Por Natalia Ferreira Barbosa / Foto: Fernando Franceschelli.
Es una mañana soleada en el parque Ñu Guasu. Como siempre, hay entusiastas de la vida sana caminando por la pista. El viento frío invita a abrigarse bajo los rayos del sol. A un lado de la senda, una mujer corre unos metros y enseguida su perro entiende que es hora de jugar. Va tras ella y toma una parte de sus jeans y los sujeta con fuerza con la mandíbula. Ella ríe y dice: “Me estás mordiendo fuerte, hijo”. La escena sería completamente corriente, a no ser por unos detalles: los ojos curiosos que se detienen a mirar a los dos perros que están atentos a los movimientos de su dueña, Jazmín Arévalos.
Ellos se llaman Chiqui y Manolito, ambos son parapléjicos, por lo que usan unas sillas de ruedas adaptadas que les devolvieron la posibilidad de volver a correr a sus anchas. Esta historia empezó hace dos años.
A primera vista
Cuando Jazmín conoció a Kevin no imaginó cómo cambiaría su vida. Para ese entonces ya llevaba dos años trabajando como voluntaria en un hogar de animales, haciendo rescates y dando hogar temporal a las mascotas abandonadas. Al poco tiempo, decidió abrir una guardería y dedicarse enteramente a eso. Y un día apareció Kevin, un mestizo de cocker sin movilidad en las patas traseras, que fue abandonado frente a un refugio. Sus anteriores dueños lo habían atado a un árbol y lo dejaron allí.
“Lo llevé al veterinario y el diagnóstico era que no volvería a caminar. Él estaba muy triste y no era apto para ingresar a un refugio, entonces decidí adoptarlo. Con otro voluntario le fabricamos un carrito. Un año estuvo conmigo y después falleció, tenía problemas renales y era obeso. Después de eso me di cuenta de que quería darle una oportunidad a los animales con discapacidad. Reconozco que soy sensible, pero ellos me tocan más porque, si no les das una oportunidad, la calidad de vida que tienen es pésima”, cuenta.
Desde su experiencia, Jazmín explica que cuando los animales quedan con algún tipo de discapacidad, la mayoría de las veces se sugiere la eutanasia. Algunos dueños la aceptan y otros no, intentan cuidar de su mascota y en no pocos casos terminan abandonándola. Pero la suerte de los dos canes cambió cuando esta mujer decidió adoptarlos. Hace un año encontró a Chiqui a través de una publicación en el Facebook, en la que se contaba que tuvo un accidente y que andaba arrastrándose por Capiatá.
La vitalidad y picardía delatan a este perrito como el menor, a pesar de que en tamaño sea mayor que Manolito. El primero tiene apenas un año y medio; y el segundo, ocho, y vino desde Curuguaty. Una protectora del lugar le hizo conocer al caso, y ella fue a buscarlo; de eso pasó un mes y medio.
Nueva vida
De andar arrastrados por las calles pasaron a vivir en el departamento de Jazmín. Ambos animales tenían heridas en sus patas a causa de su condición, pero estas curaron y con el tiempo volvieron a correr gracias a las sillas de ruedas adaptadas. Jazmín aprendió a fabricarlas a partir de tutoriales de YouTube, con tubos de PVC. Los hace a medida, de acuerdo a la longitud y altura del perro o gato.
“Chiqui no tuvo problemas. Cuando son más jóvenes tienen más ganas. Como descubrió que el carrito le daba libertad, le gustó. Cuando le bajo de la cama, porque duerme conmigo, enseguida quiere que le ponga en la sillita, salta en sus dos patas. Se la coloco a la mañana unas dos o tres horas, después se la saco, duerme la siesta y a la tarde se la pongo otra vez. Manolito, como es más viejo, no puede estar tanto tiempo en el carrito porque se cansa. Pero Chiqui quiere correr, es veloz. Para él no existen limitaciones”, agrega.
Como otros perros, son malcriados, lloran porque quieren dormir al lado de su dueña y se vuelven locos cuando saben que van a salir a pasear. “Realmente no necesitan nada excepcional —afirma Jazmín—. Son los mismos, solo que requieren un poco más de atención. Por ejemplo, no pueden atajarse para hacer sus necesidades, a veces se ensucian y hay que lavarlos, cambiar las sábanas de sus cuchas todos los días. En el caso de Manolito, no puede orinar solo: tengo que vaciarle la vejiga. Para las demás cosas son normales: desastre arman en la casa”.
Después de que las personas vieran los carritos de sus mascotas, ya sea por las redes sociales o en los medios de prensa, Jazmín recibió muchos pedidos. Cuando ella entrega uno, el dueño puede donar el 50% o 70% del costo para comprar otros materiales. La condición para que fabrique un carrito —tiene 15 pedidos que entregar ahora— es que el animal tenga un diagnóstico confirmado de que no volverá a caminar, porque en algunos casos pueden recuperar la movilidad con tratamientos y fisioterapia.
“Me da mucha satisfacción ver el cambio en la vida de los animales —dice—, de arrastrarse a tener la libertad de moverse. Vuelven a ser felices cuando les das una nueva oportunidad luego de que fueron rechazados. Por eso insto a la gente a que se anime a adoptar animales con discapacidad. Ellos también dan amor”.
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Sin movilidad
La pérdida de movilidad en los animales puede darse como una tetraplejía (parálisis de los cuatro miembros), paraplejía (parálisis de dos miembros) o paraparesia (dificultad de movilidad de dos miembros). Puede deberse a traumatismos por accidentes que producen fracturas de vértebras o bien por procesos degenerativos, más comunes en perros de edad media avanzada o en algunas razas predispuestas.
“Para determinar si la parálisis es temporal o permanente, se hace un examen neurológico y uno de los principales determinantes es la presencia de sensibilidad superficial y profunda. El tiempo de fisioterapia varía en relación con la lesión, como mínimo dos meses. Para los animales con parálisis permanente, la sillita de ruedas es una buena salida, si no tienen alteraciones a nivel de la vejiga y no sufren constantes infecciones urinarias. Pueden vivir su vida normal, pero con los cuidados pertinentes. Muchas veces, los que tienen parálisis del tren posterior no manejan la vejiga, no controlan su vaciamiento, y otros tienen incontinencia”, indica Isis Benítez, veterinaria y fisioterapeuta.