10 may. 2026

Un tema nietzcheano y una nota stravinskiana

Juventud, divina explosión

En el apartado 38 de La gaya ciencia (1882), titulado “Los explosivos” [Die Explosiven], Friedrich Nietzsche habla de “la fuerza de los jóvenes”, es decir, según él, de su proclividad a “explotar”: de su energía química [die Kraft junger Männer]. Muy a su manera, Nietzsche habla tanto de los jóvenes anarquistas rusos del terrorismo suicida contra el zar de aquellos años (retratados antes por Dostoievski en Los demonios), como prefigura los campos de batalla europeos repletos de muertos jóvenes de la Primera Guerra Mundial, la primera guerra químicamente pura en un sentido literal.

Los jóvenes son barriles de pólvora, dice Nietszche: Die Pulverfässer. A estos “explosivos” no les interesan las justificaciones de una causa, sino “la mecha encendida” de la pasión fanática: Die brennende Lunte. Por esto, dice Nietzsche, a los más “refinados” de los seductores de masas tampoco les interesa dar a conocer las supuestas razones de sus causas. Está pensando también el filósofo en todo fervor, religioso o político. Pero está pensando, sobre todo, en los fervores de la juventud alemana de la era de Bismarck: el nacionalismo patriotero y el wagnerismo antisemita que hacía poco le había hecho triunfalmente la guerra a Francia (1870-1871) y estaba industrializando a su forma, pero aceleradamente, la Alemania de los junkers: los terratenientes aristócratas que condescendieron a una industrialización conservadora. O sea, a Nietzsche le rebelaba algo que en “los años del derrumbe” de su locura clínica dejaría dicho en su panfleto poético-filosófico “Nietszche contra Wagner”, de 1888-1889: la mezcla de mala estética y mala política, el fascismo. Cool.

Podríamos decir, haciendo un paralelismo con los imaginarios de la ultraderecha actual, que Nietzsche abominaba de una mitología cristiano-pagana de corte folclórico (como entre la fuerzas MAGA oficia el chamanismo indigenista y el Self-Made Man rural); y el pop grandilocuente y kitsch de corte a veces “pesimista” (como entre las fuerzas antitrumpianas de la cultura, del tipo de Billie Eilish o Lady Gaga). Para Nietzsche, la juventud alemana de fin de siglo se atiborraba con un contenido político y un empaque artístico conservadores y de mal gusto: el Parsifal, de Richard Wagner, y los cañones de Bismarck, dos enemigos del autor de Más allá del bien y del mal. El “divino tesoro” nostálgico de un lector centroamericano de Nietszche y oyente de Wagner, Rubén Darío, era para el alemán una “divina explosión” con música de metales y dioses nórdicos de la muerte: una carne de cañón.

STRANGERS ON A TRAIN

Tres semanas antes de que Sergei Diaghilev falleciera en 1929, el famoso empresario y productor ruso de ballets se cruzó en los pasillos de un tren de París a Londres con Igor Stravinsky. Más de veinte años atrás, juntamente rusos habían sacudido a la capital francesa con los trallazos sonoros de tres ballets a los que el compositor le puso música célebremente, entre 1910 y 1913: Petrushka, El Pájaro de Fuego y La consagración de la primavera. Pocas experiencias del arte generan el sentido de emotividad pura, física, y profundidad orquestal como estos ballets cuyas partituras fueron sucesivamente modificadas en las décadas siguientes: Organismos siempre vivos más de cien años después. Lo que no es poco decir.

Sin embargo, en aquel vagón en penumbras Diaghilev y Stravinsky, rozándose el uno al otro, hicieron como que no se habían visto. Como si no se conocieran tamaños hacedores. No era la primera vez, también muy seguramente, que esto pasaba en la historia del arte, ni sería la última.

Esta nota a pie de página, incluido en el libro Stravinski: discoveries and memories de Robert Craft, se muestra algún desacuerdo con esta escena de desconocimiento mutuo. Sin embargo, tras lo que en guaraní paraguayo llamaríamos “lente hû”, se termina confirmando la escena del ñembotavy a la rusa: “Esto ha sido refutado con el argumento atribuido a [Sergei] Prokofiev, según el cual una vez que Diaghilev (junto con Igor Markevitch) vio a Stravinsky en la sala de espera de París, se le acercó y le puso la mano en el hombro diciéndole: “Tenemos mucho de qué hablar”. Pero Vera de Bosset estaba con Stravinsky y sostuvo que el encuentro silencioso en el pasillo del tren es la verdad”.

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