El desarrollo socioeconómico se asentó en yerba, maderas y tabaco y tras el statu quo del doctor Francia con encierro y bloqueo (desde dentro y desde fuera), las sucesivas administraciones buscaron fomentar la colonización extranjera en zonas inhóspitas para contribuir con el crecimiento del país.
Así surgió la colonia Nueva Burdeos, con franceses invitados por Carlos Antonio López para instalar una nueva base social y explotar los recursos naturales. Resultó una colonia fallida de inmigrantes en la actual Villa Hayes, ya que muchos carecían de estrategias en artes agrícolas y el Chaco presentó –como siempre– su hostilidad geográfica.
Las oleadas posteriores fueron impactadas por la Guerra contra la Triple Alianza, con las tropas invasoras (sobre todo brasileñas) que se desplazaban por el país en las postrimerías del siglo XIX hasta que la posguerra inclinó la balanza a que las presidencias decimonónicas volvieran a tentar el ingreso de migración europea, pero sin mucho impacto.
Fueron las primeras décadas de la siguiente centuria las que presentaron mejor panorama para la incursión de etnias lejanas, y así se establecieron las oleadas de menonitas venidos principalmente de Canadá, en sitios que ahora albergan población de descendientes, en Loma Plata, Filadelfia y Neuland. En 1927, el gobierno de Eligio Ayala les cursó invitación puntual, como una de las estrategias para contener el avance de la vanguardia boliviana, que ya venía estableciendo fortines en el Chaco y arriesgaba la soberanía nacional.
Una siguiente oleada de extranjeros apareció posterior a la Segunda Guerra Mundial. Aquí la migración adoptó ribetes teutónicos (ex jerarcas del régimen nazi), nipones (japoneses en busca de nuevo destino, distinto a la atrocidad que vivenciaron con las bombas atómicas) y coreanos que huyeron de su propia guerra a mitad del siglo XX.
Se agregaron ucranianos y, como explosión demográfica, brasileños deseosos de fomentar el agronegocio que, en las últimas décadas, consolidó su apogeo en una franja territorial desde Canindeyú hasta Itapúa, este último departamento convertido en un verdadero crisol de razas.
Paraguay viene siendo considerado en las últimas décadas como el “tesoro mejor escondido”. Un país mediterráneo que antes casi nunca tuvo preponderancia en el radar de inversores, interesados en asentarse o siquiera visitarle de paso. La dictadura de Alfredo Stroessner se encargó de sellar ese signo, consolidando la roabastiana frase “isla rodeada de tierra”.
No obstante, ese tesoro derivó últimamente en el polo por excelencia para que la retina del inversor, incluso del interesado en radicarse, fije su visión en alternativas para un futuro mejor, atendiendo a la crisis permanente en la región e incluso en Europa, desde donde están saliendo espantados por fragmentaciones varias, altos impuestos y estrictas regulaciones.
El boom actual se traduce en los contenidos en redes de influencers e inmigrantes que descubren un entorno amigable, cordial, de gente joven, de baja carga impositiva, energía abundante y naturaleza exuberante, que cautiva a propios y extraños. El sector inmobiliario es ejemplo patente de la pujanza, además de maquila y agronegocios.
Como aún está en ebullición, habrá que aguardar un tiempo para cotejar resultados de esta inserción posmoderna, y que la derivación sea un aporte de nativos y extranjeros para el crecimiento sostenido.