Hace unos días, el presidente Donald Trump amenazó con destruir una de las civilizaciones más antiguas de la historia. Se refería, probablemente, al antiguo Imperio persa, hoy encarnado en la región iraní. A ello se sumó su crítica al papa León XIV, a quien calificó de débil frente a la guerra. Las frases, lanzadas con la simpleza con la que suele emplear la hipérbole como instrumento de negociación, sin dejar por ello de ser profundamente desafortunadas, no remiten solo a un episodio de confrontación geopolítica. Merecen, más bien, una pausa. No para analizar la geopolítica en sí misma, sino porque dejan entrever algo más profundo: Algo sobre nosotros mismos.
¿Por qué está mal el mundo?
El escritor inglés G. K. Chesterton respondió a esa pregunta mirándose al espejo: “Yo”. Yo soy el problema. No los sistemas. No las civilizaciones. Yo. Trump señala civilizaciones. Chesterton se señala a sí mismo. La diferencia entre ambas actitudes es, en el fondo, la raíz del problema que, no sin ironía, la propia civilización occidental había sabido formular desde sus orígenes.
LA CULPA
El antropólogo francés René Girard sugirió más de una vez que ese “yo” rara vez se reconoce como origen del conflicto. Prefiere desplazarse hacia afuera. Busca en el otro, otra cultura, otra nación, otra civilización, el chivo expiatorio de su propia herida. Basta mirar el Génesis de Occidente: Caín y Abel. Dos hermanos, una ofrenda y la primera muerte. Luego, Roma: Rómulo mata a Remo. La ciudad nace del fratricidio. La violencia no es externa. La violencia más profunda es siempre doméstica.
Girard interpreta este fenómeno como el deseo mimético: Querer ser como el otro, rivalizar con él, hasta convertirlo en enemigo. Y, de modo significativo, en ambos relatos la ciudad, la civitas, origen de la civilización, surge sobre esa violencia originaria.
El texto bíblico añade una dimensión política: Caín, después del crimen, funda una ciudad, Enoc. Lo mismo ocurre en Roma. El primer homicidio y el primer acto de organización política aparecen entrelazados. Como si toda construcción humana cargara consigo una culpa inicial: Una herida en sus cimientos.
EL MAL NUESTRO
Los conflictos actuales repiten este esquema. Decisiones tomadas en nombre de la seguridad, con argumentos racionales, producen efectos que desbordan cualquier justificación y terminan destruyendo a quienes no participaron en ellas. Occidente llamó a esto pecado original: No un defecto de las instituciones, sino una inclinación inscrita en el corazón humano. No es la ausencia de racionalidad. A veces, los crímenes son perfectamente racionales. Es algo más hondo, la manera en la que el mal habita en nosotros. Las guerras no las hacen monstruos. Las hacen hermanos. Por eso Trump se equivoca, no porque no existan amenazas externas, sino porque el verdadero peligro nunca está solo afuera. Pretende defender a Occidente y niega a Occidente. No es debilidad. Está en la envidia, en la codicia, en la voluntad de poder que habita en todo ser humano capaz de fundar una ciudad o lanzar un misil. Aquí se bifurcan dos modos de entender la realidad: Uno que busca culpables fuera, y otro que comienza por reconocerse dentro.
LA PASCUA
Hace unos días, un amigo me preguntó:
–¿Habrá paz, vos creés?
–Sí –le dije–, pero por un tiempo. Luego vendrá otra guerra. Y otra. Así es la condición humana… A menos que algo cambie desde dentro.
No le gustó mi respuesta. Y, sin embargo, Chesterton tenía razón. La respuesta más honesta al estado del mundo no apunta a ninguna civilización. Se mira al espejo y dice: “Yo”. Mientras eso no ocurra, seguiremos tejiendo treguas sin hilo: Pausas entre guerras. La paz no es un equilibrio de fuerzas. Es una conversión. Y esa es la única batalla que nadie quiere librar.
Hace unos días celebramos la Pascua, aunque muchos ya no saben qué significa. Y, sin embargo, allí aparece una lógica distinta: No la del enemigo que debe ser eliminado, sino la del mal que debe ser redimido. No es ingenuidad política. Es algo más radical: Pasar de la rivalidad al reconocimiento. ¿Basta esto para resolver conflictos internacionales? Probablemente no, al menos en el corto plazo.
Pero sin esa conversión más profunda, toda solución será provisional. La guerra, bajo nuevas formas, volverá. Al final, no hay paz duradera sin verdad sobre el ser humano. Y no hay verdad sobre el ser humano sin la humildad de decir: “Yo”. Bienaventurados los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios, como se hizo eco León XIV. Porque la paz no comienza cuando desaparecen los enemigos, sino cuando alguien rompe la lógica que los crea.
(*) Dr. en Filosofía