al Brasil, con el cual hay una verdadera mixtura cultural reflejada solo en parte en el portuñol y algunos detalles de la vida de la ciudad. Hay cerca de 100.000 habitantes en esa tierra y es notable que solo se hable de ella cuando hay muertos y atentados de los delincuentes que ciertamente también se han instalado en la zona.

No quiero decir que existe "otro Pedro Juan", sino más bien que en el mismo ambiente conviven personas muy destacadas o muy normales, pero que lejos de la parafernalia de los gánsteres fronterizos tienen en común los mismos desafíos vitales del resto de los ciudadanos de este país, más la particular carga de los prejuicios de la mala fama. Me ha tocado visitar algunas veces la ciudad por trabajo y hace unos días fui a un encuentro educativo.

"Yo hace más de treinta años que vivo aquí con mi familia y nunca hemos tenido esos problemas de los que hablan en la televisión", me comentaba un profesor de música retirado que fue a asentarse a esa ciudad hace tiempo. Nos llevaba a almorzar a un sitio de Punta Porã (que era el nombre guaraní con que se conocía antes a esa zona y que finalmente quedó asignado al lado brasileño, mientras que la capital del Amambay homenajea a nuestro prócer Caballero), mientras nos recitaba un bello poema en guaraní.

Otros me comentaban de los imponentes shoppings y hoteles del lugar, a la par que se leía en sus expresiones un cierto aire de ansiedad por esperarse que la conversación girara hacia los clichés de siempre: narcotráfico y violencia impune, por los que tanto se los etiqueta. Un bello sol iluminaba una de las plazas del centro, a metros de la calle fronteriza que los separa o los une a los vecinos brasileños, tan influyentes por sus poderosos medios de comunicación y la presencia de sus colonos. Mientras disfrutábamos de un receso veía a una abuela llevar sus compras del súper en un carrito, acompañada por un familiar, caminando lentamente, en contraste con la velocidad que apuraba a los motociclistas que abundan como en muchos pueblos del interior hoy.

Creo que no son los bienes materiales como el aeródromo o los condominios caros los que harán la diferencia para levantar de nuevo la alicaída autoestima de los pedrojuaninos (los más preocupados, sin duda, por el devenir de la violencia en su tierra), sino rescatar el deseo de bien, las familias, los aportes genuinos, la belleza que tienen y que necesitan reconocer para darse a sí mismos la oportunidad de ser simplemente quienes son, porque son buena gente, son paraguayos y su existencia constituye un bien para todos nosotros.