20 abr. 2026

Y un quemado

El cine de Marcelo Martinessi tiene la virtud de incomodar. En Narciso, esa incomodidad es necesaria, casi quirúrgica: Nos enfrenta a un cuerpo en llamas que la sociedad paraguaya prefirió borrar, así como intentó borrar el número 108 de las chapas de autos, de los hoteles, de la memoria, esa que tanta falta nos hace y que se construye sin apoyo del Estado con toda la comunidad.

La película reconstruye los últimos días de Bernardo Aranda, el locutor asesinado y quemado en 1959, cuyo caso sirvió de excusa para la dictadura de Stroessner. La Policía detuvo a 108 hombres homosexuales bajo la acusación de “dudosa conducta moral”. Como recuerda Juliana Quintana en su artículo para Presentes, el 108 dejó de ser una cifra para convertirse en insulto, en número maldito, en herramienta de persecución. Hoy es símbolo del Orgullo, pero ese tránsito del horror a la dignidad no ha sido gratuito.

Martinessi no hace denuncialismo literal, como apunta Ticio Escobar en su crítica publicada en El Nacional. En lugar de eso, construye atmósferas sofocantes, laberintos sin salida, climas de pesadilla que sugieren la represión más que mostrarla. La dirección de arte de Carlo Spatuzza y Babi Targino funde la psicología de los personajes con espacios opresivos. Lulú (Manuel Cuenca) vive el constante debate entre el deseo y lo que debe ser, un antihéroe que poco espacio de redención encuentra. Narciso (Diro Romero, en un brillante debut) encarna la ingenuidad, la seducción natural, la ambición de hacernos un lugar en el mundo cuando venís desde abajo y no tenés nada que perder.

Martinessi invierte la lectura clásica del Narciso griego, joven de belleza extraordinaria que se enamora de su propio reflejo. Aquí, Narciso no muere por vanidad; muere por ser magnéticamente libre, por amar sin distinción de género, por habitar uno de los muchos cuerpos que la dictadura y la hipocresía conservadora deciden quemar. Como el joven del estanque, el Narciso de Martinessi también se mira en un espejo –el de una sociedad que no soporta su propia imagen diversa– y perece. Fernando Moure lo dice con crudeza: En Asunción te pueden quemar, no solo de forma simbólica, sino real. El cuerpo calcinado de Aranda es la advertencia ejemplar del poder patriarcal ejecutando a sus hijos díscolos.

No es la única referencia que Martinessi agrega. El radioteatro Drácula habla de algo más amplio. Los vampiros victorianos fueron metáfora de todo lo que no encajaba en el molde: El extraño, el disidente. En la dictadura de Stroessner, el fuego no discriminaba. Quemaron a Bernardo Aranda por homosexual, pero también quemaron libros, persiguieron artistas, silenciaron periodistas, torturaron campesinos y estudiantes. Se trataba de eliminar a todo aquel que amenazara “la moral y las buenas costumbres” que el régimen usaba como manto.

Narciso va más allá de una película. Nos invita, desde distintas capas de análisis, a recuperar la memoria en un presente cuando ciertos proyectos políticos amenazan con retroceder, porque el fuego que quemó a Bernardo Aranda no se ha apagado del todo. Y el arte, prestando algunas palabras del maestro Ticio Escobar, tiene la misión de avistar lo posible en los pasadizos donde todo amanecer parece imposible.

Más contenido de esta sección