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Tras una larga lucha ciudadana, los militares echaron al dictador

La Operación 33 debía ejecutarse a las 3.00 del 3 de febrero, pero un fallido intento por capturar a Stroessner en casa de Ñata apuró los acontecimientos. La crónica de un golpe que pudo fracasar

El pato va a ir a su dormidero”, fue el aviso que dio un miembro del entorno del general Alfredo Stroessner al entonces jefe de la Caballería, general Andrés Rodríguez, en la tarde del 2 de febrero de 1989, cuando supo que el dictador abandonaba la casa de su amigo y compinche, Feliciano Manito Duarte, para dirigirse a la residencia de Estela Ñata Legal, su amante y madre de dos de sus hijas.

Rodríguez sintió que era la oportunidad para capturar vivo a Stroessner y evitar un baño de sangre, por lo cual pidió al coronel Eduardo Allende, comandante del Servicio Agropecuario, y al coronel Mauricio Díaz Delmás que dirigieran una operación comando para atrapar al Supremo, adelantando en forma inesperada las acciones del golpe militar previsto recién para las 3.00 de la madrugada del 3 de febrero, por lo que había recibido el nombre en clave de Operación 33.

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A las 19.45, ambos jefes militares fueron en un auto particular hasta la casa de Ñata, sobre la actual avenida Aviadores del Chaco, a reconocer el terreno. Stroessner aún no había llegado. Dejaron al teniente coronel Vargas para que vigile y regresaron a preparar el asalto.

Stroessner llegó a las 20.00 y Vargas intentó avisar, pero su radio móvil no funcionó. Tuvo que ir a un cuartel sobre Madame Lynch, perdiendo valioso tiempo. A las 21.00 las tropas embarcaron en dos camiones, un trasganado y otro granelero. Tenían que llegar a casa de Ñata, atropellar y derribar el portón trasero e ingresar disparando, pero el coronel Díaz Delmás se desesperó al ver que los camiones pasaban de largo la calle.

“Pregunté a los conductores: ¿Adónde van...? Me contestaron que no sabían bien la dirección”, relató luego el jefe militar. Tuvieron que dar la vuelta.

“Al llegar le señalé al conductor el portón de hierro, pero de nuevo pasó de largo. Nos adelantamos y le ordené al teniente coronel Díaz Cano que pase al otro camión, en la estribera. Me dijo, en guaraní: ‘¡Falta de reconocimiento, mi coronel!’”, recuerda Díaz Delmás.

Finalmente pudieron ingresar y tras un fuerte intercambio de disparos con los soldados, que eran parte de la guardia habitual de Ñata, se decidió la retirada. Después se supo que Stroessner se había marchado de la casa minutos antes del ataque, dirigiéndose al Batallón Escolta Presidencial, donde buscó refugio. Se había perdido una valiosa ocasión de capturar rápidamente al dictador.

La resistencia

La lucha ciudadana había sido larga y heroica, con numerosas víctimas, pero tras casi 35 años de gobierno despótico, la población se había resignado a la idea de que Stroessner solo abandonaría el sillón presidencial el día de su muerte.

La consumación del golpe militar dirigido por el general Andrés Rodríguez fue una sorpresa, más aún cuando el jefe de la sublevación era consuegro del dictador, socio de negociados y uno de los principales sostenedores del régimen durante mucho tiempo.

El golpe se venía gestando desde meses antes y corrían fuertes rumores al respecto, pero casi nadie los creía. El propio general Stroessner recibió avisos, pero no les hizo caso.

Tras el fallido intento de capturar a Stroessner en casa de su amante, el general Rodríguez (su nombre en clave era Carlos) dio la orden de que se adelanten las acciones militares para no dar tiempo a que los stronistas reaccionen.

Con 40 camiones que llevaban a 120 combatientes y 14 tanques de guerra Stuart, el coronel Lino César Oviedo (Carlos 3) se desplazó desde la Caballería para atacar el Regimiento Escolta Presidencial, donde Stroessner estaba refugiado, con orden de vencerlo y capturarlo. El coronel Pedro Concepción Ocampos (Carlos 2) avanzó con otra dotación de tanques desde Cerrito, Chaco, y tomó posición frente al Club Olimpia.

A las 21.20 empezó el ataque contra el Escolta. Hubo fuertes enfrentamientos, con varios soldados muertos y heridos, especialmente en el grupo de quienes defendían al dictador. Un alto oficial de los sublevados, el mayor Miguel Ángel Alfaro, resultó muerto por un mortero presuntamente disparado por su propia tropa. Los combates se sucedieron en varios momentos, con intervalos de tregua, mientras Stroessner, acompañado de su hijo Gustavo y su hija Graciela, su nuera Pachi Heikel y algunos colaboradores esperaban el apoyo de tropas aliadas que nunca llegaron al lugar.

Paralelamente, la Marina, bajo el comando del vicealmirante Eduardo González Pettit (Carlos 7) atacó y tomó el Cuartel Central de Policía, el Departamento de Investigaciones, el Palacio de Gobierno y varias comisarías céntricas. El coronel Aníbal Regis Romero (Carlos 5) logró la adhesión de la Aeronáutica y el control total del arma poco antes de la medianoche. El general Eumelio Bernal (Carlos 6), al frente de la Infantería, tomó el control de la mayoría de las emisoras de radio y televisión. Solo la emisora católica Radio Cáritas se mantuvo en el aire, con periodistas que transmitían en vivo los combates. La emisora Radio Primero de Marzo se usó para propagar las proclamas de los sublevados.

El combate más largo y significativo se libró en el sector del Batallón Escolta Presidencial y el Comando en Jefe, sobre la avenida Mariscal López y General Santos, donde el dictador intentaba oponer una inútil resistencia. El coronel Lino Oviedo ordenó ubicar varios cadáveres de soldados muertos frente a la comandancia, para crear mayor temor. Finalmente, a las 0.40, el coronel Carlos Maggi salió gritando del Comando en Jefe: “¡Paren de disparar, el presidente va a salir!”.

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Un general Alfredo Stroessner demacrado y abatido salió a la calle en compañía de sus familiares y colaboradores. Aceptó presentar su renuncia y pidió ser llevado a su casa, pero el coronel Oviedo le dijo que tenía órdenes de trasladarlo a la Caballería. Según su propio relato, ante la resistencia del dictador, Oviedo le exhibió una granada. Finalmente, en el propio auto presidencial, condujo a Stroessner hasta la sede del Primer Cuerpo de Ejército, con una fuerte dotación de tanques de guerra.

Así concluía el reinado del terror del stronismo. El Paraguay amanecía en una nueva era democrática.

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